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Crónica:13ª Etapa | TOUR 2002

La leyenda trágica

Hace 35 años, en las pendientes malditas del Ventoux, el británico Tom Simpson se desplomaba exhausto y moría

Tom Simpson fue el mito romántico de una Inglaterra que se enteró por Radio Luxemburgo de que había ganado el Mundial de 1965 en San Sebastián. Era el héroe de unos aficionados ingleses que apenas tenían noticias de él porque había emigrado al continente para hacerse profesional, porque vivía en Gante (Bélgica), donde vivían los que querían ser campeones, pero que se alimentaban y alimentaban su leyenda con las fotos en blanco y negro que de Simpson, fino, estilizado, 1,81 metros, 63 kilos, nariz larga y afilada, pecho de paloma, maillot blanco con el damero negro de Peugeot, publicaban las revistas francesas de la época, tan difíciles de conseguir en Inglaterra como caviar de contrabando. 35 años después de su muerte, el 13 de julio de 1967, en la 13ª etapa del Tour de Francia, a apenas kilómetro y medio de la cima del Mont Ventoux, la figura de Simpson, su simple nombre, sigue evocando la leyenda, pero ahora una leyenda trágica, la del héroe que fue más allá de sus fuerzas, de sí mismo, y acabó rindiendo la vida ante su ideal.

Se para en una cabaña para poner coñac en su botellín. Vuelve a la bici y dice que no pasa nada

La realidad, sin embargo, como casi siempre ocurre, fue más prosaica. William Fotheringham, periodista inglés, la cuenta magníficamente en su libro, recientemente publicado, Put me back on my bike (Vuelve a subirme a la bici). Fotheringham ha hablado con todos los supervivientes, con todos los testigos, con la viuda del corredor, Helen, que se casó después con Barry Hoban, otro ciclista del equipo inglés, el corredor que ganó dos días después de su muerte una etapa homenaje, con la gente que conserva sus objetos como si fueran piezas de museo, con el mecánico que guarda la pieza de chapa en la que, blanco sobre negro, figura sólo un número, el número 49, la chapa que llevaba en la bicicleta con la que se derrumbó dos veces y sobre la que murió; ha buceado en decenas de archivos. Ha dado con una realidad olvidada. Ha buscado las claves de la muerte de su héroe infantil y ha encontrado la realidad. La realidad era la dura realidad del ciclismo de los años sesenta, un deporte de trabajadores que más que la gloria buscaban el dinero, y lo hacían sin escrúpulos éticos.

Antes de partir para el Tour en el que moriría, Tom Simpson, de 30 años, se acercó al concesionario de Mercedes en Gante. 'Quiero comprar ese modelo', le dijo al vendedor señalándole el ejemplar más rutilante del escaparate. 'Aquí tiene la entrada. Después del Tour vendrá el resto'. El prodigio de Nottinghamshire, el joven de 19 años que maravillaba a los ingleses, había envejecido. Era un profesional veterano. Tomó el tren para Angers, de donde partió aquel Tour, en la estación de Gante, y le dijo a su mujer 'te espero en París vestido de amarillo'.

Durante el Tour, hablaba mucho con Harry Hall, el mecánico del equipo británico (por aquel entonces el Tour se corría por selecciones nacionales). Le confesó que tenía una cuenta pendiente con el Tour, una carrera que no le correspondía, una prueba en la que había logrado ser sexto hacía cinco años, pero en la que después sólo había encontrado dolor y sufrimiento. 'Tengo que hacer un gran Tour', le dijo a Hall. 'Sé que sólo puedo mejorar mi contrato si hago un gran Tour. Y necesito el dinero'.

Simpson era un competidor nato, un obrero obsesivo, obsesionado con la victoria, un hombre meticuloso y metódico. Usaba tubulares de seda, ultraligeros y ultrafuertes que su mecánico pegaba a la llanta con pegamento Pastelli. Aunque aparentemente su bicicleta blanca fuera de marca Peugeot, eso no era más que una capa de pintura. Usaba una Masi, un artesano italiano, que se las hacía a medida. Cuando mediado el Tour se enteró de que Lucien Aimar, el ganador del 66, usaba ya seis piñones, no paró hasta encontrar juegos de seis y secretamente obligar al mecánico a quitar los juegos de cinco, cambiarlo todo en una noche y sin que nadie se enterara.

