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Entrevista:Claudio Magris | UN PENSADOR SIN FRONTERAS

"Me interesa el individuo expuesto a su destrucción, su extrema debilidad, pero también su resistencia extrema"

El escritor triestino publica dos libros que contribuyen a completar su territorio literario. Por un lado, La exposición, una obra de teatro en la que los elementos más crudamente autobiográficos se mezclan con la vida de un pintor loco. Por otro, Lejos de dónde, un ensayo que, partiendo del novelista Joseph Roth, rastrea la tradición del exilio en la literatura judía centroeuropea. En esta entrevista, reflexiona sobre su obra, en la frontera de los géneros, y sobre el futuro de Europa y el papel de los intelectuales.

A los 26 años escribió su primer libro, El mito habsbúrgico en la literatura austriaca moderna, un ensayo de tal calado intelectual que el joven escritor debía desmentir de tanto en tanto que hubiera sido su padre el autor. A este estudio en el que Claudio Magris (Trieste, 1939) dialoga con escritores como Musil, Hofmannsthal o Schnitzler, y que constituye el germen de sus intereses intelectuales, siguió Lejos de dónde (Eunsa), un ensayo escrito en 1971, que puede considerarse la continuación del anterior, y cuya publicación llega con lamentable retraso a España aunque en excelente edición.

Centrado en la figura de Joseph Roth, el escritor que, a juicio de Magris, mejor ha narrado la disolución del imperio Habsburgo, la reflexión central del libro queda expresada en su título: "Te vas muy lejos" le dice un judío a otro que parte hacia América. "¿Lejos de dónde?", contesta éste. Esa ausencia de patria que expresa la anécdota referida y el desarraigo del pueblo judío en su permanente exilio son, en opinión de Magris, la metáfora central de la condición humana contemporánea.

"Un país no es una empresa. Por una empresa se trabaja honradamente, pero no se muere por ella"

"En La exposición he reflejado un momento oscuro de mi vida. Es el libro más difícil que he escrito, el más dolorosamente biográfico"

Hace dos semanas, al tiempo que el escritor triestino recogía la medalla de oro que le concedió el Círculo de Bellas Artes de Madrid, se publicaba también La exposición (Anagrama), su último libro. Lejanos el uno del otro no sólo en el tiempo, este relato, con estructura de drama teatral, está inspirado en la vida de su paisano, el pintor Vito Timmel, muerto en un manicomio en 1949. Pero la vida de este pintor loco y visionario, "un concentrado de mito habsbúrgico", es un pretexto que permite al autor de El Danubio aflorar su dimensión más íntima. Escrito en un momento de extrema fragilidad personal, poco después de la prematura muerte de su mujer, la escritora Marisa Madieri, este libro, violentamente humano y doliente, supone un cambio radical en la trayectoria literaria de Magris.

PREGUNTA. Lejos de dónde y La exposición son dos libros entre los que median algo más de treinta años y un notable cambio de registro por lo anárquico, violento, lírico e íntimo del último, frente al rigor casi profesoral del primero. ¿Podemos hablar, por lo que a usted respecta, también en lo literario, de un afán de superación de fronteras?

RESPUESTA. Sí, seguramente sí. La exposición es un libro muy reciente. Lejos de dónde lo escribí fascinado por esta historia del judío de la diáspora que contesta "¿lejos de dónde?". El judío del exilio no tiene un Estado, no tiene un punto de referencia, está siempre lejos de todo y de todos, pero al tener sus valores, en un libro, en una ley, en algo que no está limitado en el espacio, y un sentimiento de lo eterno que no está limitado en el tiempo, no está nunca lejos de nada. Me interesaba esta experiencia judía del exilio, de la falta de raíces, que no es sólo judía, porque nuestro siglo ha visto muchas culturas y pueblos amenazados y destruidos, pero el judaísmo lo ha sufrido con especial fuerza e intensidad. Me interesaba el individuo expuesto a su destrucción, su extrema debilidad, pero también su resistencia extrema. Lo impresionante es la increíble capacidad de resistir, de ser fiel a uno mismo a pesar de todo.

