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Crónica:LA COSTA LITERARIA | Verano 2004

Las vacaciones que no tuvimos

Me encantan las playas de Cádiz... agua tan clara que siempre puedes verte los pies, extensiones de arena que parecen no terminar en ninguna parte y esa luz tan especial, que lejos de ser un mito, es una realidad palpable con sólo elevar la vista al cielo... De todas, siempre Roche es la que más me fascina. Puedes pasear a primera hora de la mañana y estar completamente sola, sin nadie a tu alrededor hasta donde la mirada te alcanza... El viento tal vez te traicione, y aún así, los remolinos de arena la hacen parecer un desierto íntimo y cálido. Su agua es limpia y esconde en lo profundo toda la gama de azules que exista en el mar... Los días de verano, como hoy, la cosa es diferente, como en todas las playas. El mar está más turbio, sondeado por barcos de vela y jóvenes que aprovechan el viento de levante para hacer surf. Las familias se apretujan entre toallas y, en la orilla, tienes que esquivar a las parejas que juegan a las palas... Los niños semidesnudos corretean... Hay una niña de unos ocho años que trastea con su rastrillo. Otra, preciosa con el pelo lleno de rizos, trae cubos de agua para hacer castillos en la arena... Se les acerca una, más chiquita, rubia y con cara de hacer pronto pucheros, con un bonito flotador en forma de pato... Las niñas la observan. Rápidamente comienza la disputa. La madre llega en el momento oportuno con bocadillos y refrescos. "Os voy a poner protector, para que no os queméis, niñas". Pero las niñas no quieren Nivea... Están cansadas de esa playa. Se aburren. Dicen que no hay arena para clavar las sombrillas, ni olas que saltar, ni agua para nadar... Además, es muy pequeña. La madre se queda callada unos instantes. En sus ojos se lee una bocanada de tristeza... Se sobrepone y anima a sus hijas: "¿Cómo que no hay arena? Si hay un montón, ¿no la veis?". Las niñas se miran, desanimadas. La madre abre el armario y saca unos moldes de plástico para la playa. Uno tiene forma de tortuga, el otro, de pez. Los hay amarillos, blancos, verdes... "¿Quién quiere la tortuga? ¿Y el cangrejo colorao?". Las niñas se las rifan, y por un instante olvidan su hastío. La madre, decidida, se pone también el bañador. "Y ahora, echamos una carrera". "Hay que llegar a la bolla y volver", dice entusiasmada Reyes, la niña del pelo rizado. Y nadan, de un extremo a otro de la habitación... "Mamá, mamá. Ahora vamos a jugar que estamos en una piscina", grita Laura, la pequeña. "Venga, a ponerse las tres el flotador que aquí no tenéis pie". Las niñas se reparten los flotadores y los inflan hasta quedarse sin aire. La madre coge una silla. "Esto es el trampolín. Hay que saltar a bomba". Primero Reyes, que es la más valiente. Le sigue Carmen, que intenta llegar más lejos que su hermana. Laura, la más tímida, tiene miedo... La madre la coge de la mano. "Yo me tiro contigo". Reyes y yo esperamos en la piscina, a pie de trampolín. Laura y mamá saltan. Caen justo al lado nuestro... Reímos y jugamos mientras aprieta el sol vengativo del verano que nos vigila desde la ventana... Reyes me da una ahogadilla en el agua ficticia. Mamá nos riñe... Pero, ahora, salpicamos a Laura, que sigue asustada y no se separa de ella... Cuando cae la tarde, mamá nos dice que recojamos las cosas y vayamos a ducharnos... Pero mis hermanas y yo ya no queremos irnos... allí lo pasamos bien, jugando a que la habitación de mis hermanos es una playa de Cádiz. Es mucho mejor que los cursillos de natación del Ayuntamiento a los que asistimos los niños del barrio... "Venga, vamos. Guardáis las cosas en el armario para mañana y os vais a ver los dibujitos". El día de playa se ha terminado... Con él, nuestro juego a inventarnos unas vacaciones que no podíamos costearnos... Al llegar septiembre, vuelta al cole. Los niños bronceados habían veraneado en Chipiona, Matalascañas o Benalmádena. Mis hermanas y yo nos mirábamos... "Nosotras, también hemos estado en la playa".

Nadie se pregunta ¿qué harán hoy en día los niños que no pueden irse de veraneo?

Ahora, muchos años después, mientras paseo por Roche, urbanizada a base de costosas y enormes casas, recuerdo cómo eran los veranos de mi infancia. A mi alrededor, lujosos barcos de vela, adolescentes surfeando, familias que se gastan una pasta y alemanes quemándose al sol... Escucho a la gente, en sus tumbonas, hablando de qué hará este verano... Me sorprende que de pronto, tantos vivan por encima de sus posibilidades. ¿Por qué se pagan miles de euros por un adosado a pie de playa? ¿Por qué van a Cuba, a un hotel de lujo, aislados de las miserias de los cubanos? ¿O visitan Croacia, para disfrutar del turismo cultural de un país que se repone de una dolorosa guerra? Nadie se pregunta ¿qué harán hoy en día los niños que no pueden irse de veraneo? Tal vez sus madres, también hagan un esfuerzo e inventen bonitas playas para ellos...

Carmen Pombero (Sevilla, 1973), escritora y guionista, recibió el premio María Teresa León a la mejor autora dramática por Elkafan y el premio Martín Recuerda por la obra Cuando regreses a New York en 2003.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de julio de 2004