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LA CRÓNICA | ELECCIONES 2004

Carmen Alborch está harta

Carmen Alborch está harta. Y lo dice en todos sus mítines. Harta del Gobierno del PP y de que la mayoría absoluta haya intentado humillar a la izquierda en estos cuatro años. Harta de que se pretenda ignorar a los socialistas asesinados por ETA. Harta de que se predique la indiferencia y el silencio. Harta de que se vayan deteriorando los servicios públicos, la educación y la sanidad, poco a poco. Está tan harta que se ha arremangado y se ha puesto a trabajar, a su manera, con su propia campaña y su propio equipo, para quitarle un escaño a Eduardo Zaplana. Es tarea difícil porque Zaplana sigue siendo un político muy popular en Valencia, porque aparece continuamente en dos televisiones, Canal 9 y TVE, y porque es un gran mitinero, acostumbrado a mover a su gente pueblo a pueblo, capaz de sacar hasta la última gota de beneficio al Plan Hidrológico.

Pero Alborch parece decidida: "Estas no son unas elecciones más". Valencia es un escenario político fantástico. La demostración de que la política ya no es cosa de Madrid y que ahora es en las comunidades autónomas donde se desarrollan las mejores batallas y las mejores historias. Esto es pasión y no lo de Madrid, se enorgullecen ellos mismos.

Alborch, desde luego, le pone pasión. La candidata funciona algo a su aire, tiene un grupo de amigos que trabaja con ella, al margen de su partido, y que hasta ha puesto en marcha una página web (carmenalborch.net) en la que publican crónica diaria. Se reúne con pequeños grupos de profesionales y escucha, les da ánimos y les asegura que "les va a dar la alegría de ganar". "Muchas cosas se pueden cambiar con la enorme fuerza de las palabras", promete. Alborch es "más valenciana que las Fallas", según dicen algunos de sus amigos, y, desde luego, transmite una sensación de vitalidad muy apreciable.

"Mi campaña es mixta", reconoce divertida. "Hago cosas por mi cuenta, pero también acudo a los mítines que me programa el partido". El PSPV estuvo a punto de suicidarse en batallas internas y todavía no está del todo recuperado. Alborch se había mantenido al margen, pero ahora explica: "Por mí, que no quede". Es cierto que se la nota harta del PP y de los efectos de la política popular. "Durante cuatro años les he visto en los escaños del Parlamento y me he quedado espantada", asegura.

En posible que no existan candidatos más diferentes que ella y Eduardo Zaplana. Y no porque el ministro no sea vitalista, que lo es, sino porque tienen las imágenes más distintas que se pueda imaginar. Zaplana es un político con una carrera espectacular en el PP, paso a paso, de concejal a ministro con vocación de vicepresidente, pasando por la presidencia de la Generalitat. Tiene una habilidad increíble, es imperturbable.

Ayer en una rueda de prensa le preguntaron por las últimas revelaciones de la prensa local: el caso Fabra, el caso Julio Iglesias (resulta que la Generalitat le pagó casi 1.000 millones de las antiguas pesetas al cantante, las dos terceras partes, ocultas y en paraísos fiscales) y el caso "aviones" (el ministro, dice Levante, utiliza aviones privados que no se sabe quien paga). Y Zaplana hizo una gran demostración de esa habilidad: "Algunas patologías, como los celos o el rencor, afectan más a quienes las sufren. A mí no me produce rabia. Me da tristeza". Punto.

Canal 9 no recogió la pregunta ni la respuesta. Zaplana estaba mucho más interesado en hablar de Carod-Rovira. Y dijo, casi palabra a palabra, lo mismo que su colega Ángel Acebes en Madrid, que estará contento porque ETA no iba a atentar en Cataluña sino en Madrid.

El dirigente de ERC celebró el sábado un mitin en Valencia, el mismo día que Rodríguez Zapatero dio el suyo, y Zaplana no desaprovechó la ocasión para unir los dos nombres. A nadie le llamó la atención, porque lo hace a menudo. Lo que llamó la atención fue que Carod reuniera en el palacio de Congresos a más de 2.000 personas predicando la república plurinacional y que la policía local no impidiera que a la puerta de un acto electoral hubiera un grupo de 200 personas que vociferaban insultos. Algunas eran, según la policía, miembros de España 2000, un grupo de extrema derecha que se ha hecho famoso en Valencia porque suele manifestarse en el barrio en que viven más inmigrantes. Un día habrá un problema.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de marzo de 2004