Entrevista:Carlos Fuentes | EL ESCRITOR Y SUS FANTASMAS

"Creo en el lenguaje como una de las dimensiones de la libertad"

"La ficción se vuelve la realidad más concreta y hay que destruir esa realidad a pesar de la admiración que provoca"
"Las palabras y las imágenes son maneras distintas de hacer lo imposible, que es completar el mundo"

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RESPUESTA. Lo que uno busca en las novelas: dejarla abierta para que el lector la concluya, que el escritor no imponga su autoridad sino que deje que el que reciba el relato lo continúe a su manera. Siempre he dicho que el próximo lector de El Quijote aún no ha nacido o acaba de nacer, y ése es siempre el primero. Esa apertura me interesa en la novela pero es más fácil de alcanzar en el cuento y sobre todo en el cuento fantástico.

P. ¿No cree que cada uno de estos cuentos podría convertirse en una novela?

R. Claro, sobre todo si el lector la continúa. El misterio es la puerta que dejas abierta. En El amante del teatro, ¿el protagonista ha visto una representación o es la vida real? ¿El amante de La bella durmiente es un fantasma del pasado o es un doctor de Chihuahua? ¿Es manipulado por otros fantasmas sentados allí frente a unos extraños cuadros de Hitler, Pancho Villa y el káiser?

P. En ese relato concreto es difícil pensar que las descripciones de la casa y del desierto sean producto de la imaginación. ¿Parte de una experiencia personal?

R. Sí. Esa casa existe en el desierto de Chihuahua y yo la he visto. Es una locura. ¡A quién se le ocurre hacer una casa así y llenarla con esos cuadros! Es el escenario ideal para un cuento de misterio. Yendo de Ciudad Juárez a Chihuahua, un amigo me dijo: "Vamos a ver una casa extraordinaria que construyó aquí un alemán que era partidario del káiser, de Pancho Villa y de Hitler, y tiene allí sus grandes retratos". Sí, todo ese escenario es real.

P. Llama la atención una vez más su habilidad para introducir lo fantástico en lo real. ¿O es que en la vida la línea que las separa está cada vez más próxima?

R. Recuerde que Borges definió la teología como una rama de la literatura fantástica, y yo creo con él que hay una realidad extrasubjetiva que está ahí: las casas, el jardín, etcétera, y otra realidad subjetiva que se expresa en la literatura de una manera imaginativa. Está La Mancha, pero falta un señor que se llama Don Quijote, lo escribió Cervantes, y ya cambió el paisaje de La Mancha. Pero además hay una tercera realidad al lado de la subjetiva y de la extrasubjetiva que es el misterio de la propia subjetividad, y a eso es a lo que yo llamo literatura de misterio. De Edgar Allan Poe dijo Baudelaire que lo único que hacía era ofrecernos la magia de las excepciones y, por su parte, Dostoievski dijo de Poe que lo que éste trataba era sólo la realidad más excepcional. De manera que estamos yendo más allá de una imaginación a otra realidad aún más misteriosa. Hablando de Poe, ¿sabe que al abrirse los archivos del Kremlin se descubrió que era el autor favorito de Stalin?, dormía con Poe al lado.

P. Le atraería el aspecto macabro de Poe.

R. Sí, le ayudaría a imaginar sus torturas... De manera que cerramos el círculo porque a través de la lectura de Poe o Stalin regresas a la más feroz realidad objetiva. Yo creo en esa tercera dimensión que es una realidad casi innombrable, una realidad anónima, como es anónimo Frankenstein. Te das cuenta de que el monstruo no se llama Frankenstein, que ése es el nombre del doctor, un científico que quiere ser Dios y parir un ser. El monstruo es Frankenstein, y no es Frankenstein, es el doctor Frankenstein. Todos estos juegos de espejos, de realidades en las que se quiebra un poco la costra de lo que vemos diariamente, y entramos a otra realidad que estaba allí, latente, esperando para vengarse, para reaparecer, para recobrar sus fueros... Ésta es para mí la materia de la literatura fantástica.

P. Son relatos deudores de otros géneros, de la novela fantástica, por supuesto, de la novela gótica, de la poesía. El lector encuentra en ellos una especie de síntesis de su gran cultura, pero ¿qué le han aportado a usted?

