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Crónica:Atenas 2004 | CICLISMO: LAS PRUEBAS CONTRARRELOJ TAMPOCO FUERON ESPAÑOLAS

Los gregarios de Armstrong triunfan

Dominio absoluto del estadounidense Hamilton, primero, y el ruso Ekimov, segundo

Dijo Indurain [nacido en julio de 1964]: "Si gana Ekimov [nacido en febrero de 1966], me vuelvo a poner el pantalón corto y corro la contrarreloj de Madrid 2012".

Sonaba exagerada la hipérbole del navarro -el único ciclista español de carretera campeón olímpico: Atlanta 96, cuando Ekimov ya tenía 30 años-, que disfrutó de un día en las carreras torrándose al solazo de la tribuna junto al circunspecto secretario de Estado Jaime Lissavetzky y parte de la familia real, también seria, y en efecto, bien pensado, era una exageración, pero una exageración ma non troppo y poco faltó para que, dicho y hecho, una esteticista profesional acudiera a la tribuna y procediera a depilar las piernas de Indurain para que empezara a entrenarse ya. Faltó tan poco como 18 segundos, que fue la cantidad de tiempo por la que el americano Tyler Hamilton evitó que el ruso Viatcheslav Ekimov repitiera el triunfo olímpico conseguido hace cuatro años sorprendentemente en Sidney. Tercero, no muy lejos, de una carrera en la que el par español, el dolorido Iván Gutiérrez (16º) y el Igor González (9º) que es lo que es, confirmó las mínimas expectativas, entró un amigo de los dos primeros, otro veterano de más de 30 años, el tejano Bobby Julich.

Ullrich no se inmiscuyó en la pelea de veteranos domésticos que fue la carrera y acabó séptimo

La carrera fue clandestina y ajena, confinada a una carretera en las afueras de Atenas, especie de paseo marítimo azotado por ligera brisa y sol abrasador. Tenía el ambiente, muerto, de una prueba de tercera. Los coronados con laurel, aun formando parte de la élite, de la crème de la crème, tampoco quitan el hipo. El primero, Hamilton, ha sido gregario de Armstrong hasta hace tres años; el segundo, Ekimov, es gregario de Armstrong desde hace cinco años; el tercero, Julich, es paisano de Armstrong y, desde que consiguió subir al podio en el Tour del 98, ha vivido con la depresión de no ser tan bueno como el tejano más famoso -y poderoso- del mundo después de Bush. Armstrong, por su parte, está de vacaciones, y el anti Armstrong por excelencia, o sea, Jan Ullrich, sufrió su ausencia y ni siquiera se inmiscuyó en la pelea de veteranos domésticos en que se convirtió la disputa por la tan considerada medalla. Acabó séptimo, en el territorio del anonimato.

Ekimov, que vive desde hace años en Tortosa (Tarragona), debe su pervivencia a la sólida moral soviética y olímpica que anima sus decisiones desde que, hace miles de años, entrara en la escuela de ciclismo estatal guiada por el coronel Kuznetsov en Leningrado y poco después debutara como campeón olímpico en el equipo de persecución soviético que se impuso en Seúl 88.

Hamilton, aquel americano que vive en Girona, el rey del estoicismo, el hombre que encuentra el éxtasis en el dolor y que para abandonar el Tour necesitó que se le conjuntaran dos circunstancias tremendas, la agonía y muerte de su querido perro, el golden retrieverde nombre Tugboat, y la demolición muscular de su espalda, sobre la que cayó el peso de medio pelotón en la caída de la apocalíptica Angers, achacó su victoria a los extraordinarios y magníficos consejos de su médico italiano, Luigi Cechini, lo que hizo las delicias de los cazafantasmas que buscan doping debajo de todas las piedras. En realidad, la clave fue mucho más prosaica y radical: a los pocos kilómetros de empezar, Hamilton se arrancó el pinganillo de la oreja, se quitó del hueco casco el peso de la emisora, la envolvió en el cable que se le liaba por los brazos y lo mandó todo a freír espárragos. Sin referencias, sin miedos, sin un director que le dijera cómo tenía que sentirse, Hamilton fue él mismo, hombre libre guiado por sus sensaciones que para ganar llegó hasta el extremo de cometer sacrilegios que espantaron a los puristas amantes de la estilización: en los repechos, Hamilton, como un ligero escalador, se ponía de pie, movía todo el cuerpo, hacía todo lo que no debe hacer un especialista para mover el tremendo desarrollo que se impuso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de agosto de 2004