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REPORTAJE

¿Quién mató a Daniel Pearl?

El filósofo y escritor francés tuvo una actuación destacada en los acontecimientos de Mayo del 68. Fue asesor del presidente francés François Mitterrand. Es autor de obras como 'La barbarie con rostro humano'. Su último libro 'Quién mató a Daniel Pearl', del que se recoge un capítulo, reconstruye el secuestro y posterior asesinato del periodista estadounidense Daniel Pearl en Pakistán.

Qué hora es?

¿De noche?

¿De día?

El vídeo no lo dice.

El atestado de la policía paquistaní no lo dice.

Digamos, pues, que es última hora de la noche.

O, para ser más exactos, la madrugada, las cinco de la mañana, antes de que cante el primer gallo.

Es Karim, el guardián de la granja, encargado de su vigilancia personal desde hace una semana, el que viene a despertarle.

Él se entiende bien con Karim, en principio. Por la noche, después de que apaguen las lámparas y los demás se hayan acostado, han adquirido la costumbre de tener largas conversaciones en las que el paquistaní, en un mal inglés, le habla de sus cinco hijos, su casita de Rahim Yar Jan, sus dificultades, y en las que él, infatigable, hace una y otra vez la misma pregunta: ¿Qué nos reprocháis? ¿Por qué nos odiáis? ¿Qué crimen ha cometido Estados Unidos para recibir una reprobación tan terrible? ¿Qué tendríamos que ser o hacer para recuperar la confianza de vuestro pueblo y los pueblos pobres en general?

Quién mató a Daniel Pearl

Bernard-Henri Lévy

"En la habitación están Karim, el cámara y dos yemeníes, que sacan el puñal de la vaina y se levantan. Uno se sitúa a su espalda y el otro a su izquierda"

"Si hay alguien dispuesto a rechazar el tema de la guerra de las civilizaciones y conservar la fe en la paz con el islam, es él, judío de izquierdas, progresista..."

Pero esta vez hay algo que no está bien.

Entre sueños, se da cuenta de que ya no es el mismo Karim. Se muestra cerril, obstinado. Tiene una forma de quitarle la colcha y ordenarle que se vista que no recuerda en nada al compañero agradable que, la víspera, le daba su lección diaria de urdu. En un momento dado, como tiene los dedos hinchados, un poco incoherentes, con dificultades para atarse los cordones, el paquistaní hace una cosa que le deja helado y que no había hecho nunca antes: con los labios apretados, sin mirarle, le dice: "Olvídate de los cordones, en el sitio al que vas no necesitas cordones". Al oír eso, esas palabras y, sobre todo, esa forma de pronunciarlas, comprende que ha pasado algo durante la noche, que han tomado una decisión y que esa decisión no es la de ponerle en libertad.

De pronto tiene miedo.

Siente un frío terrible que le invade y, por primera vez desde que está allí, tiene miedo.

A pesar de todo, al mismo tiempo, no se lo cree.

No, repite, no se lo cree; no consigue creer que las cosas, en una noche, hayan podido deteriorarse hasta ese punto.

En primer lugar, es su aliado. Su a-li-a-do. Cien veces les ha dicho en los últimos ocho días que, si hay un estadounidense, y un judío, dispuesto a tender la mano a los musulmanes, en general, y a los de Pakistán, en particular; si hay una persona dispuesta a rechazar el tema absurdo de la guerra de las civilizaciones y conservar la fe en la paz con el islam, es él, Daniel Pearl, judío de izquierdas, progresista, estadounidense hostil -como demuestra toda su carrera- a lo que pueda tener Estados Unidos de estúpido y arrogante, amigo de los olvidados, del huérfano universal, de los desheredados.

Además, tiene suerte. Siempre ha sido uno de esos tipos a los que protege una suerte insolente. Es lo que su padre repite a la prensa en ese mismo momento y lo que él mismo no ha dejado de decir durante los 15 años que lleva en el oficio. Danny tiene una buena estrella. Danny tiene un ángel de la guarda. ¡Sería curioso que la suerte haya cambiado aquí, en Pakistán, la víspera del día en el que debía regresar a Estados Unidos! ¡Qué extraordinaria ironía sería que su buena fortuna le abandonase en el mismo momento en el que Mariane y él se han enterado de que esperan un varón!