R. Son siempre un placer. Constituyen un placer extraordinario porque te permiten a la vez sondearte como individuo, y sondear los límites de la literatura. En una novela realista conozco las dimensiones de esa realidad, aunque siempre hay un misterio subyacente en toda literatura. Pero aquí entro a un terreno que desconozco. Voy como un explorador. Creo que las Crónicas de Indias son el debut de la literatura fantástica en América Latina porque estos exploradores españoles veían cosas absolutamente increíbles. Veían playas de perlas negras, tortugas con caparazones del tamaño de una casa, ballenas con dos senos de mujer, sirenas con cola de pescado... Tenían una capacidad para fabular lo desconocido, que desemboca maravillosamente en el momento en el que la fantasía se vuelve real, que es la espléndida descripción de la entrada a Tenochtitlán por Bernal Díez del Castillo. Ahí la ficción se vuelve la realidad más concreta y, curiosamente, esa realidad fantástica hay que destruirla enseguida, hay que vencerla a pesar de la admiración y el amor que provoca. Quizá hay algo de eso en todas las novelas de misterio. Drácula es eso, Frankenstein también. Hay el amor del monstruo y el amor al monstruo. Es la situación de Drácula, un vampiro conocido y reconocido y, sin embargo, las mujeres a pesar de las advertencias de doctores, maridos o amantes, no se ponen collares de ajo, no tienen un crucifijo a mano y dejan las ventanas abiertas para que entre. ¡Qué atracción nos produce la belleza de lo horrible!, que diría Voltaire.

P. Hablando de vampiros, uno de ellos, Vlad, protagoniza su último relato y resulta muy inquietante por lo que tiene de real. ¿Quién es, por ejemplo, Eloy Zurinaga? ¿Este empresario sin escrúpulos está inspirado en alguien real?

R. Está inspirado en muchos abogados mexicanos viejos, profesores de la escuela de derecho... Y eso es lo que me interesaba, que son gente real, no vampiros ni nada por el estilo, al menos que yo sepa, pero tienen una cosa mustia, apolillada, como que se están desvaneciendo y con ellos toda una época. Me agarré a uno de esos personajes para crear a este hombre.

R. Si uno se pregunta si quiere vivir para siempre, puede que en primera instancia dijera que sí, pero enseguida va a decir no. La vida está ordenada para la muerte y le digo, como mexicano, que nosotros no hacemos distinción. Todo es vida, incluyendo la muerte. De manera que hay una cierta perversidad en el intento de vivir eternamente, y la única manera como puedes lograrlo, puesto que biológica y científicamente no se puede, es convertirte en fantasma. Hay en uno de estos relatos, y creo que es la primera vez que aparecen en nuestra literatura, fantasmas que vienen de la Inquisición. Son los que están en la casa de esta pobre solterona que de repente se ve invadida por ellos a los que su madre, con su gata siniestra, mantenía a raya. Muere la señora y los fantasmas se manifiestan. Estaban ahí, esperando, y ésta es la única manera de sobrevivir que encontraron.

R. La mujer lleva una vida de profesional, con una hija, una vida doméstica, que es la capa frágil y superficial de su existencia. Vlad rompe esa capa y le demuestra otra realidad a la cual ella se adhiere: la del vampiro, y esta inmortalidad mortal que se prolonga en el tiempo pero que no significa vida, y sin embargo cae bajo su hechizo. Siempre me ha llamado la atención la facilidad con la que seduce Drácula a las mujeres, y mi personaje es el típico ejemplo de esa tentación. Abrir las ventanas al vampiro y dejar atrás una vida convencional.

P. En este relato, de forma breve pero muy elocuente, narra la desaparición del hijo del protagonista y el significado de esa ausencia. ¿Hay algo en esas líneas de la pérdida y la ausencia de su propio hijo?

R. Hay mucho ahí de nuestra biografía, claro, eso brota a veces en la literatura aunque no lo quieras, aunque no lo busques. Hay muchas cosas en la literatura que se imponen. Uno se acuesta en la noche diciendo mañana voy a escribir tal cosa, y en la mañana te sientas a escribir y te sale algo en lo que no habías pensado. Quizá es el producto de tus sueños, de los sueños que olvidas que son los únicos buenos sueños, porque los que recuerdas son siempre ridículos.

P. Al menos son fantásticos...

R. Tanto que yo creo que hay una parte onírica nuestra que sólo se manifiesta en la creación literaria y artística porque no la controlamos. No somos conscientes de ese sueño, entonces él se impone, brota y comprendes al escribirlo que estaba ahí.

