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Crítica:CANCIÓN / D. Kurtz

Silencio, canta Dayna

Esta impetuosa vecina de Nueva Jersey que responde al nombre de Dayna B. Kurtz constituye un asombroso ejemplo de minuciosidad. Su voz embelesa en el circuito independiente norteamericano desde los primeros años noventa, pero no ha sido hasta la presente temporada cuando ha tenido a bien entregar a la imprenta su álbum de debú. El resultado, Postcards from downtown, es uno de esos rarísimos ejemplos de disco en el que nada sobra, porque no hay en él un solo miligramo de relleno fácil, de retahíla convencional. Y cuando ese extraño fenómeno acontece, el termómetro de la emoción se pone por las nubes.

Desplegaba Kurtz este puñado de crónicas desgarradoras a pecho descubierto, en la más estricta soledad. Así, en esa desnudez minimal que los mediocres convierten en tedio, pudo corroborarse toda la hermosura que alienta composiciones como Miss Liberty, Last good taste o Paterson, esa ciudad "triste y bella" que tan bien encaja, en su propia definición, con la música de esta mujer.

Dayna Kurtz

Dayna Kurtz (voz y guitarras). Sala Clamores. Madrid, 12 de octubre.

La voz de Dayna se contonea por recovecos infinitos, pero su pasión siempre acaba sobrecogiendo. Su canto puede ser negro y elegante como el de Nina Simone, tan embaucador como el de Norah Jones (pero más encorajinado) y con ese fraseo que encandila en Annie Lennox cuando se la despoja de sus atildados productores. Pero cuando hurga en su tesitura más profunda y arrastrada, sólo Marianne Faithfull o Tom Waits se antojan tan emocionantes.

Un silencio expectante y reverencial, como no se escuchaba en mucho tiempo, presidió una velada en la que Kurtz aprovechó para regalar versiones de una rareza de Sam Cooke o del clásico francés de los años treinta Parlez-moi d'amour. Mantuvo viva la incandescencia de su garganta con sorbitos de whisky irlandés ("a Joplin también le funcionaba") y dejó para el final el manjar más suculento: Love gets in the way, una de esas canciones tan redondas que parece escrita tres décadas atrás y no debería marchitarse de aquí a que el nuevo siglo nos haya devorado a todos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de octubre de 2003