Crítica:FERIA DE ALMERÍA | LA LIDIACrítica
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Competencia torera

Hacía tiempo que no se veía una competencia en el ruedo como la que ayer mantuvieron Matías Tejela y Enrique Ponce. Claro es que cuando sale el toro, las cosas se solucionan.

Ponce había proporcionado la pista: a los toros mansurrones se les somete por bajo. Los doblones de Matías Tejela fueron más leves que los del valenciano, pero, a cambio, bajó la mano en la muleta hasta el límite. El toro había recibido dos puyazos, pues era pegajoso y gazapón y, sobre todo, recibió una ración de toreo de verdad sobre ambas manos: muletazos largos, redondos, los más redondos de la feria, y naturales que empezaron con menos mando y lo encontraron en cuanto arrastró la muleta por la arena. Faena intensa y seria, terminada con impecables pases por bajo a dos manos y una estocada que desmereció por baja.

Zalduendo / Ponce, Conde, Tejela

Toros de Zalduendo, bien presentados, al 4º se le dio la vuelta al ruedo. El 5º, sobrero de Valdefresno. Enrique Ponce: pinchazo, tres descabellos (ovación); estocada (dos orejas). Javier Conde: pinchazo, media baja (ovación); pinchazo, estocada trasera (ovación). Matías Tejela: estocada caída (dos orejas); estocada (ovación). Plaza de Almería, 26 de agosto, 6ª de feria. Tres cuartos de entrada.

Ponce no iba a dejar que se le fuera viva la feria: el zalduendo tenía presencia y tendía hacia los adentros. Tomó una vara y recibió dos pares antes de que Ponce reeditara los doblones y le impusiera dos series de redondos excelentemente ligados, especialmente el tercer y cuarto pases de cada tanda.

La izquierda funcionó en singular, rematando con un molinete invertido y el de pecho. El tres en uno siguiente significó la culminación de la faena, que fue descendiendo por larga, el toro no admitía más, y terminó de rodillas, antes de cobrar una magnífica estocada perfilándose en corto y entrando por derecho. La vuelta al ruedo del toro tal vez había que apuntársela al torero.

Queda dicha la ejemplaridad de los pases de castigo con los que Ponce hizo crujir al primero. Tras ellos, el toro sólo tuvo ojos para su matador, que consideró oportuno levantar algo el pistón y permitirle cierto respiro, lo que se volvió en su contra, ya que tuvo que soportar un molesto cabeceo. Volvió a mostrarse poderoso y el toro acabó dominado, si bien prolongó la faena por demás.

Javier Conde se mostró completamente ajeno a estas actuaciones. Comenzó por alto y siguió por alto, en secuencias de serie corta y paseo largo, que se repitió tres veces por la derecha y se frustró por la izquierda. Los adornos adquirieron aires circenses antes de medio apuñalar a la res. En el quinto, a juzgar por cómo empezó la faena, parecía que Conde había tomado nota, pero fue una falsa alarma; la segunda serie tuvo cierto ritmo, pero se vio en peligro al rematarla absurdamente. La labor fue para abajo y, si hay alguna solución, seguro que pasa por cambiar del arte al toreo.

El sexto fue manso y blando, no permitiendo el entendimiento. La estocada fue de nota.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de agosto de 2004.