LECTURA

Las musas se le negaban a Malraux

Malraux trabajaba en sus manuscritos con tintas azul y roja. Utilizaba notas a veces garabateadas en mapas. Por ejemplo, las anotaciones en un mapa con ocasión de la batalla de Brihuega, en la provincia de Guadalajara, al nordeste de Madrid, que terminó en desastre para las tropas italianas, que dejaron unos 3.000 muertos y 800 prisioneros en el terreno. Los republicanos contaron casi 2.000 muertos y 400 prisioneros. Anotaciones de Malraux:

'Macarronis abren fuego.

'Civiles en los sótanos.

'Hombres llevados....

'... Fase II -no hay nieve.

Dos días más tarde, después acción contra Ibarra.

'Prep. aviación, artillería.

'Garibaldi y franco-belga contra Ibarra.

'1 Dombroski .

'2 (a 1 kilómetro al menos) Garibaldi y Madrid.

André Malraux. Una vida.

Olivier Todd. 'André Malraux. Una vida'. Tiempo de Memoria. Tusquets Editores.

Los partidos comunistas constituían un bloque. A modo de contrapeso, Malraux escribió que no se hace la guerra ni una buena política con una moral, humanista sin duda, pero tampoco se hace sin ella
André Malraux había descubierto en el avión de guerra un símbolo del siglo XX. Gracias al avión, el tiempo y el espacio se modifican, y también la vida de civiles y militares

'3 Campesino marcha

sobre Aorca.

'4 los carabineros de Alcaruda en la cota 940.

'1:40 horas -bomba- artillería'.

'2:10 horas -aviación- salida Dombroski....

'3 bombardeadas toda la noche.

'6 horas las alturas en torno a Bnihuega son tomadas...

'La víspera del ataque de B. trae vino caliente.

'En plena noche Campesino se ha equivocado de carretera, llega ante Brihuega y da la orden de avanzar sobre Horca.

'La 70 (Mura) llega tarde, recoge el material en lugar de los prisioneros. Marchando sobre Cara Arriba.

'Brihuega sitiada -todos los de Brihuega van del kilómetro 80 al 96.

'Tomada hacia las 7 de la tarde.

'Entrada a las 10 de la mañana.

Trazos con lápiz rojo

En aquel mapa, Malraux marcó trazos decididos con lápiz rojo. Su escritura y sus reescrituras, sus tachones y sus recuperaciones cubrían hojas de todos los tamaños. No escribía de un tirón, no tenía la asombrosa facilidad de alguien como Aragón. Malraux sobrecargaba sus versiones mecanografiadas, modelaba su manuscrito como un alfarero modela la arcilla y da forma a una vasija, como un pintor prepara un collage. A menudo pasaba de la primera a la tercera persona, 'yo soy los otros de mi campamento', y a la inversa. En algunos esbozos de la novela comenzada en Estados Unidos -el papel de cartas de los hoteles y sobre todo el del Pensilvania dan fe de ello- llegó a sustituir el nombre 'García', tachado, por el de 'Malraux', no dudando en introducirse en la escena. Aprovechó el viaje de regreso de Estados Unidos a bordo del S / S / Normandie -el papel con membrete del navío de la Compañía General Transatlántica lo prueba- para dar a su novela un buen empujón. Para él, viajar por mar se transformaba en un ritual. El aislamiento de un navío le inspiraba, le liberaba. Permanecía inmóvil, trabajando en el salón o en su camarote. Mientras tanto el buque se movía. Huiría de París y de Clara, de los apartamentos amueblados y de los hoteles del distrito 16. En la calma de un chalet alquilado en Vernet-Les Bains, cerca de Saint-Martin-du-Canigou, no muy lejos de Perpiñán y de los Pirineos, Malraux redactó 50 capítulos, es decir 150 escenas o secuencias. Se levantaba tarde, trabajaba sin desmayo, a menudo de noche, comía y bebía mucho, pastis y vino blanco. Sufría para escribir, pero no de lo que los ingleses llaman el calambre o el bloqueo del escritor. Su tema, la guerra de España, estaba lejos porque escribía, cerca porque el conflicto continuaba al otro lado de los Pirineos, a no mucha distancia del lugar donde residía. Un objeto le cautivó: después del avión civil turístico en Oriente Próximo, Malraux había descubierto en el avión de guerra un símbolo del siglo XX. Gracias al avión, el tiempo y el espacio se modifican, y también la vida de civiles y militares. La realidad y el mito consustancial del avión y los aviadores se habían impuesto en Francia 10 años antes, con Saint-Exupéry. Malraux evitó los aspectos caballerescos del aire, Guynemer contra determinado as alemán. Mostró que una tripulación de siete hombres se siente aún más unida, solidaria y fraternal que un grupo de combate en la Infantería. La novela, titulada La esperanza -Malraux tenía instinto para los buenos títulos-, ponía hombro con hombro a pilotos y mecánicos, a intelectuales y proletarios.

El trabajo de purificación, de depuración del texto fue ante todo literario, técnico, pero también tuvo una dimensión política. Una línea escrita antes de sumergirse en la novela: 'El optimismo de los mitos (comunismo y muchos otros) casa muy bien con el pesimismo de los métodos'. No había un utópico en él: Malraux, ante sí mismo, no creía en un fin milenarista de la historia, estereotipo del pensamiento marxista. Para su versión definitiva de La esperanza, constatación lúcida y retractación -los lectores no lo verán-, Malraux cortó escenas en las que se trataba del comunismo en la URSS, de los procesos recientes, de las desapariciones en Moscú. En sus notas para La esperanza hay observaciones sobre España: 'Además, el terror no llega a todo el mundo. Sólo a algunas categorías'. Malraux, sumergido en su novela, al corriente de las actividades del NKVD, del grupo de información, seguía y permanecería en la retaguardia en lo relativo a la suerte de miles de no comunistas del lado leal a la República. Ni una palabra pública de condena de la legislación que ponía fuera de la ley al POUM; nada contra la supresión de su periódico, La Batalla. Ni una protesta tampoco de Malraux cuando Gide, François Mauriac y Roger Martin du Gard telegrafiaron a Juan Negrín [presidente del Consejo de Ministros] para pedir garantías jurídicas con ocasión del proceso del POUM. En el trabajo de preparación de su novela, Malraux parecía sin embargo cercano a los anarquistas: 'En ellos, siempre en primer plano, esa noción de fraternidad...'. Se trataba de los anarquistas de la FAI. La palabra 'fraternidad' se repetía en el libro de principio a fin.