P. ¿Mantiene viva la presencia de su hijo Carlos?

R. Cotidianamente, todos los días, nunca está ausente. Es una presencia diaria, pero no sabe hasta qué grado lo tenemos presente.

P. ¿Se aprende a vivir con esa ausencia?

R. Absolutamente. Él vive con nosotros, lo llevamos a todas partes, nos acompaña, nos conversa, nos reímos recordando las cosas que decía... No es una ausencia, es una presencia. Esa pérdida es el peor dolor, no hay nada comparable, ni la muerte del amante, del padre, de la madre, de un amigo, no hay nada comparable. Ése es el dolor más grande que hay y tiene que surgir, consciente o inconscientemente, cuando uno escribe. Marca muy hondamente.

P. Es significativo que su hijo escribiera poesía, como si aprovechara el único resquicio creativo que le dejaba su padre...

R. También pintaba quizá porque yo tampoco soy pintor, aunque tuve la tentación, de jovencito me gustaba la caricatura... Pero él tomó esos dos caminos que no entraron en competencia con su padre. Creo que me lo dijo, y él era bastante consciente. Pero no es porque se lo hubiera propuesto, sino porque le nacía. Vivió muy poco, murió a los 25 años, pero empezó a muy corta edad.

P. Alguien que escribe: "Yo sólo sé que lo que me ha pasado a mí, le ha pasado peor a otro hombre" demuestra una gran generosidad y sin pensarlo legó a sus padres la fórmula para superar su pérdida.

R. Él sufrió mucho en hospitales. Pasó en ellos largas temporadas y siempre decía que había gente a la que le iba peor que a él: "No soy la peor víctima del mundo", decía, "hay gente que sufre más que yo". Es muy conmovedor. Fue un chico muy notable, muy extraordinario.

P. ¿Elegiría usted algún relato?

R. No, no puedo, uno quiere a todos sus hijos y más en una colección de cuentos. Amo todos los cuentos. Cada uno te permite imaginar algo diferente. Me encanta pensar que puedo bajar a un sótano y, quizá en compañía de un fantasma, convertirme yo mismo en fantasma. O que una bella mujer puede ser salvada de un tenebroso machista marido mexicano por un ángel árabe en un jardín.

R. Ése es un tema en el que insisto mucho, el de la fraternidad de los dos pueblos semitas. Éstos son hermanos y, hablando de política, me parece un desastre lo que ocurre, porque leyendo los libros sobre el tema, que están saliendo a borbotones, ves la claridad con la que Clinton vio que el problema de toda esa parte del mundo empezaba con la solución del conflicto entre Palestina e Israel. Es la tortilla que volteó el idiota de Bush para irse a Irak y crear la confusión, y la matanza, y el horror en que ha desembocado. Se ha aplazado la verdadera solución del problema. Un desastre, en fin. Recibí el Premio Príncipe de Asturias en compañía de Arafat y de Rabin, que recibieron el premio de la concordia, y por eso hice un discurso, no sobre el choque de civilizaciones, que es una idea que me parece perversa, sino sobre el encuentro de civilizaciones, la fusión de civilizaciones en la cuenca del Mediterráneo. Hablé sobre eso y, al terminar, Arafat se me acercó y me dijo: "Eso lo pudo haber escrito un palestino". Y Rabin me dijo: "Eso lo pudo haber escrito un israelí". Somos la misma cultura, cuál choque de civilizaciones, qué Huntington ni qué nada. Tenemos que hacer una civilización a partir de múltiples aportaciones y la convivencia entre palestinos y judíos tiene que ser promovida internacionalmente. La comunidad internacional tiene un papel fundamental. En cuanto al machismo, en este relato hay una mujer, Calixta, que tiene un talento superior al de su marido y el marido no lo tolera, le sale a borbotones el machismo mexicano. Sin embargo ella encuentra como un regalo del cielo a este árabe en su jardín. Los jardines son muy bonitos para establecer escenas de pecado y redención, y no digamos si se trata de jardines árabes en los que ellos son los maestros.

P. Ahí recuerda lo que fue la cultura árabe y parece mentira que hoy estén en la situación que están.

R. Pero pueden volver a ser lo que fueron, por qué negar nada. Clinton ha hecho algo excepcional, que es un discurso en el que le recomienda a la audiencia americana que se ponga a pensar lo que será de ellos cuando ya no sean la primera potencia del mundo. Éste es un pensamiento romano, pero es insólito que un político de Estados Unidos le diga eso a la gente. Y es que nada es eterno.

