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El artista consentido

El intelectual, el artista, es el hijo mimado de la sociedad democrática, el niño bonito del Estado de bienestar de modelo europeo. Disfruta soberanamente de la libertad de expresión, y hasta se gana la vida con ella, a diferencia de la mayor parte de los ciudadanos, que no suelen ejercer ese derecho de todos, y que en cualquier caso no extraen de él beneficios de orden práctico. Sus opiniones gozan de una amplia resonancia pública, y los frutos de su trabajo, con un poco de suerte, le deparan un cierto grado de reconocimiento, o al menos la oportunidad de adquirir una situación profesional de cierto privilegio, sobre todo en comparación con la mayor parte de los asalariados. A cambio de estas ventajas, al intelectual o artista no se le pide gran cosa en las sociedades europeas. Puede opinar sobre los aspectos más diversos de la vida pública o sobre los comportamientos privados y rara vez se le exigirá que justifique sus afirmaciones. Puede sostener las más extremadas posiciones políticas, o llevar un estilo de vida tan llamativo como le parezca, y nadie le pedirá cuentas por las primeras ni le censurará por el segundo. Es más: cuanto más radical se manifieste en sus declaraciones, y más alejado de la norma común en su comportamiento, mayores posibilidades tiene el artista de favorecer el prestigio romántico de su figura, y hasta en ocasiones la rentabilidad comercial y la fortuna crítica de sus obras.

Me refiero, desde luego, al intelectual o artista de modelo europeo continental, o más exactamente francés, que es el vigente en España, y que es una mezcla, o el punto intermedio, entre dos modelos del todo ajenos entre sí: el del sistema soviético y el del mercado libre. En el sistema soviético, el intelectual gozaba de una protección perfecta por parte del Estado, a condición, como se sabe, de una servidumbre absoluta a la ortodoxia ideológica oficial, y de una activa vocación delatora. Escribo en pasado, pero ese modelo soviético permanece vigente en Cuba, y por lo que cabe suponer, en Corea del Norte. Al escritor, las editoriales del Estado le publicarán sus libros; al pintor, las instituciones culturales pertinentes le organizarán exposiciones de sus cuadros; el músico verá estrenadas sus obras, y todos disfrutarán de una vida ajena a los sobresaltos del mercado y a la posible indiferencia del público: cómodos puestos administrativos, sin mucha esperanza de prosperar, pero sin el miedo a la incertidumbre laboral o económica; vivienda barata o gratuita, vacaciones, incluso viajes controlados al extranjero.

El modelo soviético ofrecía protección sin libertad, acompañada de una cierta aura sacerdotal: el norteamericano, libertad sin protección, y sin aura. Salvo casos muy excepcionales, -y muy poco representativos -Noam Chomsky, Susan Sontag-, el intelectual a la manera europea no existe en Estados Unidos. Un escritor escribe libros, un pintor pinta cuadros, un cineasta hace películas, un actor interpreta personajes en el cine o en el teatro, pero a ninguno de ellos se le atribuyen especiales cualidades ajenas al campo de su especialidad profesional. Woody Allen lo ha dicho muchas veces, para desconcierto de sus admiradores europeos: "Yo hago películas, no soy un intelectual". El artista de escuela norteamericana raramente se manifiesta en público, y si lo hace no es en virtud de las cualidades o las prerrogativas especiales que le concedería su oficio, sino de su condición de ciudadano. Los escritores no suelen publicar artículos de opinión en los periódicos, ni firman columnas regulares, ni manifiestos políticos. El mercado determina una separación casi absoluta entre el reconocimiento artístico y la difusión comercial: muy pocas veces un libro puramente literario aparece o llega a consolidarse en la lista de los más vendidos de The New York Times. El artista trabaja en una incertidumbre con muy pocos asideros, porque las ayudas oficiales a la creación son escasas o nulas, y el mecenazgo privado suele volcarse sobre valores seguros. El refugio más común, sobre todo para el literato, son las universidades, en las que, con mucha constancia y grandes dosis de conformidad a las ortodoxias o a las modas ideológicas del momento, se puede conseguir algo rarísimo en el duro mercado laboral norteamericano, el valioso tenure, la plaza en propiedad, el trabajo seguro para toda la vida: las ventajas de la protección y las de la libertad, al precio de la irrelevancia pública -no hay conexión de ningún tipo entre los departamentos universitarios de humanidades y el mundo real- y del acomodamiento al que aludí antes, que no es con los valores dominantes de la sociedad en general, sino de esa otra sociedad rara y circunscrita que sólo existe en las universidades, y que se rige por los principios más estrictos de corrección política, no sin grave perjuicio para la libertad de pensamiento y de expresión.