Dignidad y humillación

En La condición humana, la dignidad era lo contrario de la humillación. Ahora, un héroe de La esperanza proclamaba con la misma fuerza que 'lo contrario de ser vejado es la fraternidad'. Pero, y Malraux lo sabía, un ejército eficaz no se basa en la fraternidad. En su novela se olvidó de plantear una pregunta: la guerra civil entre los comunistas y los anarquistas dentro de la guerra civil contra los franquistas y sus aliados, ¿no contribuía a debilitar a los gubernamentales?

Malraux se atenía a su unidad de lugar, España. En cuanto al tiempo, La esperanza se desarrollaba en ocho meses: comenzaba la noche del 18 al 19 de julio de 1936, en los albores de la guerra civil, y terminaba entre el 18 y el 20 de marzo de 1937, al final de la batalla de Guadalajara, éxito aparente de los leales a la República. No parecía entonces que toda esperanza estuviera perdida, puesto que una brigada del ejército gubernamental arrollaba a los franquistas y llegaba al kilómetro 95 de la carretera Madrid-Zaragoza. De ahí, el título del libro, La esperanza. 'La fuerza más grande de la revolución es la esperanza', afirmaba Guernico. En la novela, esa esperanza parecía independiente del éxito o el fracaso; sobrevivía a la adversidad. Malraux, novelista del absurdo en La condición humana, se convertía en el recitador de la esperanza, lo contrario del absurdo.

Malraux no creaba a partir del acontecimiento en caliente, como un periodista competente, sino que trabajaba materiales candentes, brasas, pues los acontecimientos de su novela se habían desarrollado unos meses antes de la redacción, mientras que en Los conquistadores o El camino real había guardado las distancias temporales, y la primera de estas obras se había tomado algunas libertades respecto a la historia.

En La esperanza ofrecía una obra sincopada, poco clásica hasta en sus proporciones: 223 páginas la primera parte, La ilusión lírica; 103 páginas, la segunda, El Manzanares, y como si le faltase el tiempo, 75 páginas la última que, sin embargo, llevaba por título el del libro, La esperanza. El relato es apasionante, lleno de sacudidas, sobresaltos, ruidos, repleto de personajes, pero siempre controlado, pese a algunos defectos, como la velocidad a veces excesiva. ¿Qué diamante no revela defectos bajo la lupa? Atrapado por las 20 primeras páginas, el lector continúa jadeando con el autor hasta el final. Se trata también de una novela de aventuras militares. Malraux juega con sus capítulos-escenas como si fueran naipes. Duda, coloca los cuadros pesimistas de los aviadores heridos o muertos bajando de la montaña con su cortejo de campesinos antes del final lírico del libro. La esperanza hierve, palabra que se repite en la novela. Las últimas páginas parecen casi pastorales. En el límite de lo verosímil, Manuel, sobre el fondo del avance de los camiones en marcha hacia una victoria republicana, encuentra un disco de Beethoven, Los adioses. Sonata para piano número 26, más bien alegre: la esperanza no podía ser negra. Manuel-Malraux se yergue con la última frase aliterativa del libro, y lo imaginamos levantando el puño: 'Sentía en él esa presencia mezclada con el sonido de los arroyos y los pasos de los prisioneros, permanente y profunda como el latido de su corazón'. Aquella música y los camiones a lo lejos respondían al 'estrépito de los camiones' del comienzo de la novela. Cayendo sobre el latido del corazón de Manuel, poco después del fragmento cantor del fonógrafo y su música, ¿pensaba Malraux en el fin de su última y bastante reciente obra de ficción, El tiempo del desprecio? Allí, Kassner, homólogo comunista de Manuel, recreaba la música de la que había 'intentado' servirse para aguantar en la cárcel. Después de reunirse con su mujer, Kassner se sentía más libre aunque dentro de la derrota general de los comunistas alemanes. Libre, Manuel percibía la victoria republicana en el horizonte. Otro latido. Después de El tiempo del desprecio, tentativa un tanto fallida, La esperanza fue un éxito.

Incrustarse en la historia

Distinguiendo entre política y literatura, y olvidando sus divergencias políticas, Gide dijo a Malraux: 'No ha escrito usted nada mejor; ni siquiera tan bueno. Como si no le costara esfuerzo, alcanza una épica de sencilla grandeza. Los acontecimientos le han ayudado mucho, sin duda'. ¿Ayudado? Más aún, Malraux se incrustaba en la historia. Gide, a quien no le gustaba la historia, estimaba también que La esperanza aclaraba ciertas conversaciones que 'seguían siendo bastante oscuras' o 'explican un poco la posición que (Malraux) ha tomado'. Se trataba de la trama abstracta de la novela con sus hilos políticos en segundo plano. Justificada o no, verdadera o falsa, la voluntad de probar no destruía la obra de arte como a veces sucedía en El tiempo del desprecio. El marxismo aparecía o flotaba, aquí y allá, nunca didáctico ni antinovelesco. Malraux eludía los temas y las expresiones que matan una novela: el partido de los trabajadores, el determinismo histórico, la dictadura del proletariado, siniestra forma moderna de jacobinismo, la historia como ciencia... En cambio, algunas salidas de sus personajes daban con sutil prudencia el tono de sus convicciones o más bien de sus emociones políticas en 1937: 'Cuando un comunista habla en una asamblea, pone el puño encima de la mesa. Cuando un fascista habla... pone los pies encima de la mesa. Cuando un demócrata -americano, inglés, francés- habla... se rasca la nuca y se hace preguntas'. Malraux había comprobado en España que 'los comunistas han ayudado a los comunistas e incluso a la democracia española; los fascistas han sostenido a los fascistas, las democracias no han ayudado a los demócratas'. ¿Por qué?

Perspicaz, el escritor Malraux escribía:

'Nosotros, los demócratas, creemos en todo salvo en nosotros mismos. Si un Estado fascista o comunista dispusiera de la fuerza conjunta de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, estaríamos aterrorizados. Pero como es 'nuestra' fuerza, no creemos en ella. Sepamos lo que queremos. O digamos a los fascistas: fuera de aquí, y si no, os las tendréis que ver con nosotros. Y al día siguiente digamos la misma frase a los comunistas, si es necesario'.