Racionalista inveterado

Haber podido encontrar en Karachi un ginecólogo musulmán que aceptara hacer una ecografía y revelar el sexo de un ángel aún por nacer, y no conseguir convencer a unos islamistas de que se han equivocado de persona, que no es ese espía judío y sionista que, por lo visto, le acusan de ser ciertos artículos de prensa: ni hablar, sería absurdo, y, dado que todo lo que es absurdo, para este racionalista inveterado, es idiota, imposible e irreal, decide que no va a ocurrir y acabará obligatoriamente por hacer entrar en razón a sus carceleros.

La puerta hacia el exterior, hacia la segunda habitación, en la que están los demás, está abierta. Karim, que sigue cerrado y huidizo, le indica que avance. Lástima de zapatos. Le sigue sin demasiada aprensión y, al pasar, aspira el perfume de las buganvillas y los mangos.

Al entrar en la habitación lo comprende.

Todavía no se lo cree, pero lo comprende.

Para empezar, su aspecto.

El aire atento que tienen esta mañana.

Esa comunidad de terror que adivina en su postura y su forma de verle caminar.

Ya sabía, por las conversaciones, que Bujari, el jefe del comando, tiene la sangre de una docena de chiíes en sus manos. Sabía que Amjad Hussain Farooqi, o Lhori, el jefe del Lashkar i-Janghvi, estaban vinculados a Al Qaeda. Pero lo sabía sin saberlo. Por más que se lo habían dicho, que, la otra noche, Bujari le había soltado con una risa infantil: "puede que tú tengas un ángel, pero yo tengo un demonio", tenían un aspecto demasiado bueno para poder verles como asesinos.

Ahora, de repente, los ve.

Mudos, con las manos cruzadas a la espalda, el rostro siniestro bajo la débil luz de las lámparas de petróleo colocadas en el centro de la habitación, que dan una claridad vacilante, ahora tienen otra cara, la que debían de tener cuando sumergían en cal viva a los hijos chiíes de las familias vecinas de la mezquita de Binori Town, en Karachi; una vez leyó un artículo sobre el tema, y ahora, bruscamente, lo entiende.

Además, hay esos tres individuos en el rincón, cerca de la puerta, que no estaban ayer y que, sentados sobre los talones y con latas de bebida vacías en el suelo, parecen tener el espíritu en otra parte, o estar rezando: tienen el pañuelo con cuadros blancos y rojos de los combatientes palestinos, pero su larga túnica blanca levantada sobre las pantorrillas, sus pies descalzos y el puñal con mango de cuerno de vaca curvado que los tres llevan en el cinturón, y que en Sanaa llaman jambiya, hace que los reconozca como yemeníes.

"¡Túmbate!", ordena Bujari con la voz sorda, cavernosa, como si hablara consigo mismo.

El suelo está desnudo. Hace frío. No ve dónde tiene que tumbarse.

"¡Túmbate!", se impacienta Bujari, en un tono más alto.

Y, para su gran sorpresa, se aproxima a él y le da una patada en las tibias que le hace caer de rodillas, mientras que los demás se abalanzan sobre él: dos le atan las manos con un trozo de cuerda verde, y el otro, que saca de los pliegues de su túnica una jeringuilla enorme, le levanta la camisa y le pincha en el vientre. (...)

"Vas a repetir después de mí", le dice Bujari, mientras saca un papel del bolsillo y ordena levantarse a uno de los yemeníes, que tiene una videocámara con monitor integrado en un costado; Daniel, con el sudor que le cae entre las pestañas, se le mezcla con las lágrimas y le ciega, la toma al principio por un arma que va a matarle a quemarropa. "Mi nombre es Daniel Pearl, soy judío norteamericano, vivo en Encino, en California".

Daniel repite. Le cuesta un poco. Está sin aliento. Pero repite.

