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Editorial:

La reválida de Bush

Las elecciones del martes en EE UU son algo más que una renovación parcial del Congreso. George W. Bush llegó a la Casa Blanca con dudas sobre el recuento en Florida que proclamó su victoria. Aunque el 11-S contribuyó a legitimar su presidencia, estos comicios a medio mandato suponen una especie de reválida para Bush, en el actual ambiente prebélico creado por la amenaza de iniciar una guerra contra Irak. El resultado puede afectar a la política de Estados Unidos en esta crisis. Sin embargo, no hay que confiar en que los resultados del martes provoquen un cambio en ese ambiente de preparativos bélicos.

Los senadores y representantes demócratas que se someten a reelección han apoyado la política de Bush y votado la resolución del Congreso que le da carta blanca al presidente, y es poco previsible que, si hay guerra, no sigan al comandante en jefe, al menos en una primera etapa. Pero un cambio de mayoría sí pondría en serias dificultades los planes de rearme y gasto militar de esta Administración. Y Bush ha usado el espectro de la guerra con Irak y la lucha contra el terrorismo como gran tema en una campaña que no tiene un eje realmente claro.

Pero se puede encontrar, de nuevo, con un país dividido prácticamente en dos mitades, como reflejó la fotografía electoral de 2000. A diferencia de entonces, la economía está atravensando graves dificultades. Los demócratas han centrado su campaña sobre estas preocupaciones económicas y sociales. La caída de las bolsas ha generado un efecto pobreza, aunque no se haya dejado aún notar de forma marcada en los niveles de consumo. Tampoco le favorece a Bush el hecho de que por vez primera en una década los niveles de criminalidad vuelven a aumentar en EE UU.

En un país en el que, por pereza, apatía o dificultad de registrarse en el censo, vota menos de la mitad de las personas en edad de ejercer este derecho, se está produciendo, además, un alejamiento de los jóvenes de las urnas. Los votantes de más de 65 años son más del doble que los menores de 30, cuando éstos superaban a aquéllos en 1974, según un estudio patrocinado por The Washington Post y otras instituciones. El resultado no es sólo un envejecimiento de los electores, sino de las ofertas electorales, crecientemente dirigidas a la llamada tercera edad.

Las elecciones a medio mandato pueden marcar una presidencia, y por eso Bush ha sido muy activo en esta campaña, cuando se mantiene en altas cotas de popularidad, pese a que la guerra de Afganistán sigue abierta, y EE UU preso del temor a un nuevo ataque terrorista. Lo tradicional en estas elecciones a medio mandato es que el partido del presidente del momento pierda escaños en ambas cámaras. El último fue Clinton, que tras vencer en 1992 perdió la mayoría en el Congreso dos años después y tuvo que navegar entre dos aguas durante seis años.

El martes se renueva una tercera parte del Senado y toda la Cámara de Representantes. Para asegurarse el control total del Congreso, los demócratas necesitarían ganar seis escaños más en la Cámara -algo poco probable- y aumentar su dominio del Senado, que es ahora de un solo escaño y que podría perder tras la inesperada muerte de uno de sus dos senadores por Minnesota. Para intentar conservar este escaño han repescado al ex vicepresidente Walter Mondale. Si Bush pierde el control del Congreso puede convertirse en lo que allí se llama un pato cojo. Si, por el contrario, los republicanos recuperan un control absoluto, George W. Bush puede consolidar su papel de presidente imperial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de noviembre de 2002