El autor no está alineado, como lo estaban poco antes el 'coronel' o el conferenciante durante su periplo norteamericano. Escritor dotado, escapaba de la política refugiándose en su interior. Precavido y clarividente, guardaba las distancias con respecto a la línea estalinista, dando la palabra a personajes de varias corrientes. Un combatiente de La esperanza dice, sin embargo: 'La servidumbre económica es pesada, pero si queremos acabar con ella estamos obligados a reforzar la servidumbre política o militar, o religiosa, o policial; entonces qué más da'. Y Malraux se repetía 60 páginas más adelante: 'Y si, para liberarlos económicamente (a los obreros), debéis construir un Estado que los esclavice políticamente (...)'. No se podrá reprocharle demasiados olvidos. De nuevo, el periodista Shade, dirigiéndose a un soviético: -En tu país, además... todo el mundo comienza a dárselas de sabihondo. Por eso no soy comunista. El Negus (anarquista) me parece un poco bobo, pero me cae bien.

Amigos equivocados

El Negus en cuestión les dijo a los comunistas que se los 'traga el partido. Se os traga la disciplina, se os traga la complicidad: con el que no es de los vuestros, no tenéis decencia, ni deberes, ni nada'. Para explicarse acerca de su posición procomunista en La esperanza, Malraux escribió dos veces que 'lo difícil no es estar con los amigos cuando tienen razón, sino cuando están equivocados'.

Malraux se transparentaba a través de sus héroes. Uno de ellos, que se le pegaba a la piel sin reflejarlo (Magnin, Malraux), afirma: 'Estaba a la izquierda porque estaba a la izquierda'. Esta tautología, más estremecedora que demostrativa, describía al Malraux de antes de la guerra civil y al Malraux de la España combatiente. Magnin-Malraux prosigue: 'Y además se han anudado entre la izquierda y yo toda clase de lazos, de fidelidades; he comprendido lo que querían, los he ayudado a hacerlo y he estado más y más cerca de ellos cuanto más han querido impedírselo'. Resumen sinuoso de su compañerismo entre París y Moscú desde 1934 hasta 1936: Magnin se alista primero por sensibilidad, más que como consecuencia de razonamientos. Dice lo que no es: ni comunista ni socialista. Pertenecería moralmente a la 'izquierda revolucionaria'. Magnin, en ese punto, se aparta del Malraux hombre, pero vuelve a acercarse a él, y con él a los comunistas, para afirmar que una disciplina revolucionaria estricta debe prevalecer sobre la fraternidad. La impresión de conjunto, en aquel entonces, seguía siendo que Malraux tomaba partido por el partido comunista.

Diferentes comunismos

Al escribir, Malraux aclaraba sus posiciones políticas con todas las justificaciones humanas, las coartadas creadoras del novelista, oponiendo a sus personajes entre sí. Implícitamente distinguía entre comunismo totalitario y comunistas. Pero un personaje, Enrique -a quien Malraux dibujó peor que a otros-, comisario de la formación de elite comunista Quinto Regimiento, observaba: 'Actuar con el partido es actuar con él sin reservas. El Partido es un bloque'. Los partidos comunistas constituían un bloque, el de Moscú y Stalin. A modo de contrapeso, Malraux escribió que no se hace la guerra ni una buena política con una moral, humanista sin duda, pero tampoco se hace sin ella. En el Juicio Final malrauxiano, los comunistas presentaban más características positivas que negativas. De septiembre de 1936 a mayo de 1937, bajo la dirección gubernamental de Largo Caballero, el poder de los comunistas en España se había vuelto cada vez más evidente. Más allá de todas sus simpatías, tiernas o crueles, de novelista, Malraux, como Magnin, no era comunista sino comunistoide, término empleado por entonces por los adversarios del partido.

Por suerte para los lectores, los problemas teóricos y prácticos de los comunistas se integraban en la intriga de La Esperanza sin la asfixiante pesadez de las novelas de tesis demasiado lastradas. Primaban ante todo los 60 personajes y otros temas, más eternos, la guerra y la muerte. Malraux necesitaba tiempo libre, distancia para construir lo que se convirtió en una novela de aventuras políticas, como en La condición humana, y psicológicas, como en Los conquistadores, pero más convincente y realista que esas novelas. Hipnotizado por las ideologías antagonistas, el escritor parecía en su texto menos sensible al salvajismo de la guerra de España que Hemingway, su competidor, que escribió una novela muy diferente sobre el mismo tema, pero aún más famosa en todo el mundo, Por quién doblan las campanas. (¡Doblan por ti, demócrata!).

'Son maravillosos cuando son buenos...', exclamaba Jordan Hemingway hablando de los españoles; 'no hay ningún pueblo como el suyo cuando son buenos, y cuando se vuelven malos, ningún pueblo es peor'. Malraux, partisano y militante, ponía el acento en la 'barbarie fascista', pasando casi por alto los excesos en el campo republicano. (...)

Malraux trabajaba en sus manuscritos con tintas azul y roja. Utilizaba notas a veces garabateadas en mapas. Por ejemplo, las anotaciones en un mapa con ocasión de la batalla de Brihuega, en la provincia de Guadalajara, al nordeste de Madrid, que terminó en desastre para las tropas italianas, que dejaron unos 3.000 muertos y 800 prisioneros en el terreno. Los republicanos contaron casi 2.000 muertos y 400 prisioneros. Anotaciones de Malraux:

'Macarronis abren fuego.

'Civiles en los sótanos.

'Hombres llevados....

'... Fase II -no hay nieve.

Dos días más tarde, después acción contra Ibarra.

'Prep. aviación, artillería.

'Garibaldi y franco-belga contra Ibarra.

'1 Dombroski .

'2 (a 1 kilómetro al menos) Garibaldi y Madrid.

'3 Campesino marcha

sobre Aorca.

'4 los carabineros de Alcaruda en la cota 940.

'1:40 horas -bomba- artillería'.

'2:10 horas -aviación- salida Dombroski....

'3 bombardeadas toda la noche.

'6 horas las alturas en torno a Bnihuega son tomadas...

'La víspera del ataque de B. trae vino caliente.

'En plena noche Campesino se ha equivocado de carretera, llega ante Brihuega y da la orden de avanzar sobre Horca.

'La 70 (Mura) llega tarde, recoge el material en lugar de los prisioneros. Marchando sobre Cara Arriba.

'Brihuega sitiada -todos los de Brihuega van del kilómetro 80 al 96.

'Tomada hacia las 7 de la tarde.

'Entrada a las 10 de la mañana.

