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Entrevista:Ian McEwan | NUEVOS TERRITORIOS DE LA NOVELA

'La bondad y la maldad están diseminadas equitativamente por todo el mundo'

Es uno de los escritores que está definiendo la literatura inglesa del siglo XXI. Así lo ha confirmado con su novela, Expiación, que ha recibido varios premios, siguiendo la tradición de la mayoría de sus libros. En esta ocasión, con una historia que gira en torno al tema de la culpabilidad, la purgación y la moral, mientras repasa la historia del siglo XX. En una entrevista, en su casa de Londres, McEwan habla de su libro y de los ecos biográficos que contiene; además, del mundo literario, del 11-S y de la política internacional.

Ian McEwan habla despacio, rebuscando las palabras y puntuando la conversación con largos silencios. Es una técnica que, en cierta forma, también aplica a su proceso de creación. El novelista británico, de 54 años, se embarca en sus proyectos literarios sin rumbo fijo ni ambición clara. Pasa meses recogiendo apuntes y perfilando personajes en cuadernos que conserva desde décadas atrás. Con numerosas pausas en el camino, para dar tiempo a que las piezas encajen y las ideas tomen cuerpo, ha construido una decena de novelas, incluida la última, Expiación, cuya versión en castellano se publica este mes, un año después de la edición original.

Premio Booker 1998 por Amsterdam, galardonado por Niños en el tiempo y con su primera novela Jardín de cemento entre sus trabajos llevados al cine, McEwan forma parte del grupo de autores surgidos en el Reino Unido a mediados de los setenta que todavía no ha sido desplazado por las siguientes generaciones. En el aniversario del 11 de septiembre, el novelista conversa en su nuevo domicilio de Londres, una magnífica residencia de cinco plantas, de la coyuntura internacional y de su última novela, que presentará en Barcelona a mediados de este mes.

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PREGUNTA. Una niña con ambición literaria, Briony, es el personaje central de Expiación. ¿Deposita en ella su experiencia como escritor?

RESPUESTA. Sí, hay mucho de mí en Briony. Comparto sus ideas acerca de la calidad de secreto que tiene la escritura o la forma en que una novela permite adentrarse en la mente de los demás. Sensaciones que ella experimenta al observar detenidamente su mano o su rodilla, y que le provocan una intensa conciencia de sí misma, proceden directamente de mis experiencias de niño.

P. ¿Comparte también su definición de literatura como un viaje de la imaginación?

R. La literatura debe ser más controlable. Debe haber un compromiso entre el propósito consciente del autor respecto a su material y la impotencia frente a dicho material. En vez de volar, yo siento como si estuviera cavando con la esperanza de encontrar piedras preciosas.

P. ¿Qué le llevó a meditar sobre el concepto de expiación y sus ramificaciones morales?

R. No fue premeditado, sino que surgió lentamente a medida que escribía y una vez que descubrí que Briony es la autora de la novela además de su personaje central. Es una historia tradicional de una persona que toma conciencia plena de sus responsabilidades morales. Briony comete un error de niña y pasa el resto de su vida reflexionando sobre la materia. Se convierte así en un genuino ser moral.

P. Briony cumple 77 años en 1999. ¿Quiso pasar revista a la historia del siglo XX a través de este personaje?

R. Sí, no es fortuito que la novela termine en 1999. Al concluir el siglo, miramos hacia atrás, especialmente en Europa, a los cien años de destrucción, crueldad y locura. En el corazón de nuestra civilización tenemos estos actos terribles que provocaron tanta miseria humana como el Holocausto, la II Guerra Mundial, la revolución rusa... Quería escribir una novela en la que un anciano mirara al pasado, a sus propios errores. Briony tiene remordimientos e intenta purgar la falta que cometió de niña.

P. En su obra literaria, la mujer tiende a portar el estandarte de moralidad. ¿De dónde procede esta visión?

R. Siempre sentí que debía proteger a mi madre de mi padre, quien bebía con exceso y era algo violento. Esto me llevó a idealizar a la mujer, a representarla como una luminosa autoridad moral. Ya no conservo este ideal. Ningún género, clase o raza puede reivindicar una mayor autoridad moral. La bondad y la maldad están diseminadas equitativamente por todo el mundo.

