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LOS 23 DE CAMACHO

Historias de 'El Palanca' y 'El Albañil'

Contrapuestos y complementarios, Valerón y Tristán forman la pareja del año

Contrapuestos y complementarios, Diego Tristán y Juan Carlos Valerón son la pareja del año del fútbol español. La sencillez y la filigrana se juntaron en el Deportivo, que enterró su pasado de chicos enclenques, siempre sometidos a la sospecha de su físico. Ahora representan una de las grandes esperanzas españolas.

"Juan Carlos era tan pequeñito que daba miedo verle entre los otros chicos, pero nadie podía quitarle el balón"

A Diego le acusaban de vago y chupón. Entonces su abuelo se subía a un taburete y empezaba a dar voces al entrenador

"¡Es magia!, ¡pura magia!". Cuando sus carreras se juntaron en A Coruña, hace dos años, a Tristán se le iban los ojos viendo a Valerón. Y lo susurraba a algunos oídos: "¡Es magia!". Desde que jugaba en su pueblo, le gustó tener un socio, alguien que le cayese bien y que compartiese su visión del fútbol. Con Valerón no dejó pasar la oportunidad: el juego los hizo cómplices y, entre paredes y centros, se fraguó una amistad. Y también el dúo más creativo del fútbol español. En todas las noches de gloria del Depor, Tristán y Valerón, el duende andaluz y la parsimonia canaria, llevaron la voz cantante. Se han fundido como dos piezas tan inseparables que el seleccionador, José Antonio Camacho, medita dibujar el equipo a su medida para no romper el hilo que los une.

El misterio del fútbol ha hermanado a dos personajes casi opuestos. Tristán es ambicioso, altivo y mundano. Va al peluquero las vísperas de los partidos y se traza patillas con formas cubistas. Valerón es conformista, humilde y religioso. Huye de la ostentación y su madre le acompaña a todas partes. Pero el placer de los goles y los taconazos creó entre ambos una afinidad especial. "Se hicieron amigos en el campo", confirma Miguel Ángel, hermano de Valerón.

Su gusto por la faceta más artística del juego los reunió en un momento en el que sus carreras se debatían entre promesas a medio cumplir y frustraciones tempranas. Cuando se juntaron, Valerón ya había conocido la gloria, pero los seísmos del Atlético, el fracaso en la Eurocopa 2000 y una lesión de pubis le tenían triturado. El entrenador del Depor, Javier Irureta, temió que fuese irrecuperable. A sus 24 años, Tristán sólo había jugado una temporada en Primera y rumiaba la decepción de un fallido fichaje por el Madrid. Tampoco era nada nuevo para dos tipos acostumbrados a la sospecha. Con lo fácil que era fijarse en su talento, hubo quien se obstinó en mirarles el físico. Y los dos fueron niños canijos y escuchimizados, que no dieron el estirón hasta la adolescencia, lo que esculpió sus cuerpos con desmaño. "Daba penita verle", recuerda José Peña, el entrenador que hizo debutar a Tristán en el Atlético Algabeño, el equipo de su pueblo. "La primera vez que le vi, casi me da la risa. No llegaba a los 50 kilos", concuerda Juan Manuel Rodríguez, el técnico que descubrió a Valerón con 16 años. Dos chicos geniales y discutidos que nacieron con seis meses de diferencia -Valerón, el mayor, celebrará en Corea del Sur su 27 cumpleaños- y cuyos primeros recuerdos futbolísticos son los del Mundial de España 82, paradigma del eterno fracaso de la selección.

En el sur de Gran Canaria está Arguineguín, un pueblo de pescadores ahogado por los complejos turísticos y con una fábrica de cemento en la que trabajaba el padre de Valerón, el menor de cinco hermanos. Los niños se pasaban la vida jugando al fútbol y en Reyes se reunían para lucir las camisetas nuevas, cada una de un país distinto. Pero el de Juan Carlos era un caso único. "Nunca se cansaba de jugar", dice Miguel Ángel, dos años mayor y futbolista truncado por una lesión; "si a mí me apetecía hacer otra cosa, no paraba hasta convencerme de que volviéramos con la pelota". Era tan pequeñito que daba miedo verle en medio de los otros chicos. Pero nadie podía quitarle el balón. Como tenía las piernas puntiagudas, le pusieron El Palanca.

Cumplidos los 16 años, llegó al Arguineguín un experto en olfatear jóvenes promesas, Juan Manuel Rodríguez. Valerón no se le escapó y le hizo debutar en Tercera: "En un partido me lo tiraron contra una valla. Le hicieron una entrada y salió despedido casi tres metros. Un locutor me puso a parir. Cuatro años después vino a pedirme perdón". El Palanca era muy tímido, y sus compañeros le azuzaban: "¡Chacho, tú tienes que coger la manija, que tú sabes!". Pero en su defecto estaba también su virtud: jugaba por puro placer, sin otras ambiciones, con una naturalidad infantil que le permitía manejar los entresijos del juego. Lo descubriría tiempo después Orlando, compañero en Las Palmas: "Siempre juega como si estuviera en la playa con los amigos". Ya despuntaba Miguel Ángel y, a través suyo, el club se fijó en el pequeño.

