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Crónica:FÚTBOL | Primera jornada de Liga

Mucho premio, mucho castigo

Un Barça humilde y afortunado gana con una sola ocasión a un Athletic pletórico pero sin gol

Athletic y Barcelona buscan sus raíces. Uno en los campos de Lezama; el otro, en la tranquilidad, el trabajo y el raciocinio que concluyó en el dream team de Cruyff, su última referencia. A ambos les queda mucho trecho por recorrer, pero van por el camino adecuado. El Athletic ha encontrado sus raíces en la velocidad, la presión, la ambición, la mirada fija y franca; el Barça, en el valor del trabajo, de la humildad, el aprendizaje del sufrimiento.

ATHLETIC 0 - BARCELONA 1

Athletic: Aranzubia; Javi González, Lacruz. Karanka, Larrazabal; Iraola (Urzaiz, m. 61), Gurpegi, Tiko, Yeste (Jonan García, m. 76); Etxeberria y Ezquerro (Guerrero, m. 83).

Barcelona: Valdés; Puyol, Reiziger, Cocu, Van Bronckhorst; Quaresma, Xavi, Gerard, Luis Enrique; Ronaldinho y Saviola (Overmars, m. 45).

Goles: 0-1. Falta desde la derecha que saca Van Bronkhorst y Cocu cabecea a placer.

Árbitro: Undiano Mallenco. Amonestó a Puyol, Karanka, Gerard.

Unos 38.000 espectadores en San Mamés. Se guardó un minuto de silencio en memoria del presidente del Athletic, Javier Uría, recientemente fallecido.

Ronaldinho pasó desapercibido, muy lento, muy descosido del centro del campo

Porque el Barça sufrió en San Mamés más de lo que seguramente preveía. Tanto sufrió que sus dos estrellas, dos de sus referencias, Ronaldinho y Saviola, se hundieron en el anonimato. El argentino desapareció en la zona noble, allí, en el área, porque probablemente no es un jugador de área, necesita metros, necesita inventar, razonar antes de resolver y en el área no hay tiempo para disquisiciones. Tanto redujo el campo el Athletic por su presión, que Saviola se quedó descosido del equipo y Ronaldinho asfixiado por aquella lluvia de sudor que oxidaba su fútbol pausado.

Pronto explicó el Athletic que volvía a sus raíces, es decir a la salida en tromba, al fútbol sin desmayo, sin tiempo para distinguir un aliento del siguiente. Tanto que en tres minutos de encuentro tuvo dos oportunidades de gol. Le bastó apretar las clavijas a los centrales del Barça para ver el color de los ojos de Víctor Valdés a las primeras de cambio. Pero en su virtud -las madrugadoras ocasiones- anunció sus carencias: ni Ezquerro, ni Etxeberria, los dos delanteros móviles que habían dejado en el banquillo a Urzaiz, tenían el punto de mira ajustado.

Mientras el Barça se lo pensaba, aguantando al Athletic por la brega de Xavi y Gerard -más obreros que nunca- llegó Cocu e hizo lo que mejor sabe, cabecear. Como central estaba dejando que desear, pero su remate a una falta impecablemente sacada por el holandés Van Bronkhorst fue de libro. De libro por su parte y de manual por la del Athletic. Muchas cosas han cambiado en el equipo de Ernesto Valverde (el dibujo, algunos futbolistas, la velocidad) pero, para su desgracia, otras permanecen inalterables: su indolencia para defender los balones aéreos cruzados. Cuando Karanka llegó al marcaje de Cocu, el holandés ya celebraba el gol de espaldas a la portería. Cabe pensar que es un problema sin solución. Más que de trabajo, es un asunto de aptitud, y el Athletic no la tiene.

El Barça, con un juego sin estrellas (Ronaldinho y Saviola eran elementos decorativos) se encontraba con un gol que apenas buscó en toda la primera mitad. La facilidad con que el Barça encontró el gol se convirtió en un asunto insalvable para el Athletic. Etxeberria y Ezquerro reincidieron en el error. Tanto que fueron capaces de malgastar dos ocasiones imperdonables en un minuto.

El Athletic vulgarizó al Barça, que estuvo más tiempo sin el balón que con él en los pies. Es decir, que tuvo que sufrir como gato panza arriba sin dar en ningún momento sensación de imponer su presunta calidad. Antes y después del gol de Cocu, el Athletic le arrolló, le borró del campo, le obligó a refugiarse como a los equipos humildes, a defender un gol que nunca buscó y jamás mereció.

Demasiado premio para un apunte de equipo, demasiado castigo para un proyecto ilusionante. Rijkaard quiso alterar el equipo sustituyendo a Saviola por Overmars, tras el descanso; Valverde buscó cambiar el resultado dando entrada a Urzaiz en la segunda mitad. Todo tan razonable como inútil. Si acaso, acertó el técnico holandés al retirar a un apagado Saviola como se equivocó el vasco al retirar a Iraola, muy activo, y dejar en el césped a un desacertadísimo Yeste, que siempre comprometió a su equipo con el error en los pases.

Todo era razonable en el Athletic menos la falta de gol. Con los efectivos que tiene, cabe pensar en que será un tema accidental, circunstancial. Más dudoso resulta el papel de Ronaldinho en el Barça, ayer un futbolista vulgar que apenas dejó una internada como recuerdo en San Mamés, demasiado alejado de los pivotes, demasiado lento para cómo se las gastan los equipos medianos en España. Le tocará sufrir en muchos campos como gozar en otros. Todo dependerá del espíritu aguerrido del rival y de la producción de faltas de que disponga.

Toda la mala suerte del mundo persiguió al Athletic. Hasta media docena de ocasiones se perdieron ante la cara de susto de Valdés. Por eso perdió. Sólo por eso. Por mala suerte. Porque hay días que no merece la pena levantarse de la cama. Bueno, para el Barça, sí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de agosto de 2003