P. La novela se detiene en Dunkirk, una de las derrotas más humillantes de los aliados en la II Guerra Mundial.

R. Fue humillante, pero Dunkirk vive en la narrativa inglesa como un mito heroico. La retirada de las tropas no se incluye en nuestra historia nacional. Ignoramos esta auténtica pesadilla y nos centramos en la hazaña de las pequeñas embarcaciones que cruzaron el canal de la Mancha para rescatar a los soldados británicos.

P. ¿Quiso desvelar la tragedia del desastre bélico a través de Robbie, el personaje masculino clave en la novela?

R. Siempre he querido escribir sobre Dunkirk. Mi padre, y todos los hombres de su generación, estuvieron en Dunkirk. Los periodistas se fijan en el lado oculto de un acontecimiento, pero a mí, como novelista, esta idea no me interesa. Fue un recurso literario que me permitió hablar de Robbie durante su experiencia en la guerra y, al mismo tiempo, hacerle reflexionar en esta larga caminata sobre los acontecimientos anteriores de su vida.

P. No economiza en las escenas de violencia, incluso entre los propios soldados británicos.

R. Fue una atrocidad y el horror fue real. Murieron 60.000 soldados y la aviación alemana bombardeó a los refugiados civiles para bloquear el tráfico militar. En la guerra es muy difícil separar a los culpables de los inocentes. Todo colapsa y se renuncia a todas las normas. Presento en estos capítulos otra perspectiva de la culpabilidad y la purgación.

P. El Reino Unido vuelve a prepararse para la guerra, ¿hay justificación?

R. Hay justificación, aunque no estoy seguro de que sea suficiente. Me encantaría que cayera Sadam Husein, pero la guerra en Irak es una muy mala idea. Espero que la amenaza de guerra le fuerce a permitir el retorno de los inspectores de la ONU. Es la única esperanza que nos queda. Yo no soy pacifista, pero, en este caso, creo que deberíamos contenernos de atacar Irak.

P. ¿Qué papel debe desempeñar un escritor en momentos de convulsión internacional?

R. Miro con sospecha a los escritores que están inmediatamente dispuestos a opinar en público sobre un evento internacional. Hay mucha vanidad y pedantería en el aire. Para hacerles justicia, debo decir que se les pide constantemente su opinión. Mi teléfono suena en cuanto algo sucede en el mundo. Pero yo recelo de convertirme en intelectual público, especialmente cuando los intelectuales se han equivocado en tantos capítulos de la historia del siglo XX.

P. Pero usted publicó un artículo al día siguiente de los atentados del 11 de septiembre.

R. Sí, a petición de The Guardian. Mi primer instinto fue rechazar la propuesta. Luego pensé que si no era capaz de escribir sobre esta tragedia humana, más me valdría permanecer en silencio. Quise dar forma a la respuesta emocional que sintió la gente, sin exponer una opinión política.

P. ¿Qué cambios fundamentales aprecia desde entonces?

R. Miedo y pesimismo. Un acto de agresión genera más agresión, es algo innato en la condición humana. Al Qaeda debe contar con cientos, o quizá miles, de seguidores preparados a morir para vengarse de la destrucción de sus campos de entrenamiento, de la derrota talibán, de la presencia de tropas americanas en la península arábiga... No veo una solución racional posible. Por eso me siento tan pesimista y temo que, tarde o temprano, sufriremos otra atrocidad en Nueva York, Londres o Madrid. El mundo occidental es muy vulnerable.

P. En Expiación da por cerrado el siglo XX. ¿Se siente frustrado ante la intensificación de la violencia en la nueva era?

R. Sí, nuevo siglo con un nuevo tipo de horror. ¿Pero es realmente algo nuevo? ¿O estamos frente a una variante del siniestro espíritu totalitarista que vivimos en el XX, que ha encontrado ahora una expresión religiosa, que quiere imponer su solución final y preserva una única visión en su búsqueda de la utopía? Hay conexiones con el fascismo y el comunismo en la noción de que los medios justifican el fin. La muerte es aceptable, e incluso, deseable, si conduce a un objetivo.

