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Tribuna:

Islam y cristiandad

El pasado 29 de noviembre Manuel Pimentel publicó un artículo en el que recogía las impresiones que le había producido su reciente viaje por la antigua ruta de las caravanas que unía Al Andalus, el Magreb y el África subsahariana. Comprobó el crecimiento del fundamentalismo islámico y decía que no puede explicarse tan sólo por la miseria y la falta de educación. Añadía que el integrismo está ganando terreno y que su mayor enemigo son los propios musulmanes no fundamentalistas, por lo que debemos apoyar a quienes propugnan un islam liberal. Citaba, entre otros, a Mohamed Charfi, ex ministro de Educación de Túnez, autor del libro Islam y libertad, en el que dice que son razones específicas las que deben explicar el fanatismo islámico y que estas razones, como la del "retorno a un Estado islámico ideal", son un malentendido histórico y su solución es, por tanto, cultural. Añade además que "no hay razón alguna para que el islam no evolucione como lo ha hecho el cristianismo".

Verdad es que no hay razón alguna para que no evolucione. El retorno a quiméricas idealizaciones del pasado no es privativo del mundo islámico y suele ser una constante irracional y trágica de los nacionalismos excluyentes. Pero las religiones son procesos históricos, y estos procesos han seguido vías muy distintas, por lo que esta deseable evolución no es tarea fácil y será un largo y traumático camino.

Las diferencias se remontan a los inicios de ambas religiones. La primera cuestión consiste en determinar si Mahoma creó una religión y una comunidad, "la Umma", o también un Estado. Difícilmente el profeta pudo crear un Estado, ya que ni tuvo tiempo ni pudo ser consciente ni reguló la sucesión del mismo. Pero a raíz de su muerte, cuando se produce la expansión árabe, la religión islámica se identificó con el Estado, lo que no sucedió en la cristiandad. La tesis de que creó un Estado la defienden a todo trance los fundamentalistas islámicos y numerosos pensadores occidentales, aunque no está claro si son conscientes de lo que ello supone. Si el Estado islámico tiene sanción divina, no es fácil pretender su evolución. Esta tesis la rechazan frontalmente los librepensadores musulmanes, desde Alí Abderrazak, en su importante libro Los fundamentos del poder, y también Mohamed Charfi. Alí Abderrazak, ulema de la prestigiosa Universidad islámica de Al Azar, en Egipto, estuvo a punto de dar con sus huesos en la cárcel, e incluso algo peor, por el simple hecho de haber planteado a comienzos del siglo XX que el islam es sólo religión y no regula las relaciones entre el poder político y los ciudadanos, cuestión resuelta en el mundo cristiano, al menos en teoría, desde el principio.

El cristianismo nace bajo la máxima de "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Aunque hubo épocas en que el Estado controló la Iglesia, y viceversa, siempre hubo dos estructuras de poder distintas. Cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio bizantino llevaba cuatro siglos de existencia. Difícilmente se hablaría de un Estado islámico ideal, como no hablamos de un Estado cristiano, y muy distinta sería la evolución del islam si durante los primeros siglos hubiera sido sólo una comunidad religiosa. El éxito político del islam hizo que desarrollara una serie de códigos de conducta para regular las relaciones políticas y mantener la hegemonía. Se elaboró, aunque años más tarde de la muerte del profeta, la sharía, la ley islámica que gobierna la sociedad con una serie de prescripciones difícilmente compatibles hoy día con los derechos humanos y las libertades públicas.

Ninguno de estos esquemas se dio en el mundo cristiano. Sus cismas teológicos tuvieron su razón de ser en la utilización de la religión al servicio del poder político. Por el contrario, la gran ruptura del islam, que dio lugar a las corrientes suní, shií y karijita, se produjo para controlar el poder más que por razones teológicas. La legitimación religiosa como legitimación política ha sido una constante en el mundo islámico. Gema Martín Muñoz dirá en su libro El Estado árabe que "el proceso de legitimación se basó en el principio de que la soberanía y la autoridad emanaba de Dios".

Nunca ha tenido el islam una Iglesia que determine la ortodoxia y pueda hacer que evolucione. Mohamed Charfi dice también que "el pensamiento cristiano actual tiene poco que ver con las ideas que prevalecían en la época de las cruzadas, de la Inquisición o del proceso contra Galileo. Después del Concilio Vaticano II, la Iglesia se despide de la Edad Media y de la contrarreforma". No hay Vaticano alguno que pueda liderar en el islam el despido de la Edad Media.

