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Ciencia recreativa
Columna
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El fin de la normalidad

Javier Sampedro

Cómo que por qué? Pues porque no me parece normal". Usted habrá empleado ese argumento mil veces. Hay cosas que rechazamos porque nos repugnan, otras porque nos aburren, y otras -las menos- porque hemos razonado que son inconvenientes. Pero si todo lo anterior falla siempre nos queda rechazar la cosa "porque no es normal". La variante más delicada de este argumento de la anormalidad es la que se aplica a las personas: ¿tú crees, hija, que ese amigo tuyo, Luis o como se llame, es normal? Mira, te digo yo que lo de Fernández no es normal. Yo no soy racista, pero es que lo de los rumanos no es normal. El argumento también puede usarse al revés, para ensalzar lo que sí es normal, sobre todo cuando se trata de uno mismo. Esta vez no voy a dar ejemplos.

El cerebro tiene 100.000 millones de neuronas, y cada una puede establecer hasta 10.000 sinapsis con otras neuronas vecinas o lejanas, y reforzarlas o debilitarlas según el contexto, la experiencia y el aprendizaje. No está claro cuántos genes hacen falta para construir ese cosmos neurológico, pero es improbable que sean más de mil (el cuerpo entero se fabrica con 30.000). Tocan a un gen por cada billón de sinapsis, y eso deja mucho espacio para el azar. Además, el sexo baraja los genes a conciencia una generación tras otra, y las combinaciones posibles, incluso haciendo toda clase de concesiones genéticas y estadísticas, son un número mucho más alto que los 6.000 millones de personas que pueblan el planeta. Resultado: la normalidad no existe.

El influyente neurólogo Antonio Damasio, profesor de la Universidad de Iowa (EE UU) y autor de El error de Descartes y Buscando a Spinoza, cree que el cerebro humano puede ensamblarse de muchas formas exitosas y creativas, y que lo que solemos considerar defectos -esos rasgos que "no son normales"- vienen a menudo compensados por otros talentos que tampoco lo son. El centímetro cuadrado está muy caro en el cráneo. Por poner un ejemplo, los Homo sapiens los vemos en color gracias a que hemos perdido gran parte del sentido del olfato.

El mismo principio parece regir para la variabilidad dentro de nuestra especie. El caso extremo son los idiot savants, que muestran una prodigiosa capacidad de cálculo pero tienen una inteligencia tan limitada que no pueden entender sus propias operaciones aritméticas. Cuando la situación no es tan extrema hablamos de niños prodigio de las matemáticas, del ajedrez o de la música. Mozart, Schubert y Mendelssohn empezaron a componer antes de los 12 años, y es posible que el primero fuera un caso de síndrome de Williams, caracterizado por un grado variable de retraso mental y un excepcional talento musical.

Damasio aporta dos ejemplos. El primero es el trastorno de déficit de atención, que afecta al 5% de los niños y también a muchos adultos, y que hasta los años ochenta era clasificado como una deficiencia mental. Cuando a un adulto con ese trastorno se le enseña la palabra "amarillo" escrita con tinta azul y se le pregunta de qué color es, los módulos que se activan en su cerebro son totalmente distintos que los del resto de la gente. Pese a ello, sus respuestas son igual de correctas. El segundo ejemplo es el síndrome de Asperger, un trastorno relacionado con el autismo. Cuando una persona con Asperger mira una cara humana, no la analiza con el procesador de caras habitual en las demás personas, sino con las áreas cerebrales dedicadas a la interpretación de objetos. Pero las analiza.

Hay mil formas de ser normal, y conviene que nos acostumbremos a ello cuanto antes. Cada semana se describe un nuevo gen relacionado con un trastorno psiquiátrico, y ya estamos en condiciones de seleccionar los genes de nuestros hijos. No tiremos los talentos con el agua sucia de las deficiencias.

LLUIS F. SANZ

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