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Crítica:TEATRO | 'LUCES DE BOHEMIA'

Crítica de España

Algunas veces he escrito que considero esta obra como la mejor del teatro español de todos los tiempos; no me parecen necesarios más superlativos para recomendarla. Esta opinión mía, tan exagerada para otros, se debe a que encuentro en ella un largo retrato de España, desde sus orígenes a nuestros días; que la forma itinerante del relato -como la del Quijote, el otro gran retrato de España- nos lleva desde el calabozo del Ministerio de la Gobernación hasta el despacho, un par de pisos más arriba, del ministro: el mismo lugar que hoy ocupa la presidencia de la Comunidad de Madrid, que patrocina esta obra y la estrena en su teatro oficial. Y pasa por la taberna popular, la pequeña prostituta, los guardias, la ley de fugas con la que se mata al anarquista catalán, la literatura de los modernistas, la muerte en la calle, el expolio...

Luces de bohemia

Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán (1920). Intérpretes: Ramón Barea, Cesáreo Estébanez, Ana Wagener, Pilar Gómez, Fernando Ransanz, Javier Román, Jorge Basanta, Juan Polanco, Esther Bellver, Javier Román y Mariano Peña. Escenografía: José Tomé y Susana de Uña. Vestuario: Elisa Sanz y Maika Chamorro. Director: Helena Pimenta. Ur Teatro. Albéniz.

El autor subraya continuamente que todo eso es España. La directora vasca Helena Pimenta lo subraya. El público lo comprende. Y muchos piensan que hoy es lo mismo. No es lo mismo en la forma, en la anécdota: lo es en el fondo, y la alusión de Valle a los espejos deformantes de la calle del Gato -existen: restaurados-, que le da lugar a la denominación de la forma de tragedia, esperpentos, se sigue viendo en la nueva cámara realista de la televisión. ¡Esperpentos!

Es lógico que con esta idea de la obra máxima la representación me parezca pobre y que no me fije demasiado en decorados o añadidos de dirección y escenografía. Primero, no es muy audible: en parte porque el teatro es más bien sordo; luego, porque el decorado es muy abierto, no forma cámara, y las voces no resuenan; luego, porque la insistencia en la borrachera deforma la prosodia, y porque la imitación del habla madrileña -hay una parte de sainete: don Ramón admiraba los de Arniches- no es muy buena. El tiempo, además, ha dado a algunas frases de la obra -"¡Cráneo privilegiado!"-un valor de uso, y se deja perder, no se subraya; como se atenúa uno de los momentos de la obra, el diálogo del protagonista bohemio y crítico desesperado con el anarquista que va a morir, o el diálogo al pie de la tumba entre Bradomín (Valle) y Rubén Darío, convertido en voces fuera de escena.

Comprendo muy bien a Helena Pimeta, directora muy valorada por todos, y por mí entre todos, cuando dice que ha luchado con el texto "para sacarle toda la teatralidad"; pero hubiera sido mejor que la dejase latir por sí solo. Cuando se publicó en 1920 no se sabía bien si era una novela o una obra de teatro (como otra grande de nuestra literatura ( La Celestina) y tardó mucho tiempo en ser aceptada, y mal. Tengo la sospecha de que había otras objeciones para representarla, de tipo político -las alusiones a Alfonso XIII, la condena de los empresarios, la burla de ministros y policías y periodistas- y hasta de tipo práctico: es, evidentemente, muy difícil para los actores aprenderse ese lenguaje y decirlo con sentido. En esa época el vocabulario era corriente; en ésta ha decaído de tal manera que es más problema todavía. Así y todo, luchan verdaderamente los actores, y lo lograrían mejor si las palabras llegaran al público -no me refiero a mí, sino a quienes pregunté o me lo dijeron espontáneamente- y si hubieran evitado la exageración.

Parece claro que el esperpento, en el sentido en que el autor lo emplea en esta y otras obras, está en "lo que pasa", en la realidad de España, y no en recursos de escenografía o retorcimiento de actores.

Todo esto quiere decir que recomiendo la obra: que se ha de ver si se puede. Traspasa la escenificación. Creo que el público, aparte de su adhesión a la compañía -los famosos invitados-, y su homenaje a Valle, estaban muy influidos por un ambiente de estos tiempos, en los que una venilla ácrata se mezcla al torrente sanguíneo de España. Los bravos fueron abundantes, para la compañía y para la directora y sus colaboradores. Es cierto que han luchado denodadamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2003