Trazos con lápiz rojo

En aquel mapa, Malraux marcó trazos decididos con lápiz rojo. Su escritura y sus reescrituras, sus tachones y sus recuperaciones cubrían hojas de todos los tamaños. No escribía de un tirón, no tenía la asombrosa facilidad de alguien como Aragón. Malraux sobrecargaba sus versiones mecanografiadas, modelaba su manuscrito como un alfarero modela la arcilla y da forma a una vasija, como un pintor prepara un collage. A menudo pasaba de la primera a la tercera persona, 'yo soy los otros de mi campamento', y a la inversa. En algunos esbozos de la novela comenzada en Estados Unidos -el papel de cartas de los hoteles y sobre todo el del Pensilvania dan fe de ello- llegó a sustituir el nombre 'García', tachado, por el de 'Malraux', no dudando en introducirse en la escena. Aprovechó el viaje de regreso de Estados Unidos a bordo del S / S / Normandie -el papel con membrete del navío de la Compañía General Transatlántica lo prueba- para dar a su novela un buen empujón. Para él, viajar por mar se transformaba en un ritual. El aislamiento de un navío le inspiraba, le liberaba. Permanecía inmóvil, trabajando en el salón o en su camarote. Mientras tanto el buque se movía. Huiría de París y de Clara, de los apartamentos amueblados y de los hoteles del distrito 16. En la calma de un chalet alquilado en Vernet-Les Bains, cerca de Saint-Martin-du-Canigou, no muy lejos de Perpiñán y de los Pirineos, Malraux redactó 50 capítulos, es decir 150 escenas o secuencias. Se levantaba tarde, trabajaba sin desmayo, a menudo de noche, comía y bebía mucho, pastis y vino blanco. Sufría para escribir, pero no de lo que los ingleses llaman el calambre o el bloqueo del escritor. Su tema, la guerra de España, estaba lejos porque escribía, cerca porque el conflicto continuaba al otro lado de los Pirineos, a no mucha distancia del lugar donde residía. Un objeto le cautivó: después del avión civil turístico en Oriente Próximo, Malraux había descubierto en el avión de guerra un símbolo del siglo XX. Gracias al avión, el tiempo y el espacio se modifican, y también la vida de civiles y militares. La realidad y el mito consustancial del avión y los aviadores se habían impuesto en Francia 10 años antes, con Saint-Exupéry. Malraux evitó los aspectos caballerescos del aire, Guynemer contra determinado as alemán. Mostró que una tripulación de siete hombres se siente aún más unida, solidaria y fraternal que un grupo de combate en la Infantería. La novela, titulada La esperanza -Malraux tenía instinto para los buenos títulos-, ponía hombro con hombro a pilotos y mecánicos, a intelectuales y proletarios.

El trabajo de purificación, de depuración del texto fue ante todo literario, técnico, pero también tuvo una dimensión política. Una línea escrita antes de sumergirse en la novela: 'El optimismo de los mitos (comunismo y muchos otros) casa muy bien con el pesimismo de los métodos'. No había un utópico en él: Malraux, ante sí mismo, no creía en un fin milenarista de la historia, estereotipo del pensamiento marxista. Para su versión definitiva de La esperanza, constatación lúcida y retractación -los lectores no lo verán-, Malraux cortó escenas en las que se trataba del comunismo en la URSS, de los procesos recientes, de las desapariciones en Moscú. En sus notas para La esperanza hay observaciones sobre España: 'Además, el terror no llega a todo el mundo. Sólo a algunas categorías'. Malraux, sumergido en su novela, al corriente de las actividades del NKVD, del grupo de información, seguía y permanecería en la retaguardia en lo relativo a la suerte de miles de no comunistas del lado leal a la República. Ni una palabra pública de condena de la legislación que ponía fuera de la ley al POUM; nada contra la supresión de su periódico, La Batalla. Ni una protesta tampoco de Malraux cuando Gide, François Mauriac y Roger Martin du Gard telegrafiaron a Juan Negrín [presidente del Consejo de Ministros] para pedir garantías jurídicas con ocasión del proceso del POUM. En el trabajo de preparación de su novela, Malraux parecía sin embargo cercano a los anarquistas: 'En ellos, siempre en primer plano, esa noción de fraternidad...'. Se trataba de los anarquistas de la FAI. La palabra 'fraternidad' se repetía en el libro de principio a fin.

Dignidad y humillación

En La condición humana, la dignidad era lo contrario de la humillación. Ahora, un héroe de La esperanza proclamaba con la misma fuerza que 'lo contrario de ser vejado es la fraternidad'. Pero, y Malraux lo sabía, un ejército eficaz no se basa en la fraternidad. En su novela se olvidó de plantear una pregunta: la guerra civil entre los comunistas y los anarquistas dentro de la guerra civil contra los franquistas y sus aliados, ¿no contribuía a debilitar a los gubernamentales?

Malraux se atenía a su unidad de lugar, España. En cuanto al tiempo, La esperanza se desarrollaba en ocho meses: comenzaba la noche del 18 al 19 de julio de 1936, en los albores de la guerra civil, y terminaba entre el 18 y el 20 de marzo de 1937, al final de la batalla de Guadalajara, éxito aparente de los leales a la República. No parecía entonces que toda esperanza estuviera perdida, puesto que una brigada del ejército gubernamental arrollaba a los franquistas y llegaba al kilómetro 95 de la carretera Madrid-Zaragoza. De ahí, el título del libro, La esperanza. 'La fuerza más grande de la revolución es la esperanza', afirmaba Guernico. En la novela, esa esperanza parecía independiente del éxito o el fracaso; sobrevivía a la adversidad. Malraux, novelista del absurdo en La condición humana, se convertía en el recitador de la esperanza, lo contrario del absurdo.

Malraux no creaba a partir del acontecimiento en caliente, como un periodista competente, sino que trabajaba materiales candentes, brasas, pues los acontecimientos de su novela se habían desarrollado unos meses antes de la redacción, mientras que en Los conquistadores o El camino real había guardado las distancias temporales, y la primera de estas obras se había tomado algunas libertades respecto a la historia.

