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Reportaje:FUERA DE RUTA

Sarajevo, símbolo de convivencia

Perspectivas de una capital dispuesta a cerrar sus heridas

El bullicioso barrio otomano, las huellas del imperio austrohúngaro y templos de cuatro religiones. La ciudad mártir de la guerra bosnia recobra el esplendor turístico de los ochenta.

Merche era en el verano de 1991 una abogada treintañera que pasó las vacaciones en Sarajevo, junto con su novio. Cenaron en las terrazas de la Bashcharsía, el abigarrado barrio otomano; recorrieron las elegantes avenidas del Ensanche de la época austrohúngara; subieron a disfrutar de un idílico paisaje desde los cercanos montes Igman y Bjelasnisca, donde se celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno en 1984; y disfrutaron de unos días deliciosos antes de seguir viaje hacia la costa adriática. Cuando la guerra estalló en Bosnia-Herzegovina, en la primavera de 1992, Merche se negó a ver imágenes de televisión o fotografías del horror que devastó Sarajevo. Ella nunca hubiera imaginado que una ciudad tan bella llegara a ser escenario de una tragedia tan sangrienta, nunca concibió que francotiradores dispararan desde las colinas sobre ancianos o niños, nunca alcanzó a pensar que los mercadillos del centro de Sarajevo se convirtieran en un amasijo de cadáveres.

Pero ocurrió, nadie llegó a sospecharlo, pero ocurrió. El llamado por algunos historiadores "siglo XX corto" comenzó en Sarajevo con el magnicidio del archiduque austriaco Francisco Fernando, que desencadenó la I Guerra Mundial en 1914, y terminó en los conflictos de la antigua Yugoslavia a principios de los noventa. La capital bosnia ha devenido, por tanto, un símbolo de las barbaries de la pasada centuria.

Los turistas de la Sarajevo anterior a la guerra se asombraban de una mezcla insólita en una ciudad centroeuropea. Esa alternancia de esbeltas mezquitas con iglesias católicas y ortodoxas y con sinagogas judías cautivaba a los viajeros en una ciudad que fue multicultural y cosmopolita durante siglos; una urbe de alrededor de medio millón de habitantes donde convivían, o al menos coexistían, musulmanes, croatas y serbios. Esta virtud indiscutible se transformó en un pecado cuando la intransigencia nacionalista de los radicales serbios decidió poner cerco a la ciudad en abril de 1992. A partir de ahí, los integrismos políticos y religiosos de las tres comunidades impusieron la lógica de las pistolas hasta el otoño de 1995. Durante la guerra, los símbolos culturales y religiosos de Sarajevo fueron objetivo preferente de los bombardeos en un intento de borrar las huellas de la convivencia. La paranoia de la barbarie alcanzó su punto máximo en la destrucción de la Biblioteca Nacional, un hecho que el escritor Juan Goytisolo, uno de los escasos intelectuales que vivió en Sarajevo durante el asedio, calificó con gran acierto de "memoricidio".

Casi nueve años después del final de la guerra el ajetreo de los ya centenarios tranvías, siempre atestados de gente y que brindan a la ciudad un delicioso aire centroeuropeo, muestra la renovada vitalidad de la capital de Bosnia-Herzegovina, su voluntad de recuperar una belleza robada por la fuerza de las armas. Salvo en algunos barrios periféricos, en la zona cercana al aeropuerto y en áreas muy delimitadas del centro, las huellas del reciente conflicto apenas se perciben hoy en Sarajevo. Sólo las tumbas de soldados muertos que salpican los parques recuerdan el drama reciente.

Tapices y esbeltos alminares

Las enormes inversiones de Naciones Unidas, de la Unión Europea, de los países árabes y de un sinfín de organizaciones internacionales han rehabilitado casas, calles, obras públicas y los principales edificios monumentales. Algunos lugares simbólicos, como la Biblioteca Nacional o el Parlamento, todavía esperan su restauración. Pero la gran mezquita de Gazi Husnev Bey vuelve a lucir su esbelto alminar; el barrio otomano bulle del comercio tradicional de tapices, marroquinería y objetos de cobre bajo un paisaje de tejados rojizos de cuatro aguas. Apenas unos centenares de metros más allá, teatros, cafés, centros educativos y sedes políticas dan cuenta de los tiempos de la ilustración decimonónica que el Imperio austrohúngaro trasladó a Bosnia durante la dominación de Viena entre 1878 y 1914.