Para aquel Tour que pensaba ganar, o acabar en el podio, o entre los cinco primeros como mal menor, tenía un plan. Había seleccionado tres etapas clave en las que no pensaba perder mucho tiempo y luego aprovechar la contrarreloj final para recuperar todo lo posible, ya que era un magnífico rodador. Pensaba atacar en el Galibier, el Mont Ventoux y el Puy de Dôme, que se escalaban por este orden en la última semana. Resistir y llegar a la crono final con un déficit máximo de 3 minutos.

Llegó el Galibier, el coloso de los Alpes. Simpson no está donde se le esperaba. No aguanta con los mejores. No ataca. Por la noche, el mecánico, se dispone a lavar la bicicleta. Huele el sillín: mierda. Simpson ha sufrido una diarrea tremenda. Está enfermo. Se tiene que parar a evacuar en el prado antes de la última ascensión. Después no puede ni bajarse de la bici.

Tres días después es la etapa del Mont Ventoux. Aunque intenta disimularlo, Simpson sigue enfermo. Apenas puede comer. Es la etapa 13ª. Hace un calor infernal. Los técnicos británicos se suben al Peugeot 404 descapotable, que es el coche del equipo. Adelantan al pelotón, entregan el avituallamiento y después se ponen a cola. Comienza la ascensión. Hacía calor y cantaban las cigarras en las laderas del Ventoux. Harry Hall, el mecánico empieza a ver cosas raras, presagios. Simpson se para en una cabaña para poner coñac en su botellín. Vuelve a la bici y dice que no pasa nada. Por entonces ya había vaciado dos de los tres tubos de anfetaminas que llevaba en el bolsillo, en la espalda. Seguía con diarrea.

Seguía con su idea fija. Atacar. Se escapa con Julio Jiménez, pero no resiste el ritmo del español y a siete kilómetros, en Chalet Reynard, es capturado por otros cuatro corredores. Ya entonces notó Aimar, uno de los cuatro, que Simpson llevaba la mirada 'vacía', que no oía, que intentaba todo el tiempo escaparse. 'Un comportamiento muy extraño', explicó años después

La cámara de cine de Harry Hall, a quien le gusta hacer películas para que aprendan los jóvenes, graba sólo la primera parte del drama, que comienza a 2,5 kilómetros de la cima. Simpson zigzaguea. Está fuera de control. La cabeza doblada hacia la derecha, como un pájaro con el cuello roto, como en sus días de pájara. Simpson cayó por primera vez a kilómetro y medio de la cima. Se quedó apoyado contra el talud. Los pies en los rastrales. Aprisionados. 'Bájate, tu Tour ha terminado', le dijo el mecánico, aterrado. 'Quiero seguir, levántame, enderézame', respondió el ciclista. 'On, on, on' (vamos, vamos, vamos), le apremió a su mecánico. Fue un soplo de voz. Más voluntarioso que fuerte. Casi inaudible. Fueron las últimas palabras que dijo, aunque la leyenda, iniciada por un periodista del Sun diga que dijo put me back on the bike ('vuelve a subirme a la bici').

Recorrió 400 metros más, más o menos recto. Súbitamente comienza a tambalearse de nuevo. Cae. Se bajan del coche Hall y Alec Taylor, el director, y sudan para intentar levantarlo. La mirada ida. Las manos agarrotadas en el manillar. Le tuvieron que soltar los dedos uno a uno. Rigor mortis. Un peso muerto. Hall intenta un boca a boca desesperado mientras una enfermera le presiona los pulmones. El calor opresivo, las piedras blancas, una caldera sin aire. La piel del ciclista muestra una transparencia amarillenta. Luego llegó el médico Pierre Dumas con la máscara de oxígeno. Inútil. Simpson estaba muerto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de julio de 2002