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A pie de obra | TEATRO

Caleidoscopio Lepage

A propósito de La trilogie des dragons, de Robert Lepage, en el Festival de Otoño de Madrid

El lugar real. Festival de Otoño. Un hangar en los estudios El Álamo, cerca de Navalcarnero. Bofetadas para conseguir una localidad: sólo cuatro noches. Vamos a ver una gran novela dramática: La Trilogie des Dragons, la deslumbrante y ambiciosísima saga que dio a conocer a Lepage (y a su grupo, el Théâtre Repère) en el mundo entero. En el Mercat, julio de 1989, se vio la primera versión, de hora y media. La actual dura seis horas. No miras el reloj ni una sola vez: no tienes tiempo, porque el tiempo ha quedado abolido.

El lugar sagrado. Un rectángulo de arena. A un lado, un vetusto poste de luz. Al otro, una cabina de madera. En ese jardín zen de senderos que se bifurcan viajaremos en el tiempo y el espacio. La historia dura 75 años, entre dos apariciones del cometa Halley.

Orígenes. Repère quiere decir señal de territorio, referencia, punto de partida. La madre de Lepage le contó a su hijo la historia de un comerciante chino que ganó en el juego a la hija embarazada de un barbero. Pero eso fue sólo el principio. Los miembros del grupo bucearon en recuerdos, asociaciones, ensueños. Así escribieron La Trilogie des Dragons.

La voz mítica. Una voz femenina en la oscuridad: "Cuando era una niña, todo esto era Chinatown. Ahora es un inmenso aparcamiento. Con el tiempo quizás se convierta en un parque, una estación de tren o un cementerio. Si rascas con las uñas encontrarás agua y aceite de motor. Si sigues cavando aparecerán restos de porcelana y jade. Y los cimientos de las casas donde vivían las familias chinas. Si sigues cavando, encontrarás la China que nunca conociste".

Dos, tres, cuatro. Dos protagonistas: Jeanne y su prima, Françoise Morin, desde los 12 años hasta el fin de sus días. Tres dragones del Mahjong, tres guardianes, tres demonios interiores que hay que vencer. Tres ciudades, tres partes. El dragón verde: Quebec, años treinta. El dragón rojo: Toronto, 1940. El dragón blanco: Vancouver, 1980. Cuatro lenguajes: francés, inglés, chino y japonés. Con sobretítulos, por supuesto.

Los objetos. El guardián del aparcamiento rastrea la explanada con una linterna y descubre una esfera de vidrio con una pequeña rosa iluminada en su interior: el exvoto central del relato. Y también: las cajas de zapatos con las que Jeanne y Françoise juegan a reconstruir las tiendas de su calle arrasada, la Rue St. Joseph. La cabina de madera: la antesala de la lavandería china del señor Wong, y un aparato de rayos X, y una tienda de souvenirs de aeropuerto, y mil cosas más. La guerra: un puñado de zapatos desparejados por el avance de las tropas; zapatos que el hijo de Wong intenta volver a juntar, inútil, desesperadamente.

El sonido. El padre de Françoise es barbero, y se gana un sobresueldo afeitando cadáveres. Le llaman a medianoche, para que corte los cabellos enlazados de dos hermanas que acaban de sacar del río. El chasquido de sus tijeras, nítido, implacable, mientras la tiniebla vuelve a adueñarse de todo.

La luz. Al principio flota una luz mítica: la luz que envolvió a los pioneros, a los fundadores. Luz de quinqué y barro, precaria, trémula; en la morgue, en la Rue St. Joseph bajo la lluvia de invierno; en el laberinto subterráneo de la lavandería. Luz de western crepuscular, la luz de Monty Walsh o McCabe & Mrs. Miller. Luz ocre, de oro sucio, de daguerrotipo perdido.

Estrategias narrativas. Jeanne aprende a escribir a máquina al dictado, con una voz grabada. Los textos, aparentemente inocuos, que teclea en Quebec, viajan hasta Toronto y se convierten en la pauta paranoica de los peores temores de Lee Wong, obsesionado por el primer amor de Françoise, su esposa comprada. Historias paralelas, vínculos oníricos. Ecos posibles: El asesino ciego, de Margaret Atwood, otra canadiense visionaria. Ragtime, de Doctorow. Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Murakami.

Un secundario. Crawford, el inglés que llega a Canadá con una maleta llena de zapatos para descubrir el opio en el centro del laberinto. Su muerte, cuarenta años después, autoinmolado con gasolina y una cerilla en su silla de ruedas. Cruza la escena un rickshaw vacío, envuelto en llamas. Un niño alza un globo rojo: el inglés ha vuelto a su Hong Kong natal.

Un lirio roto. Otra muerte imborrable: Stella, la hija subnormal de Françoise y Lee Wong. Asesinada a golpes por el enfermero del manicomio porque se resistía a separarse de su juguete, la esfera de cristal con una rosa iluminada. El silencio oceánico de su padre, al depositar en la tumba un barquito incendiado, para su último viaje.

Una canción. Youkali Tango, de Kurt Weill y Roger Fernay. Himno recurrente, emblema de la China perdida, inalcanzable. "C'est le pays de nos désirs / c'est le bonheur, c'est le plaisir / mais c'est un rêve, une folie / il n'y a pas de Youkali". Al acabar la Trilogie, Lepage marchó a Oriente, como Pierre, el hijo de Jeanne. En 1996 volvió con una nueva saga, una nueva visión: Les sept rivages de la rivière Ota.

El regalo del mago. La maravillosa sensación de que en el teatro de Lepage todo es posible y todo es narrable. Juguemos a los vínculos imposibles: Rambal + Brook = Lepage. El gran mago que ha integrado todos los lenguajes: la literatura, la danza, el cine, el drama. De la máxima pureza a la más alta tecnología.

Actores. El definitivo juego de magia. Al acabar, salen a saludar ocho actores. Sylvie Cantin. Jean Antoine Charest. Simone Chartrand. Hugues Frenette. Tony Guilfoyle. Véronika Makdisi-Warren. Emily Shelton. Nos preguntamos: "¿Y dónde están los otros cien?".

Una frase (después de la lluvia). Rosana Torres, en el contestador: "Nunca había visto a tanta gente llorando junta en un teatro".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 2003