P. ¿Por qué toma como pretexto a Joseph Roth?

R. Fue fundamental mi encuentro con Isaac Bashevis Singer, uno de los encuentros de mi vida. Me abrió todo tipo de fronteras, fue una revelación. Lo leí por casualidad a principios de los años sesenta, le escribí y él me contestó. Luego nos conocimos, pero no tenía valor para escribir directamente sobre Singer. Y Roth era un escritor que tampoco tenía raíces, que también estaba fuera de este mundo y se convertía en una metáfora de mí mismo al hablar de él, un mundo en el que me reconocía como en un retrato, pero desde fuera. Esto ya era una superación de fronteras, un ensayo sobre Roth, una metáfora para contar la crisis de Europa. Leyendo a estos autores, recordé ambientes de Trieste, a mis padres, a amigos que conocí, pero en los que nunca pensé... Quise escribir sobre ellos y sus episodios increíbles de resistencia. Una mezcla de fronteras, el análisis de unos textos, los de Roth, los textos yídish, que descubría, pero que a la vez constituían una especie de autobiografía indirecta. Cesare Cases, un intelectual muy conocido en Italia, dijo hace casi treinta años, al presentar el libro: "No hacía falta que Magris dedicase el libro a Marisa Madieri, porque al leerlo hay tal cúmulo de valores y sentimientos, que es un homenaje al amor".

P. Ese homenaje a su esposa también existe, aunque de otro modo, en La exposición. ¿Cómo surge ese libro?

R. Mientras que Lejos de dónde mantiene la estructura del ensayo, de la reflexión, y tiene, a pesar de la experiencia de la tragedia, un sentido fuerte y positivo de la vida (no en un sentido edificante, sino la vida como significado, como valor), La exposición nace de una experiencia muy diferente, de una situación de desmembramiento total, de esos momentos en los que uno se encuentra... Lo que Sábato llama la escritura nocturna. Son momentos en los que, de pronto, descendemos a la oscuridad, incluso a las cloacas, y nos encontramos cara a cara con la Medusa. Un lugar que, por otra parte, requiere la fidelidad a esa oscuridad, porque también hay allí mucha luz. La exposición es un libro lleno de amistad y de amor, pero esos sentimientos aparecen como pequeños trozos de luz arrancados a la oscuridad, como si entre todas las porquerías que arrastra el mar a la playa, consiguiésemos rescatar algo. Es quizá el libro más difícil que he escrito y el más dolorosamente biográfico. Aunque yo no soy pintor, como el protagonista, ni estoy loco ni muerto, claro, pero es muy metafórico. Es como si hubiese sido escrito no representando una vida entera, como en Lejos de dónde, sino una vida hecha pedazos, y hay que recoger pedazos de sentimiento, de carne, de corazón... Un libro que cruza todas las fronteras, sobre todo las lingüísticas. Es la historia de este pintor, de su autodestrucción, de alguien tan anárquico que quiere destruirse, que su gran amor por la vida le hace daño y quiere apagarlo, borrarlo, intenta no existir.

P. Está escrito en un lenguaje muy extremo, por momentos lleno de un lirismo que contrasta con expresiones soeces.

R. Hay un babel de lenguajes: el italiano y el dialecto triestino, que es el lenguaje del bajo vientre de la vida. Hay cantinelas infantiles que he tomado de tradiciones populares y otras que he inventado. Está el lenguaje elevado, sublime, loco y delirante del diario de Timmel, muy lírico, efectivamente, y los fragmentos escritos en el manicomio, un problema terrible para los traductores. Un libro en el que hay una escritura que ya no pone orden en el mundo, porque en otros libros, incluidos Microcosmos o Lejos de dónde, a pesar de tener mucho que ver con el desorden del mundo, intento ponerlo en su sitio. Aquí en cambio, se trata de vivir el desorden hasta el fondo. Ese lugar en el que surge el lenguaje lírico. Sergio Pellegrini me preguntó sobre el libro: "¿Es un punto de no retorno, o es un punto desde el que empezar?".