"Yo soy judío..."

"Vas a decir: 'por el lado de mi padre vengo de una familia de sionistas; mi padre es judío; mi madre es judía; yo soy judío". (...)

"Articula", dice Bujari, "habla más despacio, más claro: 'mi familia sigue los preceptos del judaísmo; hemos hecho numerosas visitas familiares a Israel; en la ciudad de Bnei Brak, en Israel, hay una calle que se llama Haim Pearl Street, el nombre de mi bisabuelo".

¿Cómo lo saben?, piensa Danny. ¿De dónde han sacado la información? Bnei Brak no es una ciudad, es un pueblo. Y la fama del pobre Haim Pearl, su antepasado, no ha salido jamás del estrecho círculo que constituyen su padre, su madre, sus hermanas y él. No va a repetir eso, se dice. No puede dejar a estos bárbaros que pongan sus sucias garras en el hermoso secreto familiar... Pero Farooqi se le acerca. Ve su enorme zapato, que le ha hecho tanto daño antes. De forma que, con docilidad, sin permitirse más que una media sonrisa que espera que se vea en la imagen, cambia de opinión y repite: "Mi familia sigue los preceptos del judaísmo; hemos hecho numerosas visitas familiares a Israel...".

Bujari parece contento. Se aclara la garganta. Escupe al suelo. Felicita al yemení, sin que parezca comprender que ese incapaz se ha aproximado demasiado; peor para él. Y a él, a Danny, le hace una señal de ánimo que parece querer decir: "¡Lo ves! ¡Puedes conseguirlo!" y que, por un instante, le da nuevas esperanzas.

"Repite otra cosa más", dice después de sumergirse un largo instante en la lectura de su papel, "repite esto: 'aquí, sin saber nada de la situación en la que me encuentro ni poder comunicarme con nadie, me acuerdo de los prisioneros de Guantánamo, que están en la misma condición que yo'".

Esta frase vale. Es lo que piensa. Está de acuerdo en condenar las condiciones de encierro de los presos de Guantánamo. El único problema es que está sin aliento y habla de forma demasiado entrecortada. El yemení hace un gesto. Hay que repetir la toma.

"Otra vez", dice Bujari: "Me doy cuenta de que es el tipo de problemas que van a tener en todo el mundo, cada vez más, los americanos; no habrá un lugar en el que estén seguros; no habrá un lugar al que puedan ir con libertad; y así será mientras permitan a su Gobierno que siga con la misma política".

La droga surte efecto

No es mala voluntad. No, en realidad, eso también puede decirlo. Es la droga la que debe de estar surtiendo efecto. Le duele la cabeza. Tiene las piernas como un trapo y cada vez le resulta más difícil concentrarse. ¿No puede entenderlo Bujari? ¿No puede dictarle ahora frases más cortas?

Una nueva frase, pues, dictada por un Bujari que, de pronto, se muestra comprensivo, casi humano, con la barbilla en la mano, como si la escena le hiciera reflexionar.

"Nosotros, los americanos, no podemos seguir pagando por la política de nuestro Gobierno...".

Luego otras frases, una a una, con paciencia, como un niño:

"El apoyo incondicional a Israel... Veinticuatro vetos para justificar las matanzas de bebés inocentes... El apoyo a los regímenes dictatoriales del mundo árabe y musulmán... La presencia americana en Afganistán...".

Ya está. Se acabó. El yemení detiene su cámara. ¿Le van a dejar sentarse? ¿Le van a dar un poco de agua? Se siente mal.

Entonces se produce un suceso extraordinario.

Bujari regula la llama de las lámparas de petróleo, que proyectan una luz, de pronto, mucho más viva.

Da una orden seca a Fazal, que, desde que entraron en la habitación, se había instalado en el rincón de los yemeníes, acurrucado como si tuviera frío, y que, de pronto, se levanta y se acerca, con los ojos abiertos y fijos, para colocarse justo detrás de él.

A una señal suya, sin una sola palabra, los demás paquistaníes se levantan también y salen. (...)