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Asombrosamente, el intelectual europeo reúne todos los privilegios del sistema de protección y, a la vez, todos los del liberal, la seguridad soviética sin censura y la libertad norteamericana sin irrelevancia civil y sin la cruda angustia del mercado. A casi nadie le regalan nada, desde luego, y más difícil todavía que publicar, dirigir una película, estrenar una obra de teatro o una partitura o exponer en una galería de arte, es ganarse dignamente la vida con cualquiera de esos oficios, o encontrar un público considerable, entendido y atento, sobre todo en un país como España, donde la penuria del sistema educativo debilita todavía más el escaso arraigo y solidez de las instituciones culturales. Y, sin embargo, hay lectores para muchos libros y espectadores de cine y de teatro, y público para los conciertos más diversos, y con mucha frecuencia la escasez o la falta de público viene compensada por las ayudas oficiales, que complementan o incluso suplen por completo las limitaciones de la iniciativa comercial. En España, y en mayor medida en casi toda la Europa del bienestar, las instituciones públicas apoyan, subvencionan o financian por completo innumerables productos culturales, desde ciclos carísimos de ópera a películas, compañías teatrales, orquestas sinfónicas, hasta modestas colecciones de la literatura más minoritaria, otorgan ayudas para creadores jóvenes, sostienen las experimentaciones artísticas más radicales, y con mucha frecuencia se convierten en exclusivos compradores de sus resultados.

En Europa, a diferencia de en Estados Unidos, hay un consenso según el cual la cultura es un bien público del mismo rango que la educación o la sanidad, y no puede abandonarse a las leyes estrictas del mercado. Cajas deahorros, ayuntamientos, gobiernos autonómicos, compiten entre sí para volcar dinero en proyectos culturales, se convierten en editores, en promotores de espectáculos, en organizadores de ciclos de conferencias, en mecenas de las artes plásticas, en productores de cine y de televisión, en empresarios periodísticos. En muchos casos, la protección alienta el clientelismo político, pero, como el poder que la ofrece no es un bloque, a la manera soviética, sino un entramado plural, se pueden escamotear unas lealtades a cambio de otras, o incluso disfrutar simultáneamente del mercado cautivo de la Administración y del éxito comercial, del oficialismo y de la rebeldía.

Esto último es muy importante para el intelectual o el artista a la europea, a la española. Al fin y al cabo, su figura tiene un origen glorioso, que viene del Romanticismo -Byron, el poeta que lucha por la libertad de los griegos; Baudelaire y Rimbaud, enemigos a muerte del convencionalismo de la burguesía- y alcanza su primera plenitud en la valiente disidencia contra lo establecido de Émile Zola. El intelectual europeo disfruta de libertades que nadie pone en duda y de privilegios que no están al alcance de la mayoría de sus conciudadanos, pero al mismo tiempo aspira a conservar el aura del rebelde o el profeta y la dignidad del perseguido. A Baudelaire y a Flaubert sus obras les costaron procesos por escándalo, Picasso pasaba hambre y frío en su estudio del Bateau Lavoir, a Stravinsky quisieron lincharlo en el estreno de La consagración de la primavera, Ossip Mandelstam perdió la vida por escribir un poema contra Stalin, Ionesco y Beckett estrenaron sus primeras obras en sótanos insalubres de París: el artista europeo vindica para sí el heroísmo de todos estos ejemplos, y aunque no padezca ninguna de las incomodidades que otros sufrieron por hacer lo que querían, tampoco considera que deba agradecer las ventajas que disfruta, ni que deba renunciar a ninguna para celebrarse a sí mismo como un disidente, incluso para denunciar una opresión imaginaria que le es imprescindible para alimentar su confortable narcisismo, y que además, precisamente por ser imaginaria, no le causará ningún quebranto. Al poeta Raúl Rivero o al periodista marroquí Alí Lmrabet, por ejemplo, reclamar la libertad para sus países les ha costado ir a la cárcel: en España, mientras tanto, es posible usar cómodamente la libertad para asegurar que no existe, o que está en peligro, y esa declaración le valdrá a quien la hace una satisfacción personal inmediata y hasta un aura de prestigio, sin que eso le impida ejercer su trabajo y hasta recibir la subvención para su obra del Estado contra el que se declara en rebeldía.

Éste es un rasgo paradójico del intelectual europeo, que se repite con frecuencia en el profesor universitario norteamericano: su trabajo, su vida misma, se sostienen gracias a un sistema de libertades, de garantías jurídicas y derechos que son exclusivos de la democracia avanzada, y que no existen ni han existido en ningún otro sistema político o social; y sin embargo, con abrumadora frecuencia, el intelectual se declara adversario o enemigo de ese mismo sistema, y no sólo critica sus errores, sus debilidades o sus corrupciones, reales o ficticios, con un ahínco extremado, sino que celebra como modelos alternativos y más justos regímenes políticos, culturales y económicos en los cuales la inmensa mayoría de la población sobrevive en condiciones lamentables, y en los que él mismo sufriría una amenaza continua de precariedad o persecución. Con parecida inconsecuencia, el intelectual se beneficia en grado extremo del progreso tecnológico, pero suele declararse partidario y nostálgico de un estado roussoniano de naturaleza que él viste distraídamente de ecologismo, o de amor por culturas primitivas; y aunque no suele estar dotado para la fuerza física, y vive de cosas tan inocuas como las palabras o las imágenes, se deja fácilmente seducir por la violencia política.