P. Creo que hay una especie de afán, o de pureza en aras de la sencillez, la voluntad de decir las cosas de forma más inmediata y sentimental. Todo un reto.

R. Sí, es un libro en el que casi no hay mediación. Es la absoluta transparencia, como cuando se te echa encima la vida, sin mediaciones. Lo he escrito de una forma salvaje. Normalmente, primero pienso las cosas.

P. ¿Hay un precedente del personaje en Microcosmos?

R. Hay una pequeña mención. La personalidad de este pintor de Trieste me ha interesado siempre, su anarquismo que acaba celebrando el fascismo como el gran orden en el que uno puede ser como un niño, puede estar sencillamente sentado sobre una tapia y dejarse caer en el abismo de su alma. Me interesaba ese extremo sufrimiento individual, pero también el no dejarse ganar. Él dice: "Lo importante es el arte grande. Yo no soy un artista, hay que tirarme a mí también". No hacerse nunca la víctima con este dolor. El libro surgió como una idea. Un músico triestino que vive en Alemania me dijo: "Vamos a hacer una ópera". Dije que no, pero luego lo pensé y naturalmente no hice la ópera, porque en estos casos el músico se pone al servicio del escritor o el escritor del músico, nuestros caminos se separaron. Él está haciendo una ópera vanguardista y mi texto le resultará muy clásico, aunque para mí sea el extremo de la frontera del lenguaje, pero me ha servido porque también hay algo de operístico en estos sentimientos que fatalmente se convierten en retóricos, aunque siguen siendo auténticos. Lo he escrito de forma salvaje, en un mes, sin saber muy bien... Por ejemplo, el personaje del director, que al principio era un mero pretexto, representa toda la estupidez del orden, pero también su nobleza, su heroísmo y su dignidad. Es fácil reírse del orden, pero los que hacemos algo, lo tenemos. Para enseñar, hacer un periódico, hace falta. Quería demostrar que incluso el orden tampoco es banal.

P. Ésa es por otra parte una constante en su obra. Nunca condena del todo, siempre encuentra la salvación.

R. Sí, es importante intentar comprender.

P. Lo escribió en un momento que imagino muy difícil, después de la muerte de Marisa Madieri.

R. Sí, es un libro que al terminarlo lo dejé quieto casi un año y luego empecé a cortar y corregir. Cuando digo que es autobiográfico es porque hay un núcleo en el que he reflejado un momento oscuro de mi vida, de ansia y depresión. En toda infelicidad hay algo turbio y aquí se percibe. En otros libros hay una autobiografía más directa, como en Microcosmos, cosas que se corresponden directamente, aunque se hayan reinventado y transformado. Otras veces, en cambio, existe una autobiografía al revés: uno puede tener una historia de amor feliz que le hace descubrir, de pronto, el horror de una vida sin amor, y quizá escriba una historia en la que no hay amor aunque no es la que él ha vivido, pero se da cuenta de que podría vivirla y está al acecho. Siempre pongo el ejemplo de ese precioso relato de Marisa Aprile, que es en parte autobiográfico, porque se nos puede reconocer a ella y a mí, una especie de epifanía, en el que se plantea el problema del amor sin hijos. Nosotros hemos tenido hijos, por tanto no es autobiográfico. ¿Entonces es esto autobiográfico? Sí y no. La exposición no es autobiográfica como correspondencia de unos hechos, pero nace de un momento extremadamente oscuro que no tiene sólo que ver con la vida sentimental, también con el momento político. Es un libro muy violento. Y creo que también valiente.

P. El otro día afirmaba en un coloquio que el drama de Alemania lo era no sólo por el genocidio perpetrado contra los judíos, sino porque ese genocidio constituía a la vez un suicidio. ¿Podría explicar un poco esto?