En La esperanza ofrecía una obra sincopada, poco clásica hasta en sus proporciones: 223 páginas la primera parte, La ilusión lírica; 103 páginas, la segunda, El Manzanares, y como si le faltase el tiempo, 75 páginas la última que, sin embargo, llevaba por título el del libro, La esperanza. El relato es apasionante, lleno de sacudidas, sobresaltos, ruidos, repleto de personajes, pero siempre controlado, pese a algunos defectos, como la velocidad a veces excesiva. ¿Qué diamante no revela defectos bajo la lupa? Atrapado por las 20 primeras páginas, el lector continúa jadeando con el autor hasta el final. Se trata también de una novela de aventuras militares. Malraux juega con sus capítulos-escenas como si fueran naipes. Duda, coloca los cuadros pesimistas de los aviadores heridos o muertos bajando de la montaña con su cortejo de campesinos antes del final lírico del libro. La esperanza hierve, palabra que se repite en la novela. Las últimas páginas parecen casi pastorales. En el límite de lo verosímil, Manuel, sobre el fondo del avance de los camiones en marcha hacia una victoria republicana, encuentra un disco de Beethoven, Los adioses. Sonata para piano número 26, más bien alegre: la esperanza no podía ser negra. Manuel-Malraux se yergue con la última frase aliterativa del libro, y lo imaginamos levantando el puño: 'Sentía en él esa presencia mezclada con el sonido de los arroyos y los pasos de los prisioneros, permanente y profunda como el latido de su corazón'. Aquella música y los camiones a lo lejos respondían al 'estrépito de los camiones' del comienzo de la novela. Cayendo sobre el latido del corazón de Manuel, poco después del fragmento cantor del fonógrafo y su música, ¿pensaba Malraux en el fin de su última y bastante reciente obra de ficción, El tiempo del desprecio? Allí, Kassner, homólogo comunista de Manuel, recreaba la música de la que había 'intentado' servirse para aguantar en la cárcel. Después de reunirse con su mujer, Kassner se sentía más libre aunque dentro de la derrota general de los comunistas alemanes. Libre, Manuel percibía la victoria republicana en el horizonte. Otro latido. Después de El tiempo del desprecio, tentativa un tanto fallida, La esperanza fue un éxito.

Incrustarse en la historia

Distinguiendo entre política y literatura, y olvidando sus divergencias políticas, Gide dijo a Malraux: 'No ha escrito usted nada mejor; ni siquiera tan bueno. Como si no le costara esfuerzo, alcanza una épica de sencilla grandeza. Los acontecimientos le han ayudado mucho, sin duda'. ¿Ayudado? Más aún, Malraux se incrustaba en la historia. Gide, a quien no le gustaba la historia, estimaba también que La esperanza aclaraba ciertas conversaciones que 'seguían siendo bastante oscuras' o 'explican un poco la posición que (Malraux) ha tomado'. Se trataba de la trama abstracta de la novela con sus hilos políticos en segundo plano. Justificada o no, verdadera o falsa, la voluntad de probar no destruía la obra de arte como a veces sucedía en El tiempo del desprecio. El marxismo aparecía o flotaba, aquí y allá, nunca didáctico ni antinovelesco. Malraux eludía los temas y las expresiones que matan una novela: el partido de los trabajadores, el determinismo histórico, la dictadura del proletariado, siniestra forma moderna de jacobinismo, la historia como ciencia... En cambio, algunas salidas de sus personajes daban con sutil prudencia el tono de sus convicciones o más bien de sus emociones políticas en 1937: 'Cuando un comunista habla en una asamblea, pone el puño encima de la mesa. Cuando un fascista habla... pone los pies encima de la mesa. Cuando un demócrata -americano, inglés, francés- habla... se rasca la nuca y se hace preguntas'. Malraux había comprobado en España que 'los comunistas han ayudado a los comunistas e incluso a la democracia española; los fascistas han sostenido a los fascistas, las democracias no han ayudado a los demócratas'. ¿Por qué?

Perspicaz, el escritor Malraux escribía:

'Nosotros, los demócratas, creemos en todo salvo en nosotros mismos. Si un Estado fascista o comunista dispusiera de la fuerza conjunta de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, estaríamos aterrorizados. Pero como es 'nuestra' fuerza, no creemos en ella. Sepamos lo que queremos. O digamos a los fascistas: fuera de aquí, y si no, os las tendréis que ver con nosotros. Y al día siguiente digamos la misma frase a los comunistas, si es necesario'.

El autor no está alineado, como lo estaban poco antes el 'coronel' o el conferenciante durante su periplo norteamericano. Escritor dotado, escapaba de la política refugiándose en su interior. Precavido y clarividente, guardaba las distancias con respecto a la línea estalinista, dando la palabra a personajes de varias corrientes. Un combatiente de La esperanza dice, sin embargo: 'La servidumbre económica es pesada, pero si queremos acabar con ella estamos obligados a reforzar la servidumbre política o militar, o religiosa, o policial; entonces qué más da'. Y Malraux se repetía 60 páginas más adelante: 'Y si, para liberarlos económicamente (a los obreros), debéis construir un Estado que los esclavice políticamente (...)'. No se podrá reprocharle demasiados olvidos. De nuevo, el periodista Shade, dirigiéndose a un soviético: -En tu país, además... todo el mundo comienza a dárselas de sabihondo. Por eso no soy comunista. El Negus (anarquista) me parece un poco bobo, pero me cae bien.

Amigos equivocados

El Negus en cuestión les dijo a los comunistas que se los 'traga el partido. Se os traga la disciplina, se os traga la complicidad: con el que no es de los vuestros, no tenéis decencia, ni deberes, ni nada'. Para explicarse acerca de su posición procomunista en La esperanza, Malraux escribió dos veces que 'lo difícil no es estar con los amigos cuando tienen razón, sino cuando están equivocados'.

Malraux se transparentaba a través de sus héroes. Uno de ellos, que se le pegaba a la piel sin reflejarlo (Magnin, Malraux), afirma: 'Estaba a la izquierda porque estaba a la izquierda'. Esta tautología, más estremecedora que demostrativa, describía al Malraux de antes de la guerra civil y al Malraux de la España combatiente. Magnin-Malraux prosigue: 'Y además se han anudado entre la izquierda y yo toda clase de lazos, de fidelidades; he comprendido lo que querían, los he ayudado a hacerlo y he estado más y más cerca de ellos cuanto más han querido impedírselo'. Resumen sinuoso de su compañerismo entre París y Moscú desde 1934 hasta 1936: Magnin se alista primero por sensibilidad, más que como consecuencia de razonamientos. Dice lo que no es: ni comunista ni socialista. Pertenecería moralmente a la 'izquierda revolucionaria'. Magnin, en ese punto, se aparta del Malraux hombre, pero vuelve a acercarse a él, y con él a los comunistas, para afirmar que una disciplina revolucionaria estricta debe prevalecer sobre la fraternidad. La impresión de conjunto, en aquel entonces, seguía siendo que Malraux tomaba partido por el partido comunista.

