Necrológica:EN LA MUERTE DE ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOSPerfil
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Habilidad de mago

Al final de los sesenta, y aún durante bastantes años más, sólo en Francia se podían ver las películas interesantes, y de camino comprar libros prohibidos o más baratos, y ver el teatro que aquí sólo ocurría de forma excepcional. Teníamos tanta curiosidad por saber que hasta la televisión nos servía de refugio.

Ángel Fernández-Santos nos recibía entonces en su casa. Él era el único que tenía televisor (en blanco y negro), y por tanto era el único hogar en que podíamos ver en UHF los ciclos de películas que emitía Cine-Club. Éramos los muchachitos de la revista Nuestro Cine, de la que Ángel era redactor jefe, hambrientos de saber y con ganas ingenuas y febriles de cambiar el mundo a través del cine.

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En su casa nos quedamos fascinados ante el talento de autor de John Huston, de la personalidad de Humphrey Bogart, de la contradictoria obra de Rossellini, Hathaway o Fernán-Gómez... Nunca antes habíamos visto, por ejemplo, El cochecito, y a la sorpresa ante tamaño prodigio cinematográfico añadíamos la ira por los cortes de censura, por el cinismo de las declaraciones de los ministros franquistas, y nos indignábamos hasta por la necesidad de hablar bajito, incluso en aquella casa-santuario.

Ángel era mayor. De ahí que su actitud se pareciera a la de un padre sonriéndose ante nuestra inocencia, aunque también él estaba descubriendo al mismo tiempo las mismas maravillas. Había estudiado Derecho y Filosofía y Letras, le habían expulsado de la Escuela de Cine por sus actividades izquierdistas, escribía de teatro, colaboraba en las prestigiosas revistas Índice e Ínsula, y hasta estaba haciendo pinitos como guionista, entonces aún secretos. Cuando acababa la emisión de cada semana hablábamos con emoción de la película recién vista, llevando Ángel la voz cantante. Él había apreciado pequeños pero muy significativos mensajes que nosotros no habíamos visto, sabía situar la obra en su contexto aclarándonos matices, recordaba otras películas de referencia que combinaba con habilidad de mago. Hablaba y discutía con vehemencia, y muchas veces con humor. Se apasionaba.

Nos animó a introducirnos en la crítica, a algunos incluso con severa autoridad. Luego, sonreía ante algunas de nuestras frases contundentes y huecas, las retocaba generosamente por aquí y por allá, pero sin hacerse notar, elogiando nuestro valor y presunta perspicacia. Mientras íbamos madurando recomendaba libros, y en ocasiones hasta los prestaba: novelas, poesía, teatro, política...

Cuando llegaron los momentos difíciles luchó como pudo porque Nuestro Cine no desapareciera, engullida por intereses raros que nunca le convencieron. Propuso cooperativas y trucos similares, pero pudieron sus enemigos. Creo que nunca volvió a disfrutar de la misma libertad que en aquellas páginas en las que polemizaba sin ataduras ni pies forzados con todo bicho viviente que se le pusiera delante. Luego le llegó el oficio, la profesionalidad, algo menos divertido.

El grupo fue disolviéndose, quizá porque cada cual acabó teniendo su propio televisor, o porque Ángel se embarcó en proyectos mayores, como el guión de El Espíritu de la colmena. Lo que ganamos entonces en intimidad, lo perdimos en magisterio. Nunca como en aquellas noches en casa de Ángel se ha hablado y aprendido tanto de cine, y tan bien. Nunca las películas en la tele han vuelto a ser tan hermosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 06 de julio de 2004.

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