R. Nosotros, que tenemos presente el nazismo, nos olvidamos de lo que fue la enorme simbiosis judeoalemana. En Europa, la cultura alemana y la cultura judía han tenido una gran simbiosis. Sobre todo en la Europa centro-oriental se consideraba al judaísmo portador de esa gran y culta Alemania. Franz Werfel decía que el gueto de Praga era el bastión del germanismo frente al Este. Esta cultura judeoalemana fue el elemento supranacional que permitió dar una unidad cultural a Europa, y unir a rumanos, húngaros... Pensemos en el patriotismo judeoalemán de la Primera Guerra Mundial. Alemania, al amputarse este elemento, se amputó una fuerza enorme ligada a su propia esencia. Es evidente que existía una tradición antisemita, pero en Alemania coexistía con este otro elemento. Ningún otro país de Europa ha necesitado la cultura judía tanto como Alemania para ser él mismo.

P. ¿Y cuál sería la clave para el proceso de reconciliación?

R. Creo que en la reconciliación judeoalemana hay dos problemas: podría realizarse sólo si se basa en un total reconocimiento de la culpa alemana (más avanzado en Alemania que en otros países, como Austria). Y el otro elemento sustancial es... Realmente no lo sé, porque una cosa es hablar de reconciliación y decir que lo que ha ocurrido es horrible y otra conseguir de verdad que esto no se convierta en odio entre generaciones. Los nietos de quienes murieron en Auschwitz pueden ser amigos de los nietos de quienes los mataron, siempre que los nietos de quienes les mataron no pretendan decir que sus abuelos eran unos héroes. Si hay esta certeza se puede conseguir la reconciliación. Pero tiene que ser absoluta, tan pacífica que ya no haya que volver a hablar de ello. Por otra parte me disgusta mucho la debilidad política de Alemania en Europa, porque creo que la Alemania democrática, cuando era fuerte, representaba una fuerte antítesis al excesivo dominio anglosajón, sobre todo por lo que respecta a la concepción del capitalismo. La vieja tradición de Bismarck, que tenía un fuerte componente cultural de un capitalismo responsable, un capitalismo que considera un aspecto social y no sólo una sociedad de operaciones. Me disgusta mucho que Alemania se encuentre hoy en condiciones objetivas de debilidad, porque ese capitalismo es distinto del capitalismo a lo Berlusconi, que prescinde de las personas. Esta manía que hay de convertir todo en economía... En un artículo yo criticaba esta manía economicista que lo convierte todo en una empresa. Empresa Italia, dice nuestro presidente. Los grandes empresarios italianos están furiosos con esto, uno pone una fábrica de zapatos para ganar dinero, no para ayudar a los pies de las personas. En cambio, la Universidad no está para ganar dinero; desde luego se necesita ganar para vivir, todos lo necesitamos. En una ocasión le dije al ministro: "Incluso Tristán e Isolda tienen que ganar dinero, porque si no, no comen, y si no comen mueren, si mueren no hacen el amor, y por tanto ya no son dos amantes". Pero Tristán e Isolda no se escribe Tristan & Isolda, no son una empresa. La familia no es una empresa, hay que ganar, pero el fin no es la ganancia, sino la necesidad de ganar para llevar a los niños al colegio, para realizar otros valores. Si se dice que todo es una empresa, la empresa pierde su especificidad, y esto culturalmente es un desastre. El dinero es importante, en esto soy materialista, no me gustan los que dicen: "Ah, la Europa de la moneda, queremos una Europa del alma". Sin moneda no hay alma. Pero cuando el dinero pasa de ser un medio a ser un fin, es un desastre. Un país no es una empresa. Sería muy difícil morir por una empresa. Por una empresa se trabaja honradamente, pero no se muere por ella.

