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A PIE DE PÁGINA

Homenaje al Che

Como todo el mundo sabe, Ernesto Guevara no es el único Che. Hay, al menos, otros dos más. El primero es un fonema que ha resistido los ataques de los enemigos de las grafías complejas. El segundo es el famoso pronombre argentino. Tiene su origen en la lengua del pueblo araucano y puede traducirse por "hombre" o "gente". Estos dos son los funcionales. El mítico es el revolucionario que habita en los carteles y en los bíceps de Diego Armando Maradona.

Hay tres chés: che, ché y Che. Y cada uno carga un fragmento de la historia de la lengua y de los pueblos que la habitan.

La che nombra a un fonema que distingue al español. De la gran liga de las lenguas, sólo el inglés y el italiano suelen articularlo, aunque sin concederle un lugar en sus alfabetos.

Nuestra ch, como la ll, está instituida oficialmente -realmente- por la RAE y requiere dos caracteres gráficos. Es otra distinción del español, aunque quizá los alemanes, empeñados en suprimir la ß, tendrán que adoptar la ss.

Sorprenden las manifestaciones ideológicas en la ortografía, el diseño y las marcas comerciales: la condena de la ß es contemporánea al rediseño del VW, modelo KdF (iniciales de Kraft durch Freude, "al trabajo por la alegría", lema nacionalsocialista) al que ahora nombran con el musical, inofensivo y anglosajón Beetle, al tiempo que expandieron su volumen y le dieron alusiones a la iconografía de Disney -otra industria- y la de Barbie: una putita.

¡Cuántos negocios se han hecho con su polivalente icono!

Hasta los aliados ocupantes del territorio alemán combatieron la tipografía Frakturschrift, llamada entre nosotros gótica alemana. Sus caracteres les evocaban lo peor de la nación vencida. Ignoraban que en 1941 una circular de Martin Borman, jefe del partido nacionalsocialista, había proscrito su empleo en los documentos oficiales del Reich. Pero ningún decreto de Hitler o de Eisenhower impide a fetichistas y melómanos reconocer el sonido de la ß al oír a Dieskau, o a Wunderlich saludando los süßen Füßen -dulces pies- de la amada del Dichterliebe de Schuman.

Alguna vez alguien se manifestará contra la ch reclamando una poda del alfabeto. Siempre hay negocios tras estas movidas culturales que se hacen más probables en tanto nadie habla verdadero español y la lengua difundida por regiones ibéricas y naciones del mundo se rebela constantemente contra la pretensión de diferenciar x, s, c y z, descuida la delicada d que en Madrid llega a sonar como z, y en las regiones campesinas de Suramérica se ha andulazao tanto que en los participios pasaos yace jadeada y muda como la h de ahogo.

También está el pronombre "che" adquirido hace más de cuatro siglos. Los invasores del Río de la Plata toparon con pueblos que disponían de una riqueza léxica y gramatical que asombró a los pocos frailes y letrados que integraban sus comitivas. Funciones gramaticales como la voz media del griego, perdida desde Roma, estaban vigentes en la lengua guaraní, que también disponía de una estructura de clasificación y declinación de sustantivos más rica -más evolucionada, lógica y eficiente- que la de cualquier lengua europea.

Pero no es de allí que procede el che característico de los argentinos: en guaraní "ché" es el pronombre de la primera persona singular, equivalente a nuestro "yo" aunque tal vez, sin libros ni televisión, sus hablantes hayan tenido un Yo mejor consolidado.

El pronombre argentino "ché" viene del mapundungun, lengua del pueblo araucano que en Chile y Argentina aún habla más de medio millón de ciudadanos. Aunque será mejor llamar "habitantes" a esos hablantes que aún no han podido reponerse de los efectos de aquella poco recordada gran guerra europea.

En mapundungun "che" es un sustantivo que puede traducirse como "hombre", o "gente", según el contexto del habla. Los mapuche (hombres de la tierra) empleaban el che para identificar procedencia, y así decían leufuche, picunche, huilliche, puelche y mulche para referirse a los habitantes del río, del norte, sur, este y del oeste, respectivamente.

Fue tan natural que llamasen "ché" a esos extraños de a caballo, piel blanca, artificios de pólvora y ropajes de acero que parecían venidos de ninguna parte, como que éstos, al ser interpelados con la partícula ¡ché!, la interpretaran como el vocativo de la segunda persona y la hicieran suya para suplir una función que, como la voz media y los verbos y pronombres duales, se había atrofiado con la evolución de Occidente hacia un lenguaje más desarrollado y humanamente más pobre.

El tercer Che -el de la película de la motocicleta- es un mito tan dúctil como el pronombre "él", que puede identificar a cualquier cosa de género neutro o masculino. Es un modelo de héroe que se manifiesta a escala literaria, cinematográfica y estética, siempre a gusto de izquierdas y derechas. ¡Cuántos negocios políticos, culturales, editoriales y gráficos se han hecho y seguirán haciéndose con su polivalente icono...! Su imagen late tatuada sobre bíceps y tríceps izquierdos de Maradona cada vez que los noticieros muestran al ex deportista nuevamente rehabilitado de su obesidad o de sus adicciones. Los burgueses del mundo contemplan victoriosos cómo sus hijos adoran -y consumen- el póster del guerrero que sólo experimentó una victoria: cuando marchó junto a Castro, con el apoyo de la opinión mundial. Y norteamericana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de junio de 2005