Diferentes comunismos

Al escribir, Malraux aclaraba sus posiciones políticas con todas las justificaciones humanas, las coartadas creadoras del novelista, oponiendo a sus personajes entre sí. Implícitamente distinguía entre comunismo totalitario y comunistas. Pero un personaje, Enrique -a quien Malraux dibujó peor que a otros-, comisario de la formación de elite comunista Quinto Regimiento, observaba: 'Actuar con el partido es actuar con él sin reservas. El Partido es un bloque'. Los partidos comunistas constituían un bloque, el de Moscú y Stalin. A modo de contrapeso, Malraux escribió que no se hace la guerra ni una buena política con una moral, humanista sin duda, pero tampoco se hace sin ella. En el Juicio Final malrauxiano, los comunistas presentaban más características positivas que negativas. De septiembre de 1936 a mayo de 1937, bajo la dirección gubernamental de Largo Caballero, el poder de los comunistas en España se había vuelto cada vez más evidente. Más allá de todas sus simpatías, tiernas o crueles, de novelista, Malraux, como Magnin, no era comunista sino comunistoide, término empleado por entonces por los adversarios del partido.

Por suerte para los lectores, los problemas teóricos y prácticos de los comunistas se integraban en la intriga de La Esperanza sin la asfixiante pesadez de las novelas de tesis demasiado lastradas. Primaban ante todo los 60 personajes y otros temas, más eternos, la guerra y la muerte. Malraux necesitaba tiempo libre, distancia para construir lo que se convirtió en una novela de aventuras políticas, como en La condición humana, y psicológicas, como en Los conquistadores, pero más convincente y realista que esas novelas. Hipnotizado por las ideologías antagonistas, el escritor parecía en su texto menos sensible al salvajismo de la guerra de España que Hemingway, su competidor, que escribió una novela muy diferente sobre el mismo tema, pero aún más famosa en todo el mundo, Por quién doblan las campanas. (¡Doblan por ti, demócrata!).

'Son maravillosos cuando son buenos...', exclamaba Jordan Hemingway hablando de los españoles; 'no hay ningún pueblo como el suyo cuando son buenos, y cuando se vuelven malos, ningún pueblo es peor'. Malraux, partisano y militante, ponía el acento en la 'barbarie fascista', pasando casi por alto los excesos en el campo republicano. (...)

Malraux trabajaba en sus manuscritos con tintas azul y roja. Utilizaba notas a veces garabateadas en mapas. Por ejemplo, las anotaciones en un mapa con ocasión de la batalla de Brihuega, en la provincia de Guadalajara, al nordeste de Madrid, que terminó en desastre para las tropas italianas, que dejaron unos 3.000 muertos y 800 prisioneros en el terreno. Los republicanos contaron casi 2.000 muertos y 400 prisioneros. Anotaciones de Malraux:

'Macarronis abren fuego.

'Civiles en los sótanos.

'Hombres llevados....

'... Fase II -no hay nieve.

Dos días más tarde, después acción contra Ibarra.

'Prep. aviación, artillería.

'Garibaldi y franco-belga contra Ibarra.

'1 Dombroski .

'2 (a 1 kilómetro al menos) Garibaldi y Madrid.

'3 Campesino marcha

sobre Aorca.

'4 los carabineros de Alcaruda en la cota 940.

'1:40 horas -bomba- artillería'.

'2:10 horas -aviación- salida Dombroski....

'3 bombardeadas toda la noche.

'6 horas las alturas en torno a Bnihuega son tomadas...

'La víspera del ataque de B. trae vino caliente.

'En plena noche Campesino se ha equivocado de carretera, llega ante Brihuega y da la orden de avanzar sobre Horca.

'La 70 (Mura) llega tarde, recoge el material en lugar de los prisioneros. Marchando sobre Cara Arriba.

'Brihuega sitiada -todos los de Brihuega van del kilómetro 80 al 96.

'Tomada hacia las 7 de la tarde.

'Entrada a las 10 de la mañana.

Trazos con lápiz rojo

En aquel mapa, Malraux marcó trazos decididos con lápiz rojo. Su escritura y sus reescrituras, sus tachones y sus recuperaciones cubrían hojas de todos los tamaños. No escribía de un tirón, no tenía la asombrosa facilidad de alguien como Aragón. Malraux sobrecargaba sus versiones mecanografiadas, modelaba su manuscrito como un alfarero modela la arcilla y da forma a una vasija, como un pintor prepara un collage. A menudo pasaba de la primera a la tercera persona, 'yo soy los otros de mi campamento', y a la inversa. En algunos esbozos de la novela comenzada en Estados Unidos -el papel de cartas de los hoteles y sobre todo el del Pensilvania dan fe de ello- llegó a sustituir el nombre 'García', tachado, por el de 'Malraux', no dudando en introducirse en la escena. Aprovechó el viaje de regreso de Estados Unidos a bordo del S / S / Normandie -el papel con membrete del navío de la Compañía General Transatlántica lo prueba- para dar a su novela un buen empujón. Para él, viajar por mar se transformaba en un ritual. El aislamiento de un navío le inspiraba, le liberaba. Permanecía inmóvil, trabajando en el salón o en su camarote. Mientras tanto el buque se movía. Huiría de París y de Clara, de los apartamentos amueblados y de los hoteles del distrito 16. En la calma de un chalet alquilado en Vernet-Les Bains, cerca de Saint-Martin-du-Canigou, no muy lejos de Perpiñán y de los Pirineos, Malraux redactó 50 capítulos, es decir 150 escenas o secuencias. Se levantaba tarde, trabajaba sin desmayo, a menudo de noche, comía y bebía mucho, pastis y vino blanco. Sufría para escribir, pero no de lo que los ingleses llaman el calambre o el bloqueo del escritor. Su tema, la guerra de España, estaba lejos porque escribía, cerca porque el conflicto continuaba al otro lado de los Pirineos, a no mucha distancia del lugar donde residía. Un objeto le cautivó: después del avión civil turístico en Oriente Próximo, Malraux había descubierto en el avión de guerra un símbolo del siglo XX. Gracias al avión, el tiempo y el espacio se modifican, y también la vida de civiles y militares. La realidad y el mito consustancial del avión y los aviadores se habían impuesto en Francia 10 años antes, con Saint-Exupéry. Malraux evitó los aspectos caballerescos del aire, Guynemer contra determinado as alemán. Mostró que una tripulación de siete hombres se siente aún más unida, solidaria y fraternal que un grupo de combate en la Infantería. La novela, titulada La esperanza -Malraux tenía instinto para los buenos títulos-, ponía hombro con hombro a pilotos y mecánicos, a intelectuales y proletarios.

