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A PIE DE PÁGINA

En la selva oscura de la existencia

John Banville ha recibido este año en Italia el Premio Nonino a toda su obra. En su literatura, el escritor y crítico irlandés (1945) desciende a las tinieblas de la existencia para mostrar cómo algunos seres sucumben al mal, pero sin olvidarse de contar el significado extremo e irreductible de la vida. De contar, como pocos, qué es eso del amor, la amistad y la ternura. Realidad, fuerza y fantasía de las que surgen títulos como El libro de las pruebas, Mefisto o Eclipse.

Con toda probabilidad", dice, en la espléndida novela El libro de las pruebas (Anagrama) de John Banville, el asesino narrador, "ella será la última mujer con la que he hecho el amor. ¿Amor? ¿Puedo llamarlo así? Cómo iba a llamarlo de otra forma. Tuvo fe en mí. Olió la sangre y el horror pero no retrocedió, sino que se abrió como una flor y dejó que descansara en ella durante un instante, con el corazón que me temblaba, mientras intercambiábamos, sin palabras, nuestros secretos. Sí, la recuerdo. Me caía, y ella me agarró".

Para muchos personajes de John Banville -considerado por el gran e intransigente George Steiner el mayor novelista vivo en lengua inglesa-, vivir quiere decir caer, esconderse, huir, perderse. Así les ocurre, de diversas formas, al protagonista de El libro de las pruebas (1989), su obra maestra, al ambiguo y siniestro crítico de arte de Athena (1995), absorbido por los remolinos de un amor insostenible y abusivo como la vida misma, o al espía desenmascarado de El intocable (1997, Anagrama), que reelabora y reinventa la historia de los famosos "espías de Cambridge" y Anthony Blunt; así les ocurre a los misteriosos fugitivos en su incierta isla de Ghosts (1993) y al actor que, en Eclipse (2000, Anagrama), se retira y desaparece inútilmente en una casa tan espectral como los fantasmas que le acosan y como la pena que le atormenta por la locura de la muerte de su hija.

Banville captura con intensidad devastadora los mecanismos fundamentales del hombre y el mundo

Banville es grande porque desciende a los confines más oscuros de la existencia, se enfrenta con la Medusa sin nombre de la abyección y la tragedia, pero conserva un sentido profundo e indestructible de lo humano, sus afectos y sus valores, la fraternidad existencial. A menudo, sus personajes sucumben al mal y a sí mismos, pero en su caída reluce, como un relámpago gris y abrasador, un significado extremo e irreductible de la vida. En este escritor irlandés, que dirige desde hace muchos años las páginas literarias de The Irish Times y se reveló como un crítico muy agudo, que vive en la punta norte de la bahía de Dublín, junto a los míticos lugares joycianos, y que se sitúa "entre Joyce y Beckett", aunque destaca la influencia de Nabokov, hay algo que recuerda -pese a la drástica diferencia de temas y estilos- a Joseph Conrad, su capacidad de hacer comprender qué son cosas como el valor, la fidelidad, el amor, mediante el relato de historias de vileza, traición e infamia.

Banville -observa Licia Governatori, la original estudiosa solitaria que desapareció hace un año- escribe en "angloirlandés", es decir, en una lengua subterráneamente influida por formas y modos del gaélico, metabolizados en un inglés onexorable y sanguíneo. Sus primeras novelas -Long Lankin (1970), Nightspawn (1971) y Birchwood (1973)- son de ambiente irlandés, un ambiente muy lejano a la Irlanda tradicional y seductora de los prados verdes y las jóvenes de cabellos rojos que tanto molestaba a Bobi Bazlen, una Irlanda rural y obsesionada por sus propias raíces y que desde hace años, por suerte, ha dejado prácticamente de existir. Ya en estas obras que todavía están lejos de sus posteriores obras maestras, Banville se sumerge en el mundo, lo capta con un realismo físico y preciso en su concreción corporal y, al mismo tiempo, lo trastoca con una luz visionaria.

En estas primeras novelas apa-

recen sus personajes apasionados, vulnerables y siniestros, sus historias de sombra y duplicidad; muchas veces, los sucesos los cuenta -como se verá más tarde, con enorme fuerza poética- un yo narrador, una voz oscura en la que parece hablar con más libertad la propia vida, primitiva, violenta e indefensa, y que el escritor escucha y anota con meticulosidad y asombro, identificado y, a la vez, extrañado. La obsesión por lo falso está presente en Birchwood, en la que el protagonista-narrador busca su identidad y su alteridad en el gemelo desaparecido, un tema que, en Italia, está muy presente en la narrativa de Giorgio Pressburger.

En la obra de Banville hay un giro constituido por la tetralogía sobre la ciencia, dedicada a cuatro científicos y cosmólogos: Copérnico (1976, Edhasa), Kepler (1981, Edhasa), La carta de Newton (1982, Edhasa) y Mefisto (1986, El Aleph); esta última se basa en un personaje vagamente inspirado en Einstein. El escritor combina de forma magistral realidad y fantasía para narrar grandes aventuras cognoscitivas que han transformado el mundo y su imagen, pero las inserta en la realidad polvorienta y atormentada de lo vivido, donde el rigor de la ciencia y el desafío de la investigación se entremezclan con la ambigüedad de la vida y las pasiones. Así, las novelas sobre Kepler o Newton se convierten en relatos del descubrimiento de unos nuevos órdenes del mundo y unos desórdenes del corazón, mientras que la estructura narrativa se va hace cada vez más compleja, un juego de variaciones musicales que funde la música de las esferas celestes y los humildes sonidos de la vida cotidiana, que entrelaza tiempos y épocas diversas y se mueve en la frontera entre lo expresable y lo inexpresable, siempre con una pietas amorosa y partícipe hacia el anhelo de vivir.

Ahora bien, su verdadera categoría de gran escritor la ha adquirido Banville con sus últimas novelas, como El libro de las pruebas El intocable, Athena o Eclipse. Son libros que registran la intensidad, la seca poesía y la violencia con la que se adentran en los meandros más oscuros de la existencia y la pasión, enfrentándose a la nada y el mal "inerte, neutro, autosuficiente" -que envuelve a los hombres y se insinúa, impalpable como el polvo, en sus corazones y sus mentes-, pero que resalta el encanto misterioso de la vida y la humanidad fraternal de la que son capaces, pese al mal y el dolor, los hombres.

Fascinado por el arte figurativo -que aparece con insistencia en sus páginas, como una revelación y, al mismo tiempo, un ocultamiento de la verdad de la vida-, Banville está lleno de fuerza en la trama general y, sobre todo, en los detalles, que capturan con una intensidad sobria y devastadora varios mecanismos fundamentales del hombre y el mundo. Sus personajes, como se dice en El libro de las pruebas se encuentran con frecuencia en la proa de una nave que se hunde pero, mientras se sumergen, entrevén una nueva tierra que aparece. He encontrado muchas veces a ese hombre fraterno y de una autenticidad radical y sobria: en Dublín, Londres, Trieste, Turín, donde buscaba las calles por las que había vagabundeado y se había precipitado a la locura Nietzsche, destrozado por una enorme tensión y una compasión acuciante hacia el sufrimiento, en vano apagada por la exaltación de la fuerza y la potencia. La mirada de sus personajes, como dice una página de Eclipse, es como la que "se puede recibir a través del casco de un buzo si se le quita el tubo que le permite respirar". Pero este escritor, capaz de descender a las tinieblas, es uno de los pocos capaces de contar qué pueden ser el amor, la amistad y la ternura en el corazón del ser humano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de marzo de 2003