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MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN POETA

Ciudad de la memoria y del deseo

El alumbramiento de un mundo insustituible caracteriza la poesía del escritor barcelonés Manuel Vázquez Montalbán, fallecido el pasado 17 de octubre. Ofrecemos un repaso por la creación lírica de uno de los nueve novísimos, ganador de los premios Nacional de Narrativa 1991 y Nacional de las Letras 1995. Además, dos poemas poco conocidos.

Manuel Vázquez Montalbán es dueño de una obra poética extraña y poco conocida. Siete libros publicados y algunos textos inéditos configuran un mundo lírico reconocible y sólido. En su poesía hay realidad sin ser realista; hay investigación lingüística sin ser poesía experimental; hay cultura sin ser culturalista; hay experiencia sin ser poesía de lo cotidiano. Su experiencia es poliédrica: procede del sueño, de lo imaginario, de la propia experiencia estética, de los distintos estados de conciencia frente a la historia y frente a las exigencias de la intimidad, de la memoria íntima y colectiva. Tal vez no haya muestra más rigurosa de su poética que el texto de agradecimiento con que abre Memoria y deseo (Mondadori), su poesía reunida (y que en origen abrió Una educación sentimental). Un texto que es, en el fondo, un catálogo de referentes: Aleixandre y Guillén o Brecht, Eliot y Gil de Biedma o Miguel Hernández; José Agustín Goytisolo y Gabriel Ferrater o Carlos Marx, Vinyoli y Paul Anka o el Dúo Dinámico, entre otros. Él fue uno de los senior de Nueve novísimos y el poeta con menos prejuicios con respecto a la tradición inmediata. Él, crítico con la reiteración de la poesía social, asumía su fondo de insumisión. Él, que ensayaba un nuevo lenguaje al calor de las vanguardias, no desdeñaba la sencillez de la copla. Con esos mimbres, fue construyendo una obra que si bien adoptó la forma del collage, se caracterizó por la coherencia, por su unidad y por alumbrar un mundo insustituible, nacido en el barcelonés barrio del Raval pero con vocación universal.

En Una educación sentimental (1967), su primer libro, afirma una identidad hecha con la memoria de los antepasados y con la propia memoria. En el origen está abril. Un abril con una doble capacidad simbólica: el abril de la república y de la luz ("Era distinto abril, entonces / había alegría, y rastro de mejillones en la escollera"); el abril de la derrota y del silencio ("los geranios se agostaron en cenizas amarillas / luego / volvieron otras tardes de abril, no aquéllas / muertas / muertas ya para siempre"). Ese abril adquiere distintos matices a través de la sucesión de imágenes y de pequeñas historias que hacen del libro un recorrido por los escenarios y por las claves culturales de la posguerra y por las distintas fuentes de formación cultural y sentimental de la generación del poeta. El realismo más descarnado convive con el afán vanguardista, la modernidad de la cultura anglosajona con la experiencia carcelaria de un preso político, el amor platónico con el descubrimiento del sexo, Conchita Piquer con "los beatles". Y, tras el abril-símbolo de su historia personal y de nuestra historia colectiva, el abril de Eliot, "el mes más cruel". Será Eliot, precisamente, la presencia más significativa en Movimientos sin éxito (1969), su segundo libro. Vázquez Montalbán afronta en él la fragmentariedad del mundo, intenta atrapar una realidad en conflicto mostrando su dialéctica más íntima, su corazón en movimiento. Las "imágenes rotas /sobre las que da el sol" de Eliot son, en este libro, la proyección rota y dolorida de un mundo en crisis (son los años de Vietnam, de la lucha por los derechos civiles en Norteamérica, de la guerra fría) de un modo parecido a como en La tierra baldía se cuela el mundo en desorden del Occidente de entreguerras. La mirada se carga de complejidad y escepticismo, de inteligencia crítica, de desolación: "flotan sobre la grasa / verde del puerto / restos de todos los naufragios".

Memoria propia y memoria heredada son las Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973), libro-poema en el que el verso se adelgaza y agiliza y en el que los ecos de Jorge Manrique y de la poesía castellana del barroco más temprano dan forma a una acerada reflexión sobre el poder y sobre el anonimato de quienes, en verdad, hacen la historia: "ningún caminante / de regreso / hubiera visto su nombre / luminoso / en las cúspides de la ciudad". Daniela representa a los perdedores, a los que han vivido el entusiasmo de las primeras revoluciones y el silencio de la dictadura. Ese amor a las raíces se convertirá en erotismo en A la sombra de las muchachas sin flor (1973), libro en el que vuelve a los imaginarios que apuntaban en Ars amandi, uno de los capítulos más intensos de Una educación sentimental. Si allí el amor era descubrimiento, aquí es madurez, pérdida de la inocencia, dolor y conciencia de muerte, espacio sagrado y maldito a la vez: no en vano, se subtitula Poemas del amor y del terror. Muchos años después recopilaría su poesía amorosa en Ars amandi (2001).

Praga (1982) es Barcelona y, en el fondo, cualquier ciudad contemporánea amenazada por la barbarie. Praga es el símbolo de las contradicciones de la izquierda europea de finales de los años sesenta y la metáfora de la ciudad vencida de la niñez y de la adolescencia del poeta: "nací en la cola del ejército huido / me quedé a la luz del centinela / y os pedí prestados aire y agua / en barrios que os sobraban".

La huida, las huidas y los regresos, las islas, tan presentes en novelas como Los pájaros de Bangkok o Los mares del sur, paradigmas de una felicidad imposible, de la búsqueda de la utopía, serán leitmotiv de Pero el viajero que huye (1990), verso del tango Volver que da título a su sexto poemario. Esa huida acabará en Ciudad (1996) en una suerte de retorno al origen, de indagación en la tierra de la infancia ("Oh ciudad de la plenitud / que cimentabas esperanzas / en los dioses y en los signos"), de acercamiento al Rosebud de un sujeto lírico que es, más que nunca, el propio poeta: "una canción de Glenn Miller, Canta el petirrojo en diciembre... que alguna vez escuché de niño en una ciudad donde habitan muertos que sólo yo recuerdo", confiesa el propio Vázquez Montalbán en el epílogo de Ciudad.

Existe, en la poesía del barcelonés, un hilo conductor que descansa en la dualidad memoria y deseo. La memoria como territorio del origen, de las raíces de un sujeto poético que las vio crecer en la menesterosidad y en el silencio (en la Barcelona relegada de la posguerra); el deseo como pulsión utópica, como espacio de la imaginación liberadora y de la inteligencia crítica. Esa tensión, hecha con un lenguaje lleno de rupturas, iluminaciones y extrañezas, llena de puertas que conducen a sus novelas, salpicada de referencias e intertextos, se mantiene e intensifica en su obra inédita. Su poesía es una materia viva. Es una poesía que, en principio, desconcierta, pero que en la relectura cobra una densidad emotiva y una riqueza semántica poco frecuentes, se carga de sentido y de referencias. De "tiempo significante", que diría el propio Vázquez Montalbán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 2003