El trabajo de purificación, de depuración del texto fue ante todo literario, técnico, pero también tuvo una dimensión política. Una línea escrita antes de sumergirse en la novela: 'El optimismo de los mitos (comunismo y muchos otros) casa muy bien con el pesimismo de los métodos'. No había un utópico en él: Malraux, ante sí mismo, no creía en un fin milenarista de la historia, estereotipo del pensamiento marxista. Para su versión definitiva de La esperanza, constatación lúcida y retractación -los lectores no lo verán-, Malraux cortó escenas en las que se trataba del comunismo en la URSS, de los procesos recientes, de las desapariciones en Moscú. En sus notas para La esperanza hay observaciones sobre España: 'Además, el terror no llega a todo el mundo. Sólo a algunas categorías'. Malraux, sumergido en su novela, al corriente de las actividades del NKVD, del grupo de información, seguía y permanecería en la retaguardia en lo relativo a la suerte de miles de no comunistas del lado leal a la República. Ni una palabra pública de condena de la legislación que ponía fuera de la ley al POUM; nada contra la supresión de su periódico, La Batalla. Ni una protesta tampoco de Malraux cuando Gide, François Mauriac y Roger Martin du Gard telegrafiaron a Juan Negrín [presidente del Consejo de Ministros] para pedir garantías jurídicas con ocasión del proceso del POUM. En el trabajo de preparación de su novela, Malraux parecía sin embargo cercano a los anarquistas: 'En ellos, siempre en primer plano, esa noción de fraternidad...'. Se trataba de los anarquistas de la FAI. La palabra 'fraternidad' se repetía en el libro de principio a fin.

Dignidad y humillación

En La condición humana, la dignidad era lo contrario de la humillación. Ahora, un héroe de La esperanza proclamaba con la misma fuerza que 'lo contrario de ser vejado es la fraternidad'. Pero, y Malraux lo sabía, un ejército eficaz no se basa en la fraternidad. En su novela se olvidó de plantear una pregunta: la guerra civil entre los comunistas y los anarquistas dentro de la guerra civil contra los franquistas y sus aliados, ¿no contribuía a debilitar a los gubernamentales?

Malraux se atenía a su unidad de lugar, España. En cuanto al tiempo, La esperanza se desarrollaba en ocho meses: comenzaba la noche del 18 al 19 de julio de 1936, en los albores de la guerra civil, y terminaba entre el 18 y el 20 de marzo de 1937, al final de la batalla de Guadalajara, éxito aparente de los leales a la República. No parecía entonces que toda esperanza estuviera perdida, puesto que una brigada del ejército gubernamental arrollaba a los franquistas y llegaba al kilómetro 95 de la carretera Madrid-Zaragoza. De ahí, el título del libro, La esperanza. 'La fuerza más grande de la revolución es la esperanza', afirmaba Guernico. En la novela, esa esperanza parecía independiente del éxito o el fracaso; sobrevivía a la adversidad. Malraux, novelista del absurdo en La condición humana, se convertía en el recitador de la esperanza, lo contrario del absurdo.

Malraux no creaba a partir del acontecimiento en caliente, como un periodista competente, sino que trabajaba materiales candentes, brasas, pues los acontecimientos de su novela se habían desarrollado unos meses antes de la redacción, mientras que en Los conquistadores o El camino real había guardado las distancias temporales, y la primera de estas obras se había tomado algunas libertades respecto a la historia.

En La esperanza ofrecía una obra sincopada, poco clásica hasta en sus proporciones: 223 páginas la primera parte, La ilusión lírica; 103 páginas, la segunda, El Manzanares, y como si le faltase el tiempo, 75 páginas la última que, sin embargo, llevaba por título el del libro, La esperanza. El relato es apasionante, lleno de sacudidas, sobresaltos, ruidos, repleto de personajes, pero siempre controlado, pese a algunos defectos, como la velocidad a veces excesiva. ¿Qué diamante no revela defectos bajo la lupa? Atrapado por las 20 primeras páginas, el lector continúa jadeando con el autor hasta el final. Se trata también de una novela de aventuras militares. Malraux juega con sus capítulos-escenas como si fueran naipes. Duda, coloca los cuadros pesimistas de los aviadores heridos o muertos bajando de la montaña con su cortejo de campesinos antes del final lírico del libro. La esperanza hierve, palabra que se repite en la novela. Las últimas páginas parecen casi pastorales. En el límite de lo verosímil, Manuel, sobre el fondo del avance de los camiones en marcha hacia una victoria republicana, encuentra un disco de Beethoven, Los adioses. Sonata para piano número 26, más bien alegre: la esperanza no podía ser negra. Manuel-Malraux se yergue con la última frase aliterativa del libro, y lo imaginamos levantando el puño: 'Sentía en él esa presencia mezclada con el sonido de los arroyos y los pasos de los prisioneros, permanente y profunda como el latido de su corazón'. Aquella música y los camiones a lo lejos respondían al 'estrépito de los camiones' del comienzo de la novela. Cayendo sobre el latido del corazón de Manuel, poco después del fragmento cantor del fonógrafo y su música, ¿pensaba Malraux en el fin de su última y bastante reciente obra de ficción, El tiempo del desprecio? Allí, Kassner, homólogo comunista de Manuel, recreaba la música de la que había 'intentado' servirse para aguantar en la cárcel. Después de reunirse con su mujer, Kassner se sentía más libre aunque dentro de la derrota general de los comunistas alemanes. Libre, Manuel percibía la victoria republicana en el horizonte. Otro latido. Después de El tiempo del desprecio, tentativa un tanto fallida, La esperanza fue un éxito.