P. En esa Europa sin fronteras que defiende, ¿cuál sería la gran cúpula, cuál la identidad que deberíamos compartir?

R. Mire, es muy difícil responder, porque cualquier respuesta breve será retórica. Es como decir ¿qué es para ti el amor? Creo que hay que hacer hincapié en el individuo, porque si hay algo que une a la civilización europea desde sus orígenes, desde la democracia griega, el pensamiento estoico, el concepto cristiano de persona, y así hasta el liberalismo y la socialdemocracia, está el sentido de que el Estado, la sociedad, están al servicio del individuo. Esto creo que es muy importante, y que hay una resistencia de Europa frente al resto de Occidente, que es Estados Unidos: que el individuo nace teniendo unos derechos fundamentales, y esto no se puede olvidar nunca. Es un baluarte del humanismo y la individualidad. Este sentimiento debería traducirse en un sentido del Estado y por eso creo que es extremamente peligroso que este sentido esté en crisis. Precisamente porque la economía se ha privatizado se necesita un mínimo pero sólido sentimiento del Estado, un punto de referencia común por encima de ciertos intereses, con una garantía de las leyes. Yo creo que Europa debería ser la heredera de este sentido humanista de la defensa del individuo y de la necesidad de protegerlo. El individuo no es un cowboy, es un ciudadano al que se le garantizan sus derechos fundamentales. Y todo esto es indirectamente un valor cultural y literario. Yo sueño con el momento en que exista un Estado europeo con unos mínimos puntos de referencia de leyes comunes, precisamente lo que no estamos haciendo en Italia.

P. Y acontecimientos como los del 11 de septiembre, ¿qué peligro de regresión pueden tener en relación con los planteamientos humanistas?

R. El problema es tremendo, porque fenómenos como los del 11 de septiembre no se pueden tolerar. No se puede ser pacifista con quien hace esto. El problema es si se afronta esta situación intentando terminar con las raíces del mal, tanto combatiendo el terrorismo como eliminando las razones que lo producen; o si se aprovecha esto para desencadenar problemas igual o más graves. Quienes se oponen a la guerra, y sobre todo a la entrada unilateral en la guerra contra Irak, no sienten simpatía por Sadam Husein. No es cierto que quieran ser blandos con quien ha enviado los aviones contra las Torres. Sólo se preguntan qué sentido tiene hacer esta guerra, y por qué. Yo soy totalmente contrario a esta guerra, y sobre todo a la idea de hacerla por imposición. No estoy en contra por un pacifismo abstracto, no digo que si los terroristas vuelan este hotel haya que ir a hablar con ellos y decirles: "Sed unos buenos chicos". Desde luego hay que intentar meterlos en la cárcel, pero no creo que la guerra sea una respuesta sensata a la amenaza terrorista. Las situaciones cambian lentamente, pero una Europa unida debería ser un socio equivalente, con menos potencia militar, pero en una continua cohesión, como si fuese una traición no compartir cualquier actitud. Las situaciones políticas que exigían una unión a toda costa frente al peligro ya no existen. Lo que se podía justificar en algún momento de la guerra fría no tiene por qué justificarse siempre. Yo no soy catastrofista ni fatalista, no me gusta ninguna actitud... Pero tengo la sensación de que en general nos encontramos sentados en el borde de un volcán. Es como el final del mundo antiguo, todo está en ebullición. No sé, espero equivocarme, porque naturalmente me gusta vivir como vivo ahora, pero tengo la sensación de que de un momento a otro podría... Es como si adelantas en una curva, no va a venir un coche justo ahora... Yo tengo la sensación de algo que antes o después se puede volver insostenible. Quizá esto haya influido indirectamente en libros del tipo de La exposición.

BIBLIOGRAFÍA

Lejos de dónde (Ediciones Universida de Navarra).

La exposición (Anagrama).

Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (Anagrama).

Microcosmos (Anagrama).Ítaca y más allá (Huerga & Fierro).

Conjeturas sobre un sable (Anagrama).

El anillo de Clarisse. Tradición y nihilismo en la literatura moderna (Península).

Otro mar (Anagrama).