En la habitación, aparte de Fazal Karim, no quedan más que el cámara yemení, sofocado, que se afana con su aparato, y los otros dos yemeníes, que sacan el puñal de la vaina y se levantan. Uno se sitúa a su espalda, al lado de Fazal Karim, y el otro a su izquierda, muy cerca, casi pegado a él, con el arma en la mano derecha.

De repente se da cuenta.

Hasta ahora no había podido verle porque estaba en la sombra, y de todas formas, sin gafas, nunca ha visto más allá de dos metros.

Ve sus ojos brillantes, febriles, demasiado hundidos en las órbitas, extrañamente suplicantes; por un momento se pregunta si a él no le han drogado también.

Ve su mentón flácido, sus labios agitados por un ligero temblor, sus orejas demasiado grandes, su nariz huesuda, sus cabellos lisos y negros, de color alquitrán.

Ve su mano grande y velluda, de nudillos prominentes, uñas negras y una larga cicatriz granulosa que va del pulgar a la muñeca y parece cortarla en dos.

Y ve el cuchillo. (...)

La señal verde de la cámara se enciende.

Fazal se coloca delante de él, le ata las muñecas y vuelve a colocarse detrás para agarrarle con fuerza de los cabellos.

La nuca, piensa, mientras sacude la cabeza para intentar soltarse; el centro de la voluptuosidad; el peso del mundo; el ojo oculto del Talmud; el hacha del verdugo.

La mirada de ese hombre, sigue pensando mientras observa al yemení del cuchillo. Sus miradas se cruzan durante una fracción de segundo y comprende, en ese instante, que ese hombre va a degollarle.

Querría decir alguna cosa.

Tiene la sensación de que tendría que decir por última vez que es periodista, de verdad, no un espía; tendría que poder gritar: "¿Acaso un espía habría confiado en OImar Sheij? ¿Habría ido a la cita así como así, sin cobertura, con confianza?".

Pero debe de ser la droga, que está ejerciendo todo su efecto.

O la cuerda que le muerde las muñecas y le hace daño.

Las palabras no salen.

Se le hace difícil hablar, como si intentara respirar bajo el agua. (...)

Le sobrevienen ideas parásitas, que parecen salir de zonas muy oscuras y adormecidas de su memoria: su bar mitzvah en Jerusalén; su primer helado en un café de Dizengoff, en Tel Aviv, con su padre; George, el zapatero búlgaro al que conoció en el metro de Londres; su amigo, el bajista belga; el violinista irlandés con el que tocó, el año pasado, en un bar del Soho; el ruido sordo y sibilante de los obuses del ejército de liberación del Tigris, la última noche, en Asmara; la boda con Mariane, en aquel castillo cercano a París; el torero de Hemingway, con el hombro izquierdo hacia adelante, la espada que golpea hueso y se niega a entrar, aunque basta un tercio de la hoja para alcanzar la aorta de un toro, si no está muy gordo; otra vez su padre, que le lleva sobre los hombros a la vuelta de un paseo; la risa de su madre; una hogaza de pan francés con sus hendiduras sabrosas y profundas.

El matarife yemení

Cuando el matarife yemení le agarra el cuello de la camisa y lo desgarra, piensa por un instante en otras manos. Caricias. Juegos de su infancia. Nadour, el amigo egipcio de Stanford, con quien se peleaba, por jugar, entre clase y clase. ¿Qué habrá sido de él? Piensa en Mariane, la última noche, tan deseable y tan bella; ¿qué buscan las mujeres, en el fondo?; ¿la pasión?; ¿la eternidad? ¡Qué orgullosa estaba Mariane de que él hubiera logrado la exclusiva de Gilani! ¡Cuánto la echa de menos! ¿Ha sido imprudente? ¿Habría tenido que desconfiar más de ese Omar? ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo iba a sospechar? Piensa en la mano cerrada de un refugiado kosovar en plena agonía; piensa en el cordero que vio asfixiar, el año pasado, en Teherán; piensa en que prefiere Bombay a Karachi, y el Libro secreto de los brahmanes al Corán; sus recuerdos son como caballos de tiovivo que le dan vueltas en la cabeza.