Incrustarse en la historia

Distinguiendo entre política y literatura, y olvidando sus divergencias políticas, Gide dijo a Malraux: 'No ha escrito usted nada mejor; ni siquiera tan bueno. Como si no le costara esfuerzo, alcanza una épica de sencilla grandeza. Los acontecimientos le han ayudado mucho, sin duda'. ¿Ayudado? Más aún, Malraux se incrustaba en la historia. Gide, a quien no le gustaba la historia, estimaba también que La esperanza aclaraba ciertas conversaciones que 'seguían siendo bastante oscuras' o 'explican un poco la posición que (Malraux) ha tomado'. Se trataba de la trama abstracta de la novela con sus hilos políticos en segundo plano. Justificada o no, verdadera o falsa, la voluntad de probar no destruía la obra de arte como a veces sucedía en El tiempo del desprecio. El marxismo aparecía o flotaba, aquí y allá, nunca didáctico ni antinovelesco. Malraux eludía los temas y las expresiones que matan una novela: el partido de los trabajadores, el determinismo histórico, la dictadura del proletariado, siniestra forma moderna de jacobinismo, la historia como ciencia... En cambio, algunas salidas de sus personajes daban con sutil prudencia el tono de sus convicciones o más bien de sus emociones políticas en 1937: 'Cuando un comunista habla en una asamblea, pone el puño encima de la mesa. Cuando un fascista habla... pone los pies encima de la mesa. Cuando un demócrata -americano, inglés, francés- habla... se rasca la nuca y se hace preguntas'. Malraux había comprobado en España que 'los comunistas han ayudado a los comunistas e incluso a la democracia española; los fascistas han sostenido a los fascistas, las democracias no han ayudado a los demócratas'. ¿Por qué?

Perspicaz, el escritor Malraux escribía:

'Nosotros, los demócratas, creemos en todo salvo en nosotros mismos. Si un Estado fascista o comunista dispusiera de la fuerza conjunta de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, estaríamos aterrorizados. Pero como es 'nuestra' fuerza, no creemos en ella. Sepamos lo que queremos. O digamos a los fascistas: fuera de aquí, y si no, os las tendréis que ver con nosotros. Y al día siguiente digamos la misma frase a los comunistas, si es necesario'.

El autor no está alineado, como lo estaban poco antes el 'coronel' o el conferenciante durante su periplo norteamericano. Escritor dotado, escapaba de la política refugiándose en su interior. Precavido y clarividente, guardaba las distancias con respecto a la línea estalinista, dando la palabra a personajes de varias corrientes. Un combatiente de La esperanza dice, sin embargo: 'La servidumbre económica es pesada, pero si queremos acabar con ella estamos obligados a reforzar la servidumbre política o militar, o religiosa, o policial; entonces qué más da'. Y Malraux se repetía 60 páginas más adelante: 'Y si, para liberarlos económicamente (a los obreros), debéis construir un Estado que los esclavice políticamente (...)'. No se podrá reprocharle demasiados olvidos. De nuevo, el periodista Shade, dirigiéndose a un soviético: -En tu país, además... todo el mundo comienza a dárselas de sabihondo. Por eso no soy comunista. El Negus (anarquista) me parece un poco bobo, pero me cae bien.

Amigos equivocados

El Negus en cuestión les dijo a los comunistas que se los 'traga el partido. Se os traga la disciplina, se os traga la complicidad: con el que no es de los vuestros, no tenéis decencia, ni deberes, ni nada'. Para explicarse acerca de su posición procomunista en La esperanza, Malraux escribió dos veces que 'lo difícil no es estar con los amigos cuando tienen razón, sino cuando están equivocados'.

Malraux se transparentaba a través de sus héroes. Uno de ellos, que se le pegaba a la piel sin reflejarlo (Magnin, Malraux), afirma: 'Estaba a la izquierda porque estaba a la izquierda'. Esta tautología, más estremecedora que demostrativa, describía al Malraux de antes de la guerra civil y al Malraux de la España combatiente. Magnin-Malraux prosigue: 'Y además se han anudado entre la izquierda y yo toda clase de lazos, de fidelidades; he comprendido lo que querían, los he ayudado a hacerlo y he estado más y más cerca de ellos cuanto más han querido impedírselo'. Resumen sinuoso de su compañerismo entre París y Moscú desde 1934 hasta 1936: Magnin se alista primero por sensibilidad, más que como consecuencia de razonamientos. Dice lo que no es: ni comunista ni socialista. Pertenecería moralmente a la 'izquierda revolucionaria'. Magnin, en ese punto, se aparta del Malraux hombre, pero vuelve a acercarse a él, y con él a los comunistas, para afirmar que una disciplina revolucionaria estricta debe prevalecer sobre la fraternidad. La impresión de conjunto, en aquel entonces, seguía siendo que Malraux tomaba partido por el partido comunista.

Diferentes comunismos

Al escribir, Malraux aclaraba sus posiciones políticas con todas las justificaciones humanas, las coartadas creadoras del novelista, oponiendo a sus personajes entre sí. Implícitamente distinguía entre comunismo totalitario y comunistas. Pero un personaje, Enrique -a quien Malraux dibujó peor que a otros-, comisario de la formación de elite comunista Quinto Regimiento, observaba: 'Actuar con el partido es actuar con él sin reservas. El Partido es un bloque'. Los partidos comunistas constituían un bloque, el de Moscú y Stalin. A modo de contrapeso, Malraux escribió que no se hace la guerra ni una buena política con una moral, humanista sin duda, pero tampoco se hace sin ella. En el Juicio Final malrauxiano, los comunistas presentaban más características positivas que negativas. De septiembre de 1936 a mayo de 1937, bajo la dirección gubernamental de Largo Caballero, el poder de los comunistas en España se había vuelto cada vez más evidente. Más allá de todas sus simpatías, tiernas o crueles, de novelista, Malraux, como Magnin, no era comunista sino comunistoide, término empleado por entonces por los adversarios del partido.

Por suerte para los lectores, los problemas teóricos y prácticos de los comunistas se integraban en la intriga de La Esperanza sin la asfixiante pesadez de las novelas de tesis demasiado lastradas. Primaban ante todo los 60 personajes y otros temas, más eternos, la guerra y la muerte. Malraux necesitaba tiempo libre, distancia para construir lo que se convirtió en una novela de aventuras políticas, como en La condición humana, y psicológicas, como en Los conquistadores, pero más convincente y realista que esas novelas. Hipnotizado por las ideologías antagonistas, el escritor parecía en su texto menos sensible al salvajismo de la guerra de España que Hemingway, su competidor, que escribió una novela muy diferente sobre el mismo tema, pero aún más famosa en todo el mundo, Por quién doblan las campanas. (¡Doblan por ti, demócrata!).

'Son maravillosos cuando son buenos...', exclamaba Jordan Hemingway hablando de los españoles; 'no hay ningún pueblo como el suyo cuando son buenos, y cuando se vuelven malos, ningún pueblo es peor'. Malraux, partisano y militante, ponía el acento en la 'barbarie fascista', pasando casi por alto los excesos en el campo republicano. (...)

André Malraux, ataviado con el uniforme de teniente coronel de la aviación republicana española.
André Malraux, ataviado con el uniforme de teniente coronel de la aviación republicana española.

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