Las diferencias existían ya en los siglos XII y XIII, cuando se desarrollaron aquellas ciudades saharianas como Walata y Tombuctú que ha visitado Pimentel en Mauritania y Malí. El año 1147, Alfonso Henríquez conquista Lisboa a los musulmanes españoles con la ayuda de los cruzados ingleses, saqueando la ciudad. Ese mismo año los almohades derrotan a los almorávides y se apoderan de Marrakech, pasando a cuchillo a la población, defendida por milicias cristianas al mando del noble catalán Alí Reverter, que, como buen mercenario, no dudó en pasarse al bando vencedor. En la misma fecha los genoveses, con la ayuda de los catalanes, destruirían el puerto y la ciudad de Almería, que, según las crónicas, nunca recuperó su antiguo esplendor.

No hubo diferencias en cuanto a la violencia empleada, hablemos de cristianos o musulmanes, pero sí había diferencias políticas y sociales que supondrían distintas evoluciones futuras. Alfonso Henríquez sentó las bases para la creación de la nación-Estado de Portugal, que haría de este reino uno de los grandes poderes marítimos de la historia. El concepto de nación-Estado con límites territoriales específicos y sucesión aceptada no se da en el mundo musulmán hasta el pasado siglo. Los almohades nacen como un movimiento integrista y crean la más poderosa dinastía magrebí de su historia. Su legitimación política será religiosa y desaparecerá un siglo después sin consolidar una dinastía política. Almería será destruida de forma "casi moderna" mediante una operación planificada para acabar con un competidor y conseguir el control del Mediterráneo. Lo significativo es que la decisión de hacer la guerra se tomó en una asamblea de ciudadanos -Génova era, con todas las reservas, una República- e incluso participaron en las deliberaciones algunas mujeres mercaderes.

Aunque en los siglos posteriores la civilización musulmana siguió extendiéndose en Asia e irradiando su cultura, no consolidó una clase burguesa ni institucionalizó una división de poderes que limitara los abusos de las instancias políticas y religiosas. El mundo islámico se cerró en sí mismo y rechazó las innovaciones que cambiaron Occidente. A diferencia de su capacidad para aceptarlas en los primeros siglos de su expansión, donde incorporó el papel -invento chino-, promoviendo una difusión general de los conocimientos clásicos y propios, rechazó la imprenta. La aceptó tímidamente a partir del siglo XVIII, siendo escasos los libros publicados hasta épocas recientes. Las obras del tunecino de origen andaluz I. Jaldun, uno de los mayores pensadores de todos los tiempos, se imprimirán por primera vez en Egipto en 1857, casi 500 años después de su redacción, en 1377.

Victor Hugo proclamará en Nuestra Señora de París que: "La invención de la imprenta es el acontecimiento más grande de la historia, es la madre de todas las revoluciones: el libro impreso matará el edificio, matará la Iglesia". No se produjo esta revolución, no se generalizó la educación ni se consiguió separar la filosofía de la religión, rechazando el camino que había iniciado el cordobés Averroes. Adonis, ese sutil poeta y pensador libanés, dirá que en el mundo musulmán el esfuerzo realizado durante siglos, debido a la presión de la religión, por conciliar razón y fe, ha supuesto que haya fracasado la filosofía y que nada haya ganado la religión.

En Occidente se tardaron siglos en crear sociedades prósperas y tolerantes. Fueron una conquista del pueblo, y no una concesión graciosa de los poderes políticos y religiosos. Desgraciadamente, hoy día no se dan en los países musulmanes las mejores condiciones para que prospere un islam liberal, y no parece que sea la tendencia general. En nada ayuda la carrera de armamentos, la explosión demográfica y la pobreza existente. Tampoco facilita el camino, sino todo lo contrario, el profundo trauma que sufre el mundo musulmán debido a la doble moral que practican algunas potencias occidentales en relación con Chechenia, Irak o el conflicto Israel-Palestina, que genera resentimiento y fomenta todo tipo de fanatismos. Europa, por razones históricas y geográficas, debería ser el gran aliado del mundo musulmán, diseñando su propia política y estableciendo una eficaz cooperación en todos los sentidos.

Jerónimo Páez López es abogado y director del Legado Andalusí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de febrero de 2003