P. Siempre ha reiterado su fe en la palabra. ¿Se renueva esta fe cada vez que escribe?

R. Absolutamente, creo en el lenguaje como una de las dimensiones de la libertad. Fuera de uno es una realidad social, pero también es una realidad íntima, tiene de las dos cosas, es un puente gracias al cual nos comunicamos con el lector, pero también con nosotros mismos. A veces esa verbalidad interior se manifiesta en lo que llamamos un poema, una novela, un ensayo, un cuento.

R. Recuerdo conversaciones con Buñuel en las que me decía: "Cómo le envidio Carlos su capacidad verbal, yo no sé escribir. Cuando le escribo a mi madre, le digo, querida mamá te escribo para decirte que te estoy escribiendo, tu hijo que te escribe, Luis Buñuel". "Óigame Buñuel", le decía, "yo envidio su capacidad visual, ya quisiera ver las cosas que usted ve". Porque en Buñuel casi no hay palabras, sólo imágenes, pero imágenes que cuentan. Son maneras distintas de hacer lo imposible, que es completar el mundo, una tarea inacabada e inacabable. ¿Qué falta en el mundo? Se plantea un escritor, se plantea un pintor. Y siempre llegamos a la conclusión de que lo que vamos a añadir al mundo depende de quienes nos preceden. No se puede escribir, no se puede crear, sin la tradición que viene detrás, ella nos sostiene. En pintura hay dos casos que crean la tradición rompiendo con lo anterior: Giotto y Piero della Francesca, que aparecen en mi libro, y luego el cubismo, que es una ruptura brutal, la primera pintura sin espacio, no hay paisaje, no hay espacio. Velázquez es otro gran ejemplo, un caso ejemplar de asunción de tradiciones y proyección de las mismas. Velázquez viene de la más grande tradición figurativa del Renacimiento, pero crea una tradición moderna: la del misterio dentro de una pintura dinámica que avanza hacia el espectador y le invita a entrar en el cuadro.

R. Está el hecho bastante paradójico de que la escuela muralística mexicana, propuesta como una pintura nacionalista, tenga muy poco que ver con los grandes antecedentes indígenas de México y todo que ver con tradiciones europeas. Rivera viene del Renacimiento; Paolo Ucello, de los grandes murales uccellescos. Siqueiros, del expresionismo alemán, es clarísimo, ésa es su tradición, y no es mexicana ni mucho menos. Hicieron una especie de dictadura del mexicanismo pero no hay tal mexicanismo, resulta que es pintura occidental.

P. Las reproducciones del libro son magníficas. ¿Cómo resuelve usted el debate entre la obra de arte y su reproducción?

R. Yo opino lo que dijo Jean L. Godard sobre las películas que pasan por televisión. Una película que pasan en televisión es en relación a mi obra, a cómo yo la concebí para ser vista en un cine, lo que una tarjeta postal es a un original de Rembrandt. De manera que las reproducciones son eso en cierto modo. Godard tiene razón.

P. Volviendo a la novela ¿dónde estaría hoy la vanguardia?

R. La vanguardia y todo lo que pueda implicar está en la extraordinaria abundancia y calidad de la novelística de todo el mundo. Allá por los años cincuenta se dijo que la primera mitad del siglo XIX le perteneció a la novela de Europa occidental, la segunda mitad a la novela rusa, la primera mitad del siglo XX a la novela norteamericana y la segunda mitad le va a pertenecer a la novela latinoamericana. Resulta que fue mucho más allá, le perteneció a la novela africana, a la novela del Magreb, a la novela del África negra, de Suráfrica, de Japón, de India, de Pakistán, de las antiguas colonias británicas. Ha surgido la novela en los lugares más inesperados. Siempre pasó lo mismo, siempre la novela tuvo la competencia de otros medios, vodevil, teatro, cine, radio, televisión... No es ninguna novedad, y sin embargo la novela persiste porque es la manera más íntima que tenemos de conocernos a nosotros mismos y a nuestros semejantes, de entrar a fondo en la realidad de lo que somos individualmente y como seres miembros de una colectividad. No se ha inventado otra forma mejor de hacerlo, no hay manera más profunda y más bella de entendernos a nosotros mismos, de entender a los demás que a través del lenguaje.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 21 de mayo de 2004.

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