Necrológica:EN LA MUERTE DE ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOSPerfil
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El hombre que hizo una creación de la crítica

Ensimismado, dotado de una memoria prodigiosa para las palabras y para las imágenes, Ángel Fernández-Santos (Los Cerralbos, Toledo, 1934) fue un filósofo, un narrador y un poeta, y juntó todas esas capacidades en dos facetas, la de guionista y la de crítico, y en ambas fue un maestro absoluto. Fue el guionista de El espíritu de la colmena (1973), con Víctor Erice; de Padrenuestro (1985), con Francisco Regueiro, y de Ander eta Yul (1988), con Ana Díez, entre otras películas, y en este periódico, y en otros en los que estuvo antes, fue un crítico de cine que nunca dejó de lado sus pasiones más íntimas, la poesía, la filosofía, la novela. Las aplicó a la crítica, y eso convirtió sus comentarios en la obra de un creador.

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Para entender el alma creadora y ensimismada de Ángel Fernández-Santos habría que describirlo en acción, en este periódico. Su profesión era nocturna, y consistía en ver películas, para contarlas luego. Llevaba a las sesiones una libretita en la que apuntaba palabras o escenas; cuando llegaba a la Redacción, a media mañana, oteaba las páginas, se adjudicaba a sí mismo el espacio que merecía el filme que hubiera visto y luego se aplicaba a la máquina sin fijarse en ninguna de sus notas. Actuaba como si aún estuviera viendo aquellas películas; y cuando éstas se hallaban lejanas -las que debía comentar para las páginas de televisión, las que le servían para apoyar cualquier efeméride- las veía de nuevo... en su propia mente de un poder prodigioso.

Su arma principal era la independencia. Mientras escribía, podía haber terremotos a su alrededor, e influencias, pero él siempre actuó con una libertad absoluta, con respecto a sus colegas y con respecto a sus amigos.

Actuó contra viento y marea, y aplicó a su manera de ver su manera de ser, de modo que nunca transigió con los que le disputaban a él los gustos en función de las modas; él fue un cine en sí mismo, el cine que él defendía no tenía ni padres ni madres, tenía su propio gusto y punto. Le gustaba discutir, y reír; nunca terminaba mal una discusión, porque era de una nobleza silenciosa y grande, pero no siempre terminaba bien las risas: dentro de él bullía una enorme melancolía, que provenía de la familia, de la guerra y de la larga posguerra en la que él se hizo. Su padre había sido un maestro republicano y represaliado, y él siempre padeció ese dolor heredado, lo tenía a flor de piel.

Aunque era más joven que todos ellos, fue compañero de las tertulias que luego fueron legendarias de los Azcona, Aldecoa, Ferlosio... Contaba siempre con la emoción de un huérfano la última noche de Ignacio Aldecoa, hablando ambos con un vaso en la mano en el pretil de la calle de Vallehermoso, de Madrid. Aldecoa fue su faro; también se le quedó atrás, como una nostalgia más que alimentara su melancolía.

Poco a poco, su gestión de la libertad le hizo más solo y más ensimismado, pero en ningún caso se hizo un tipo huraño. Al contrario, era un amigo íntimo excelente, consolaba más que pedía consuelo y era un compañero para todas las edades: los que le rodeaban en la Redacción le llamábamos Angelito, y éste no era sólo un diminutivo, era una aceptación de la cercanía que él mismo provocaba.

Había vivido comprometido en los picos del antifranquismo (y por eso fue expulsado de la Escuela de Cine) y durante el largo periodo democrático que le tocó vivir padeció primero la perplejidad, o la esperanza, y después el escepticismo, que ha sido regla habitual en sus compañeros de generación. Por todos esos periodos circuló primero viendo teatro, apasionadamente, y luego viendo cine, a rachas apasionado y a rachas decepcionado. Hizo crítica de teatro en Primer Acto y de cine y de teatro escribió en Ínsula; fue crítico de cine en Diario 16 y de ese periódico saltó a EL PAÍS en 1982. Aquí desarrolló una gran labor, y no sólo en la crónica y crítica de películas y de festivales, donde su figura fue siempre respetada y ennoblecida por la admiración que le tuvieron sus colegas, sino que también dedicó tiempo y esfuerzo intelectual a ejercer la crítica general de la cultura, al frente muchas veces de la sección que le acogió.

Su pensamiento cultural era radical y europeo; aunque era un fascinado espectador del cine norteamericano (su libro Más allá del Oeste, de 1988, es una obra maestra sobre el western), pensaba que la industria europea del cine tenía que defenderse mejor, y echaba de menos una gestión más cultural, y más poderosa, menos dependiente, del cine español, que contemplaba con gozo cuando le gustaba y que hacía trizas cuando desmerecía su manera cultural de concebirlo.

Ayer decía su colega Rafael Azcona (a quien tanto admiró Ángel) que, con lo poco que se prodigaba, podía decirse que Ángel Fernández-Santos es uno de los grandes guionistas del cine español, pues participó en pocas películas "y todas ellas son extraordinarias". El director José Luis García Sánchez, que estuvo con Fernández-Santos poco tiempo antes de que su amigo muriera ayer, dijo: "Era el más listo de una generación, la socialrealista, de la que él era prácticamente el único sobreviviente. Era berlanguiano y azconiano; había algo en él misterioso que le impidió, acaso por pudor, sacar a flote todo el talento que tenía. Acaso también le pesó siempre el fracaso de la República... Hizo muy buen cine, y fue un gran crítico de teatro, pero su obra mejor se llama Elsa". Elsa es su hija Elsa Fernández-Santos, redactora de EL PAÍS, que le sobrevive; a su nieta Elsita (la llamaba mini Elsa) le dedicó Ángel en los últimos años sus mejores risas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 06 de julio de 2004.

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