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Reportaje:

Vida entre la muerte

El creador de 'A dos metros bajo tierra' (La 2) se refugia en la televisión, donde puede prescindir de superhéroes y efectos especiales

Con una trama retorcida y a la vez cómica, familiar pero llena de cadáveres, A dos metros bajo tierra (23.30, La 2) se ha convertido, en su tercera temporada en antena, en serie de obligado seguimiento para más de seis millones de estadounidenses, reeditando fenómenos como Los Soprano o Sexo en Nueva York. "Hablamos de gente que tiene que seguir adelante con su vida cuando cada día se ve rodeada de muertos", intenta resumir uno de sus protagonistas, el actor Peter Krause, que interpreta a Nate Fisher, el hijo mayor de la disfuncional familia propietaria de una funeraria de Los Ángeles. Acompañan a Nate su hermano David (Michael C. Hall), en conflicto con su homosexualidad; su hermana Claire (Lauren Ambrose), el accidente de sus padres, la más pequeña con diferencia, que quiere ser artista; la madre, Ruth (Frances Conroy), viuda que no piensa renunciar a la vida ahora que su marido ha muerto, y el embalsamador Federico Díaz (Freddy Rodríguez), que está cansado de llevar el peso de la funeraria mientras se siente considerado como el hijo bastardo.

Conocido en Hollywood por su trabajo como guionista de American beauty, por la que recibió un Oscar, Alan Ball admite que la idea original de A dos metros... no fue suya, sino que le fue sugerida por la cadena de pago HBO, que se planteaba un producto con un cierto tono de humor negro. "Siempre he pensado que es una serie sobre la vida con la muerte bien presente", afirma el responsable de esta propuesta televisiva, que, pese a su frustrada experiencia con la comedia de situación Oh Grow

Up, no dudó en aceptar el reto y en mejorarlo, a juzgar por los resultados.

"Siempre hay quien me pregunta después de tres años al frente de la serie si no echo de menos el cine, y mi respuesta es que no. Porque, si lo piensas, ¿de qué otra forma podría explorar tantas áreas de la experiencia humana? Mis guiones no son historias de superhéroes o de efectos especiales, así que no me quedaría mucho sitio en Hollywood", detalla sobre un proceso de trabajo que por cada episodio -13 capítulos por temporada- le suele llevar nueve días, incluido ensayo y rodaje, y siempre con los guiones ya escritos -a ellos dan vueltas siete personas- antes de comenzar a filmar. "Es algo extraño en televisión, donde en ocasiones te presentas a trabajar sin saber qué es lo que va a pasar con tu personaje", reconoce Conroy, más acostumbrada al mundo del teatro. Como simplifica Rodríguez, "se trata de hacer sopa, y siempre que tengas unos buenos ingredientes te saldrá un buen caldo".

Un guiso en el que Ball no es el único con antecedentes cinematográficos, ya que tanto Rachel Griffiths (que interpreta a la amante de Nate) como Lili Taylor (su esposa, que aún no ha debutado en La 2) son conocidas en la gran pantalla, la primera con una candidatura al Oscar por Hilary y Jackie y la segunda como la reina del cine independiente con películas como Yo disparé a Andy Warhol. "Para mí, trabajar en A dos metros... es como hacer una película independiente cada semana", confiesa Taylor, cuyo personaje y el de Rodríguez fueron los únicos creados específicamente para ellos. Por eso llevan sus nombres, Lisa y Federico.

La serie está pensada "para una nueva generación, a la que le gusta hacer yoga", asegura el crítico de Los Angeles Times Paul Brownfield. Aunque la primera temporada arranca centrándose en la conflictiva vida sexual de David, las tramas evolucionan acercándose a Nate, que guarda un secreto con el que tiene que reconciliarse. Entremedias, cada capítulo ofrece una de las mil maneras de morir. "La madurez de los personajes es la que va cambiando el tono de la serie", añade Michael C. Hall. Una madurez que en la última entrega de los Premios Emmy de televisión se convirtió en 23 candidaturas, incluidas seis para sus personajes principales, una alegría entre tanto duelo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de junio de 2003