Crónica:LA CRÓNICACrónica
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El arte de vender libros

Celia Boadas y Mercedes Priego no podrían ser más distintas. Digamos que entre ellas dos cabe entero el espectro de las personalidades humanas en toda su fascinante e infinita diversidad. Celia Boadas hace gala de una endiablada energía y de una marcial calidez llena de socarrona belicosidad. Y, cuidadito, porque pisa fuerte. Mercedes, en cambio, exhala una dulce y tímida melancolía y cierta proclividad a la languidez y la ensoñación. Sin embargo, ambas tienen varias cosas en común, entre las que llama la atención su inmoderada afición por los cigarrillos de la marca Reales, que, como sus primos hermanos los Celtas, huelen a barricada salvaje, a reunión sindical y a resistencia. Pero su mayor pasión compartida, la que las impulsó a fundar La Gàbia de Paper en el número 26 de la calle de Marià Cubí hace ya 20 años, son los libros. De los numerosos cambios acontecidos en el mundo del libro y del difícil arte de mantener una pequeña librería independiente a flote en la actual coyuntura hablan sin pelos en la lengua, sin asomo de ambigüedad y con admirable jocosidad estas dos damas que se jactan de no ceder a las presiones de los distribuidores y de atreverse a decir: "Esto es una birria y no lo queremos".

"Hacemos como la gente de mar, que se chupa el dedo para ver de dónde sopla el viento"

Habida cuenta del enloquecido ritmo de publicación que colapsa el espacio de que disponen las librerías, y dado que como lectora vivo en un estado de permanente ansiedad, estrés, estupor y desconcierto, que muy a menudo tropiezo con unos bodrios no por infumables menos ensalzados por ciertos críticos y que además me veo perseguida por la desagradable sospecha de que seguro que hay puñados de auténticas joyas literarias que se me escapan, creo que si me obligaran a enfrentarme a la disyuntiva de montar una librería o despachar alguno de los trabajitos de Hércules, me lanzaría sin pensarlo un instante a rebanarle a la hidra de Lerna sus nueve pescuezos o a tratar de hipnotizar al feroz león de Nemea con mi irresistible mirada. De modo que, cuando les pregunto a Mercedes y a Celia cómo puñetas consiguen orientarse en medio de la jungla de papel impreso, no se trata de una de esas preguntitas más o menos retóricas destinadas a romper el hielo y a propiciar la conversación, sino que, voto a bríos, me interesa la respuesta. Y, efectivamente, la respuesta es interesante. Y esboza un diagnóstico de ciertas enfermedades que aquejan, aquí y ahora, al mundo editorial. Un diagnóstico que podría resumirse así: cuando el talonario entra por la puerta, la literatura sale por la ventana.

"Los editores tienen la amabilidad de mandarte unos catálogos informativos, pero, obviamente", explica Celia, "ninguno de ellos lleva su amabilidad hasta el extremo de decirte que determinado libro es una porquería o que se trata de la obra mediocre de un autor a quien han considerado que valía la pena editarle ese libro mediocre para que no se fuera corriendo a llamar a la puerta de otro editor. O que se trata de una obra menor de un autor que ha tenido mucho éxito con alguna obra anterior que se vendió como rosquillas y hay que aprovechar el tirón de ventas. Así que te las ponen a todas por las nubes y allá te las compongas". Cielos, pienso yo mientras trato de imaginar lo que es vivir leyendo todo el santo día que fulanito y menganito son los escritores más representativos de su generación y las voces más lúcidas e imprescindibles de su tiempo y todas esas pamplinas babosas sin perder completamente la chaveta.

Pero eso no es todo, amigos. Además de los informes donde los editores agotan todos los sinónimos del adjetivo magistral, están los argumentos de venta esgrimidos por ciertos vendedores y que, si prestamos crédito a lo que sostienen Celia y Mercedes, son como para organizar un concurso de argumentos chuscos. He aquí un puñado de ejemplos harto elocuentes: "El autor vendrá a España, se harán presentaciones en Madrid y en Barcelona y el autor en cuestión saldrá en la tele en tal o cual programa". "En Estados Unidos se han vendido dos millones de ejemplares". "Y si es una mujer", apostillan las libreras, "te dicen que estuvo casada con fulanito. Una de las cosas más absurdas que hemos llegado a oír de labios de un vendedor fue que Cioran (el ácido pensador rumano autor de, entre otras, El inconveniente de haber nacido, Breviario de podredumbre y Adiós a la filosofía), era... ¡muy divertido!". Toma castaña.

¿Y la crítica?, pregunto yo. ¿Qué pasa con la crítica? ¿No alumbra el camino al aguerrido y desconcertado lector y al no menos aguerrido y desconcertado librero? Aquí la respuesta es tan breve como contundente: "Como puede fácilmente observarse en la mayoría de los suplementos, en este país no hay crítica independiente. No pedimos la pureza del alma, sino tan sólo un poco de rigor y seriedad. Y la verdad es que eso no abunda".

Y entonces, ¿cómo puede uno orientarse en medio de este cafarnaúm? No vacila Celia ni tres segundos en aventurar una respuesta: "Pues, sencillamente, hacemos como la gente de mar, que se chupa el dedo para ver de dónde sopla el viento".

A juzgar por la impresionante cantidad de plantas y de ramos de flores que, a lo largo de tres días de celebraciones con profusión de cava y pastas de té, han traído los clientes para felicitar el vigésimo aniversario a La Gàbia de Paper, el método del dedo chupado funciona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 02 de marzo de 2003.