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MÚSICA

Giacinto Scelsi, el Este y el Edén

El 8 de enero se cumplieron cien años del nacimiento de uno de los músicos más austeros y singulares del siglo XX: Giacinto Scelsi, aristócrata, neurasténico, profeta de la obsesión por el sonido, embajador de Oriente en la vanguardia occidental y personalidad fascinante. Las temporadas musicales de Granada y Sevilla abren el fuego del recuerdo.

Nacido en la localidad napolitana de La Spezia, descendiente de la familia aristocrática de los Ayala Valva, con orígenes en las milicias españolas del siglo XVI, Giacinto Scelsi de Ayala Valva, o más sencillamente, el músico Scelsi (no aceptó el título de compositor, aunque sí el de conde) se ha convertido en las últimas décadas en el último grande del siglo en que vivió, tras una larga vida de retiro y rigurosos tránsitos espirituales y estéticos.

Formado en su casa, como corresponde a la tradición aristocrática, muy pronto el niño Scelsi mostró disposición hacia el piano. En su juventud estudió o se acercó a reputados miembros de la vanguardia llegando a ser el primer italiano en practicar la dodecafonía (antes que Dallapiccola), se relacionó con los futuristas, los surrealistas y comenzó sus viajes a Oriente y, al llegar la guerra, se refugió en Suiza donde sufrió una crisis nerviosa de la que salió a duras penas a finales de los cuarenta. Cuentan en el hospital donde estaba internado que los médicos lo consideraban casi perdido y que pasaba los días repitiendo la misma nota de un piano. Toda una premonición, porque a partir de los años cincuenta Scelsi inicia un viaje sin retorno hacia el interior del sonido sin más equipaje que una pasión sin restricciones por la espiritualidad oriental. A finales de los cincuenta presenta una obra orquestal (Cuatro piezas) escrita sobre una sola nota que sería una referencia para muchos, entre ellos Ligeti que, en un encuentro en Roma en 1965, confiesa la influencia que ejercía sobre él su música para encontrarse con esta curiosa respuesta: "Lo sé, pero usted la hace mejor". En los años setenta serían los espectralistas franceses los que descubrirían el fenómeno Scelsi, pero esa fijación por el sonido único como si en él estuviera contenido el universo también prendería en algunos minimalistas americanos como La Monte Young o Phil Nibloc.

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Y mientras el pequeño núcleo de sus fieles se hacía sólido, Scelsi permanecía encerrado en su casa de Roma, frente a los Foros imperiales, improvisando frente a magnetofones en sesiones casi de trance, hasta su fallecimiento en 1988. Se dice que tenía un temor supersticioso a propósito del número ocho, que él identificaba con el infinito y, cómo no, el ocho circunscribió su vida: nació un 8 de enero, vivió en el número 8 de la Via San Teodoro, y sufrió el ataque cardiaco definitivo el 8 del 8 (agosto) de 1988. También tenía fobia a las fotografías, hasta el punto de que la única que se ha conservado de él ha sido objeto de estudio.

Cuando su popularidad comenzó a crecer, no pudo evitar la polémica, los rigurosos herederos de la escuela serialista (donde sólo se toleraba el orientalismo si venía cruzado con el estructuralismo, tipo Stockhausen) lo tildaban de diletante. También hubo polémica por la transcripción de sus obras tardías, que lo fueron por fieles amigos a partir de muchas de sus sesiones ante el magnetófono. Pero nada ha podido evitar que Scelsi personifique una de las más fecundas paradojas del siglo XX, la del sonido que a inicios del siglo aún tenía pretensiones de unidad y al final se nos aparece como un complejo túnel lleno de presencias. Frente al sonido, como valor casi hipnótico, se impone la modestia y el respeto a lo otro, lo que no nos corresponde, eso siempre lo entendió la cultura oriental y Scelsi quiso introducirlo en Occidente por la Via San Teodoro, 8, frente a los Foros Imperiales de Roma, la ciudad que para él representaba el cruce exacto entre Oriente y Occidente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de marzo de 2005