El Danubio (Anagrama).

Compromiso intelectual y besos gratis

DURANTE UN coloquio en el Círculo de Bellas Artes, Claudio Magris afirmó que si alguien escribiese lo que él escribe, se iría al cine, y no escribiría.
P. ¿Los intelectuales asumen hoy su compromiso como tales?
R. Las actitudes son individuales, no creo que haya una categoría para los intelectuales. Por el mero hecho de ocuparse de algunos campos del saber, no tienen ni más ni menos deberes que los demás, y no por ello entienden mejor. Yo no creo, desde este punto de vista, ser más intelectual que uno que trabaja en un banco. A veces hay que olvidar que algunos de los mayores escritores del siglo pasado fueron fascistas, nazis o comunistas. Les comprendemos, seguimos queriéndoles, entendemos el camino que llevó a Pirandello a admirar a Mussolini, el que llevó a Céline a escribir Bagatelle... Pero desde un punto de vista estrictamente político, en ese momento ellos entendían menos que su portera. Hay un interesante e incluso noble deslumbramiento. No me siento comprometido con un punto de vista como intelectual. Naturalmente, cada uno tiene unos deberes según su papel: tú haces un periódico y pones tu honradez en hacerlo. Yo hago literatura porque es mi formación, igual que uno traslada su fe o su falta de fe a lo que hace, pero no como una consecuencia directa. Además, uno tiene su sentido de la responsabilidad. Yo creo que teniendo un espacio en un periódico, a veces se siente el deber de testimoniar. Pero lo sentiría igual si dirigiera la sección de incendios de una compañía de seguros. Y además hay deberes y compromisos que son iguales para todos, y a los que cada uno se enfrenta con su personalidad, con su trabajo, con su historia.
P. ¿De autores como Broch, Musil o Canetti, de los que se siente deudor, podríamos deducir una ética de la literatura?
R. No creo. Estos grandes autores te hacen comprender, te abren los ojos, y ésta es la gran función de la literatura, no una determinada ética, sino mostrar la enorme importancia que tiene la ética en la vida de una persona. Es decir, si uno lee a Canetti, no es que aprendas a ser honrado o a ser demócrata, pero entiendes que todo eso no son sólo ideas u opiniones, sino que forman parte de la vida. Por tanto, la literatura te muestra una forma de vida. Si lees La náusea, de Sartre, comprendes lo que es la impotencia, Kafka te hace entender ese oscuro sentimiento de falta de armonía y de culpa. No se trata de que te quiera enseñar, pero te muestra algo indirectamente. Ésa es toda la moralidad. Es la moral lo que se convierte en vida. Esto es lo que enseña la literatura, pero no con una receta, sino con la vida, te muestra unos valores que han calado en la existencia. Yo creo efectivamente que uno aprende lo que es la lealtad y la fidelidad leyendo a Joseph Conrad, incluso valores como el coraje. Pero Conrad no sermonea, al contrario, cuenta la historia de un traidor, de un delator: todos somos débiles y viles, todos nosotros a veces en la vida hemos sido un Lord Jim, hemos dejado morir o perder..., éste es su enorme valor, indirectamente educativo, pero sólo indirectamente. Ay de nosotros si la literatura se hace funcional: no se puede hacer que alguien lea para que sea más bueno, más democrático. Uno debe leer, también una gran historia de amor hace que tengas una vida más fuerte y más rica, pero no hay que amar para educarse, hay que hacerlo porque te gusta hacerlo. La literatura y la cultura tienen que tener ese momento gratuito que es la verdadera premisa para poder ser realmente útiles, sin pensar en su utilidad. Exactamente lo contrario de lo que es hoy la Universidad con esa mentalidad de los créditos. El otro día hicimos un congreso sobre ciencia y los estudiantes me dijeron: "Habríamos venido si nos hubieran dado algún crédito". Y yo les dije: "Alguna vez habrán besado gratis a una chica".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de febrero de 2003

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