Las ciudades atravesadas por un río siempre tienen un encanto especial y su expansión urbana se ha organizado de acuerdo con el trazado del curso del agua. Sarajevo no es una excepción, y el Miljacka la surca y separa sus barrios antiguos de las zonas de expansión surgidas en las últimas décadas, que se encaraman por las verdes laderas que flanquean el cauce. Resulta difícil imaginar que las estribaciones de las montañas que rodean la capital bosnia sirvieran como escondrijo de los francotiradores serbios que hostigaron a la población civil durante tres interminables años de guerra.

No cabe olvidar que Bosnia-Herzegovina es un país montañoso, cuyo paisaje recuerda a los Pirineos, por establecer una analogía española. La orografía agreste se impone en cumbres cercanas a los 3.000 metros de altitud que asoman a ríos con impresionantes cañones y desfiladeros, como el Neretva, el Drina o el Miljacka. No extraña, pues, que Sarajevo haya orientado parte de su oferta turística de la posguerra hacia los deportes de invierno y las actividades de montaña. Reconstruidas ya la mayoría de instalaciones que albergaron los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984, esta oferta se completa con actividades como el senderismo, el piragüismo o los deportes de aventura, que las autoridades bosnias tratan de impulsar con todas sus fuerzas. Pero no sólo las autoridades. La necesidad de olvidar la guerra y de volver a la normalidad lleva a los bosnios a deshacerse en atenciones hacia los turistas y hacia la numerosa comunidad de extranjeros que reside en el país desde que acabó el conflicto en 1995 y se instalaran una multitud de organismos internacionales. Ni siquiera el drama hizo perder a los naturales de Sarajevo la dignidad, la hospitalidad y la elegancia. Destino habitual de los miles de turistas que recorrían la espléndida y cercana costa adriática de Croacia en los años ochenta, Sarajevo comienza a recuperar el esplendor perdido, la belleza robada por la guerra. Es un camino de normalidad que la mayoría de bosnios espera que no tenga vuelta atrás.

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos

- Población: 400.000 habitantes.

- Prefijo: 00 387.

- Información sobre Bosnia en general, en: www. bhtourism.ba. Acerca de Sarajevo, en: www.sarajevo.ba.

Cómo ir

- Lufthansa (902 22 01 01; www.lufthansa.com) vuela desde Madrid a Sarajevo, vía Múnich, desde 480 euros, ida y vuelta.

Dormir

- Holiday Inn (33 28 80 00; www.holiday-inn.com/sarajevo). El hotel más prestigioso de la ciudad fue residencia de diplomáticos, militares y periodistas extranjeros durante la guerra. Parcialmente destruido durante el conflicto, ha sido totalmente rehabilitado y goza de todas las comodidades en un edificio de aspecto funcional y situado en las afueras del casco antiguo. La habitación doble con desayuno, 154 euros.

- Hotel Astra (33 252 100; www.hotel-astra.com.ba). En un edificio de la época austrohúngara, la ubicación de este céntrico hotel permite recorrer a pie el barrio viejo de la ciudad. La habitación doble,

127 euros.

Comer

- Pod Lipom (33 440 700) Prote Bakovica, 4

. Especialidades bosnias y carnes exquisitas en pleno barrio otomano. Unos 10 euros.

- Inat Kuca (33 447 867). Veliki Alifakovac, 1

. En una casa típica frente al edificio de la Biblioteca Nacional, ofrece también buena gastronomía local.

- Vinoteca (Skenderija, 12; 33 214 996). Uno de los restaurantes más modernos y cosmopolitas de la ciudad, junto al río Miljacka. Especialidad en cocina internacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de agosto de 2004

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