Es cierto que la democracia siempre es imperfecta, que la injusticia social y la corrupción convierten muchas veces en entelequias los derechos civiles y la igualdad jurídica de los ciudadanos; también es cierto que el poderoso tiende a buscar la perpetuación de su dominio, y a utilizar la posición que ha obtenido en virtud del voto popular para beneficiarse a sí mismo o manejar influencias. El gran hallazgo de las socialdemocracias europeas y de quienes pusieron en marcha el New Deal en Estados Unidos fue la búsqueda de un equilibrio entre el respeto a la vitalidad económica del mercado y de la libre iniciativa, y los controles sociales y políticos necesarios para evitar desastres como los que trajo consigo la crisis de 1929. La democracia es un proceso terrenal y azaroso, y no promete paraísos como los de las religiones y los de las ideologías totalitarias, que tantas veces acaban en la esclerosis burocrática, en las hogueras y en los campos de concentración. La ciudadanía estuvo restringida al principio a los varones propietarios y blancos, y poco a poco, revuelta tras revuelta, desde la revolución de 1848 hasta las luchas por los derechos civiles en los años sesenta del siglo pasado, se fue extendiendo hasta culminar en la magnífica sublevación a favor de la igualdad de las mujeres y los homosexuales. Quedan muchas zonas de discriminación todavía, y ninguna libertad conquistada lo es incondicionalmente y para siempre. Pero la realidad es, si se mira con los ojos abiertos, que no hay sociedades más abiertas, más igualitarias y más tolerantes que las occidentales.

Y sin embargo, ¿cuántos intelectuales, cuántos artistas occidentales del siglo XX y de lo que va del XXI han afirmado en voz clara y alta algún tipo de lealtad hacia la democracia? ¿Cuántos de los que justamente deploran las crueldades del capitalismo o denuncian los abusos de la autoridad en los Estados democráticos han alzado su protesta contra las tiranías del antiguo bloque comunista, o contra la brutalidad y la corrupción de muchos regímenes africanos o asiáticos a los que se concedió desde los años sesenta la gloria incondicional del anticolonialismo, y que tienen una responsabilidad tan grave en la ruina de sus propios países? La democracia política y el Estado de bienestar se basan en cautelas y garantías legales, en el recelo hacia las posiciones absolutas, en la limitación y el equilibrio de poderes, en la exclusión de la fuerza: pero los intelectuales, históricamente, han celebrado con mucha frecuencia regímenes dictatoriales y a héroes sanguinarios, han rendido homenaje a tiranos que les parecían exóticos al mismo tiempo que denostaban o ridiculizaban a los dirigentes democráticos de sus propios países, incluso han mostrado una perfecta indiferencia y una falta de solidaridad asombrosa ante los sufrimientos de colegas suyos perseguidos en esos países a los que ellos mismos viajaban -algunos viajan todavía- como invitados de honor. A Néstor Almendros, cuando se exilió de Cuba en los años sesenta, perseguido por su disidencia política y estética y su condición homosexual, muchos de sus amigos antifranquistas y homosexuales de Barcelona le retiraron el saludo, llamándolo gusano. Lo cuenta Terenci Moix en un capítulo de sus memorias admirables. Y no me olvido de la rechifla general con que recibimos las personas progresistas en los años setenta la visita a España de Alexandr Solzenitsyn, que ya mostraba síntomas de delirio religioso o místico, pero que había levantado a solas, durante muchos años, uno de los mayores y más rigurosos testimonios contra los crímenes del totalitarismo. Lo que en toda Europa estaba siendo el comienzo de un debate imprescindible sobre la responsabilidad política del intelectual, aquí se resolvió con unos cuantos chistes, con las habituales excomuniones o muecas de desdén. Hasta alguien tan lúcido como Juan Benet no se resistió a hacer la broma de que el peor delito del régimen soviético era haber dejado en libertad a Solzenitsyn.

Así nos va. Da la impresión de que casi no tenemos ideas, sólo desgastadas consignas, para hacer frente a estos tiempos sombríos en los que el orden internacional está siendo mangoneado por una superpotencia arrogante, belicista e inepta, mientras Europa no parece dispuesta a ponerse a la altura de sus responsabilidades globales, y en los que un terrorismo de una escala y una crueldad que no habían existido nunca se ha convertido en la vanguardia sanguinaria de los más feroces fanatismos ideológicos, alzados en pie de guerra no contra la injusticia del mundo, sino contra las libertades y las normas en las que se basa la vida diaria de cada uno de nosotros, contra todo lo que se ha ido conquistando en estos últimos dos siglos en espacios no muy amplios de Europa, de Asia y de América: la igualdad entre hombres y mujeres, el derecho a decidir la propia vida sin mediaciones religiosas, a elegir las propias costumbres, a disfrutar las garantías de la ley. Todas las cosas que tanto benefician al intelectual del modelo europeo, y que él tan pocas veces se ha comprometido en defender, gustándole tanto la palabra compromiso.

Antonio Muñoz Molina es escritor.

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