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Mundial 2002 | Brasil, campeón por quinta vez

La maravillosa discreción del arbitraje de Collina

Era importante para la salud del fútbol un buen arbitraje. Grandes eminencias del deporte como Beckenbauer, Pelé y Platini habían coincidido con el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, en que el Mundial había sido marcado, y hasta cierto punto manchado, por los malos arbitrajes. Todo el sistema se había puesto en duda. Incluso se hablaba de usar cámaras u otros recursos electrónicos para minimizar los fallos humanos.

La FIFA, que insiste en que los árbitros de carne y hueso son la mejor opción, tomó la decisión de elegir al indiscutido Pierluigi Collina para la final. El italiano se había convertido en una celebridad tan grande en las últimas semanas, hasta saliendo en anuncios de televisión, que uno podríar haber temido por su rendimiento. Pero nada de eso. Salió al campo antes del partido con sus ayudantes, un sueco y un británico, y verlos conversar con seriedad y después animarse y darse abrazos de buena suerte, inspiró confianza.

A los seis minutos, Collina sacó su primera y merecida tarjeta amarilla: a Roque Junior. Y a los nueve, la segunda: a Klose. No tuvo que amonestar a nadie más. Ambos equipos digirieron el mensaje, por si alguien lo dudaba, de que tenían ante sí a un árbitro serio, conocedor de los matices del juego, de las artimañas de las que son capaces los profesionales de las grandes Ligas, y que no se podían andar con tonterías.

Collina condujo el encuentro con maravillosa discreción. Siempre es una presencia en el campo dificil de perder de vista, por supuesto, pero tiene la gran cualidad de irrumpir en el flujo del juego lo mínimo posible. Se atreve a no pitar faltas que otros colegiados más cobardes, por las dudas, pitarían. Pero, cuando debe regañar a un futbolista, tampoco duda. El juego discurrió con un espíritu de alta deportividad. Ningún jugador criticó al árbitro, ninguno dio un grito a un juez de línea. Curiosamente, sólo se pitó un fuera de juego.

Al final, Collina y sus auxiliares se abrazaron, chocaron los cinco como baloncestistas y fueron, sonrientes, a recibir sus medallas. Cuando subió Collina y su famosa cabeza llenó las pantallas del estadio, el público le ovacionó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de julio de 2002