P. La novela está poblada de referencias literarias. ¿Brinda un homenaje a sus antecesores?

R. En cierta forma sí. Entablo un diálogo sobre modernismo y posmodernismo. El primer relato que escribe Briony está totalmente influenciado por Virginia Woolf y, como apunta el crítico Cyrill Connolly, falta narrativa en el texto y valor por parte de su autora. En la última versión, debe romper con Virginia Woolf y remontarse a la novela del siglo XIX, a autores como Jane Austen, que creen en los personajes. Expiación es una novela de personajes. Y Briony es mi mejor creación como personaje. Tuve que creer realmente en ella como persona. No hubiera podido contar esta historia sin recuperar las maravillosas herramientas que nos han dejado George Eliot, Tolstói, Austen y muchos otros autores. También reconozco que recurrí a todos los trucos de la novela posmodernista.

P. ¿Cree que estos recursos literarios serán a la larga sustituidos por influencias del dominante mundo audiovisual?

R. Un buen escritor debe abrazar su tradición para poder cortar con ella. Debe leer para perder sus influencias. Me preocuparía que se consolidara una tradición literaria dominada por escritores semieducados, que no han leído, desconocen la creación anterior y piensan que están inventando algo por primera vez. En los últimos diez años ha aparecido un elevado número de jóvenes escritores brillantes, ignorantes, no muy interesantes, no muy talentosos. Pero el apetito por las novelas nunca va a desaparecer porque ninguna tecnología moderna puede ofrecer el sabor de la mente de otra persona. La televisión y el cine transmiten un fuerte sentido del otro ser, pero nunca pueden alcanzar la familiaridad con un personaje que se logra en la novela. El lector se convierte, en una forma bastante sensual, en parte integrante del pensamiento de un personaje.

P. ¿Cómo explica que no haya surgido un grupo con la misma fuerza que los autores de su generación, como Martin Amis o Julian Barnes?

R. Porque escribir una novela es, ahora, una vía de hacerse rico. Si tienes 21 años -ayuda si eras una chica atractiva- y escribes de sexo, discotecas y drogas, las editoriales te apoyarán con una promoción agresiva. Se trata, con frecuencia, de columnistas de prensa, que cuentan con una audiencia y son conocidos cuando publican su primera novela. Ni ellos mismos pretenden que están haciendo algo significativo.

P. ¿Prima el comercio sobre la creatividad?

R. Sí, todo gira en torno al mercado. También hay buenos autores jóvenes, como Toby Litt y Zadie Smith, y surgirán otros más. No importa que ahora mismo falte un novelista, de unos 40 años, considerado un genio de la ficción inglesa. El género sobrevivirá. Lectores no faltan y los libros son baratos. Las condiciones son buenas y estoy seguro de que emergerán buenos novelistas.

P. Acaba de publicar un ensayo autobiográfico. ¿Es un adelanto a sus memorias?

R. Pensé que este ensayo sería el primer capítulo de mi autobiografía. Pero no he hecho nada desde entonces porque estoy pensando en una novela. Tengo ideas vagas que estoy escribiendo en mi cuaderno sin saber todavía a dónde me dirijo. Pero, uno de estos días, escribiré mi memoria novelada.

BIBLIOGRAFÍA

El placer del

viajero.

Anagrama, 2001.

Amor perdurable. Anagrama, 2001. Destino, 1998. Círculo de

Lectores, 1999.

Primer amor,

últimos ritos. Anagrama, 2000.

Entre sábanas. Anagrama, 2000.

Amsterdam. Círculo de

Lectores, 2000.

Empúries, 1999.

Anagrama, 1999.

Niños en el

tiempo.

Anagrama, 1999.

Los perros

negros.

Anagrama, 1993. Gossos Negres. Edicions 62, 1993.

Jardín de cemento. Tusquets, 1982.

El inocente.

Destino, 1998 (en

catalán)/Anagrama, 1995.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de octubre de 2002

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