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Crítica:TEATRO | 'EL BURLADOR DE SEVILLA'

Esplendor plástico

"La desvergüenza de España", dice del personaje que iba ser mágico y mundial: este odioso personaje, en efecto, tiene el resplandor rojizo de la desvergüenza, pero pienso que es un producto típico de una no menos odiosa España formada de arrogantes vencedores y entregados vencidos, como si fueran un solo ser de moros, judíos y cristianos. La España de la mujer cautiva, asesinada o conventuada -si se me permite la palabra-, del hombre no menos cautivo por las rejas invisibles del honor por faltas que ni siquiera dependen de él, espadachín asesino y asesinado; por las jerarquías terribles a las que hay que obedecer y en cuyas manos está la vida y la muerte, y las cabezas colgadas en escarpias de las calles como fue la de Pedro titulado El Justiciero, pero que ha pasado a la historia por el mote del pueblo, El Cruel. España embozada, clandestina, que producía sed sexual en el hombre, captura de maridos en las mujeres tapadas, escondidas, enceladas. Así la contó Tirso, uno de los frailes ardientes en su cerca, producto también de esa España; hijo bastardo del duque de Osuna y obligado a profesar.

El burlador de Sevilla

De Tirso de Molina. Versión: José Hierro. Intérpretes: Carlos Hipólito, Sonia Jávaga, José Luis Martínez, etcétera. Escenografía: Andrea D'Odorico. Dirección: Miguel Narros. Producción del CNTC. Teatro Pavón. Madrid.

Así la han visto quienes la produjeron en España, entre ellos, en otra ocasión, Miguel Narros. En este caso la lleva a una cierta burla del burlador, a la farsa que hay dentro de la tragedia. Desde la elección de Carlos Hipólito como Don Juan, siendo tan ajeno en la figura a lo que se describe -gran intérprete hacia el final, cuando se impone lo trágico del fantasma y de la muerte y la luz roja de la puerta del infierno bajo sus pies- hasta los grititos de doncellas y carcajadas estentóreas de hombrones de juerga, y algún que otro bailete, y unas sevillanas que se marcan Don Juan y sus amigos. No entiendo de licitudes: una obra representada está bien o está mal, pero me temo que el frailecillo no la imaginó así en sus insomnios conventuales -estaba por cerca de este teatro; casi paredaño con el actual teatro Calderón: el barrio latino (de los que sabían latín) de Madrid- y en ésta yo encuentro, sobre todo, una belleza plástica: no sólo por los espléndidos trajes de Narros, sino por algunos grupos o figuras que hace componer a sus actores. No encuentro tanta belleza en la dicción de los versos, que muchas veces son antológicos, más cuando hacen el relato de una pasión que Tirso debió pensar primero en prosa (en la que sobresalió, con un par de obras largas y muchas narraciones de índole moral o ejemplar). Hay actores fuera de duda, como Juan José Otegui; otros, con momentos excelentes de discreción, como Fernando San Segundo. Pero son más de treinta, y algunos doblan papeles o los triplican, y es lógico que en esta cantidad haya diversas calidades.

Se han hecho dos estrenos: el Estado, empresario de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, tiene muchos más invitados que los que permite el aforo del Calderón. Al entusiasmo tradicional que tienen estos invitados se unió el que despierta siempre Miguel Narros, y siempre con razón. Los actores salieron -salvo alguna excepción- con el letrero de "No a la guerra": qué bien está que haya sido esa profesión la que haya lanzado con tanta fuerza lo que hoy es lema nacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de marzo de 2003