Siente el aliento cálido, jadeante y un poco fétido del yemení. (...)

¡Levantadle!, grita el verdugo yemení. El otro yemení, detrás de él, le agarra por las axilas, como un paquete, y le endereza.

¡Más!, insiste, mientras se aleja un poco, como un artista que retrocede para ver mejor su cuadro. Ahora es Karim quien le levanta la cabeza, el rostro hacia el cielo, el cuello despejado, hinchado por el grito que se aproxima, aunque un poco inclinado hacia un lado.

¡Sepárate!, le dice al tercero, el yemení de la cámara, que está demasiado cerca y le va a molestar. El cámara se aparta, en efecto, muy despacio, como con un temor sagrado ante lo que va a ocurrir.

El cuchillo en la garganta

Pearl, con los ojos cerrados, siente el movimiento de la hoja hacia su garganta. Oye una especie de ruido de aire hendido junto a la cara y comprende que el yemení está ensayando. Todavía no acaba de creérselo. Pero tiene frío. Tirita. Todo su cuerpo se retrae. Querría dejar de respirar, empequeñecer-se, desaparecer. Querría, por lo menos, poder bajar la cabeza y llorar. ¿Lo ha hecho ya?, se pregunta. ¿Es un profesional? ¿Y si no tiene costumbre? ¿Y si se equivoca y debe repetirlo? La vista se le empieza a nublar. La última imagen del mundo, se dice. Suda y tiene escalofríos, al mismo tiempo. Oye el ladrido de un perro en la lejanía. El zumbido de una mosca, muy cerca. Y el grito de una gallina que se confunde con el suyo propio, con una mezcla de estupor y dolor, inhumano.

Ya está. El cuchillo ha entrado en la carne. Despacio, muy despacio, ha empezado bajo la oreja, en la parte posterior del cuello. Algunos me han dicho que era una especie de ritual. Otros, que es el método clásico para cortar en seguida las cuerdas vocales e impedir que la víctima grite. Pero Pearl se ha encabritado. Busca con furia el aire en su laringe despedazada. Y el movimiento ha sido tan violento, tan fuerte, que se suelta de las manos de Karim, grita como un animal y se derrumba, entre estertores, sobre los charcos que forma su sangre. El yemení de la cámara también grita. A medio camino, con las manos y los brazos llenos de sangre, el verdugo yemení le mira y se para. La cámara no ha funcionado. Hay que interrumpirlo todo y volver a empezar.

Pasan 20 segundos, tal vez 30; lo que tarda el yemení en volver a encender y encuadrar. Pearl está tendido sobre el vientre. La cabeza, medio cortada, se ha separado del busto y cae hacia atrás. Los dedos de las manos se agarran al suelo como garfios. Ya no se mueve. Gime. Hipa. Todavía respira, pero a trompicones, con estertores, entrecortado por gorgoteos y gemidos de cachorro. Karim mete los dedos en la herida, separa los bordes y despeja el camino para que vuelva el cuchillo. El segundo yemení inclina una de las lámparas para ver mejor, saca su propio cuchillo y, enfebrecido, como si estuviera embriagado por la vista, el olor y el sabor de la sangre caliente que mana de la carótida como de una tubería perforada y le salpica el rostro, corta y arranca la camisa. Entonces, el matarife remata su tarea: el cuchillo al lado del primer corte; las cervicales que se quiebran; un nuevo chorro de sangre que le salta a los ojos y le deja ciego; la cabeza que rueda hacia adelante, como si todavía tuviera vida propia, y acaba por separarse del todo; y Karim que la ondea, como un trofeo, ante la cámara.

El rostro de Danny, arrugado como un trapo. Los labios que, en el momento de separarse la cabeza, parecen moverse por última vez. Y el líquido negro que sale de la boca, como es normal. He visto a muchos asesinados. Ninguno eclipsará jamás, para mí, este rostro que no vi y que estoy imaginando.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de mayo de 2003

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