Después de que el Depor fichase a Tristán, Irureta recibió un aviso: "Cuidado, te llevas a un curro romero". Era el estigma que tenía grabado desde pequeño, el debate que ya dividía a la afición de su pueblo. En La Algaba, a cinco kilómetros de Sevilla, abundan las naranjas y los futbolistas. Los tres hermanos Tristán, hijos del propietario de un almacén de frutas, han jugado. Diego, el del medio, empezó con el futbito a los 12 años. Luego, fichó por el Algabeño y se empezó a hablar de sus hazañas. Pero se comportaba como un curro romero, capaz de lo sublime y lo detestable. Y no levantaba un palmo del suelo. El Coria, el catedrático de fútbol del pueblo, le llamaba El Albañil, "como le dicen aquí a los que podrían hacer más de lo que hacen", explica el presidente del club, Juan Mora.

El chaval parecía estancado hasta que llegó un nuevo entrenador. José Peña le metió en un gimnasio y le hizo debutar en Regional con 17 años, justo cuando daba el estirón. A Peña le asombraron su talento natural -el regate y el demoledor disparo con las dos piernas- y sus ganas de aprender. Aunque el Algabeño, según Peña, era "Diego y diez más", una parte del público no dejó de acribillarle: le acusaban de vago y chupón. Para contrarrestarlo, su abuelo se subía a un taburete detrás del banquillo y se pasaba los partidos dando voces al entrenador. El chico tenía la piel dura: cuanto más le silbaban, más filigranas intentaba. Y los otros jugadores le apoyaban: "Míster, como quites a Diego, te echamos". Nadie olvidará un partido en el campo del Castilleja. El Algabeño, con nueve jugadores, ganó gracias a dos goles de Tristán desde el medio del campo. Tanto asustó a los rivales que dos le persiguieron hasta el banquillo cuando se acercó a hablar con el entrenador. Otro día, el Algabeño acudió a hacer de sparring en un entrenamiento del Betis y no se le ocurrió otra cosa que tirarle un caño a Alexis, un veterano. Meses después le fichó el club verdiblanco. A él, sevillista de toda la vida.

A Valerón, que era del Barça, le hicieron engordar casi 15 kilos en Las Palmas. Con 19 años, debutó en el primer equipo, entonces en Segunda B. "Era tan tímido que le daba vergüenza decir 'buenos días", se sonríe Aparicio, el utillero. Su primer contrato fue de 15 millones de pesetas. Cuando lo supo, no podía creerlo: "¡Bufff..., es muchísimo dinero!". "Ya era un jugador formidable, con ese ritmo cadencioso del fútbol canario y con una gran capacidad para ver la jugada un segundo antes", apunta Germán Dévora, leyenda en las islas. Y, aun así, no acabó de ser titular indiscutible. Por eso en el club no se creían que el Mallorca fuese a pagar los 300 millones que costaba su fichaje. Pero los pagó y Valerón cambió de isla.

"Si fue duro irse del pueblo, imagínese a Mallorca", confiesa. Pese a sus progresos, el entrenador, Héctor Cúper, quedó asustado con su físico y le sometió a sesiones intensivas de gimnasio. Tras unas semanas solo en Palma, su madre fue a hacerle compañía y Valerón triunfó en Primera con las mañas de cuando burlaba a los niños gigantones de Arguineguín. No duró más que una temporada porque el Atlético se lo llevó para engrosar otro proyecto Gil, encabezado por un técnico prestigioso y revolucionario, el italiano Arrigo Sacchi. Valerón fascinó a la crítica madrileña, que no tardó en encumbrarle. Camacho también le reclutó y alcanzó la cima el día que la selección, al mando de El Palanca, hizo el partido más memorable en muchos años: 9-0 a Austria. Allí se asoció con Guardiola, a quien admiraba desde joven. "No coincidí en muchos partidos con él, pero Valerón es el jugador con el que mejor me he entendido", asegura el ex azulgrana; "no se equivoca casi nunca. En eso me recuerda a Zidane". Pero no hay club más volátil que el Atlético, que engulló a Sacchi y la temporada siguiente fue sometido a intervención judicial antes de bajar a Segunda. La puntilla para Valerón llegó con la Eurocopa de Bélgica y Holanda, en la que muchos certificaron su defunción futbolística por falta de carácter.

Cuando Valerón ya era una estrella en ciernes, Tristán aún no había salido del Betis B. Otra vez asombraban sus prodigios técnicos y de nuevo se cuestionaba su actitud. "Se veía tan superior a los demás que abusaba de sus recursos", indica José Ramón Esnaola, su entrenador; "discutíamos mucho por eso". Quique Romero, que le acompañaba en la delantera, recuerda: "Si podía adornar un gol con un detalle bonito, nunca dejaba de hacerlo". Se estaba desesperando: iba para los 22 años y el primer equipo le ignoraba. El club le ofreció un contrato humillante: un sueldo de cinco millones y una cláusula de rescisión de 5.000. No lo aceptó y le apartaron del equipo. Y entonces también apareció el Mallorca, que pagó los 125 millones que costaba.

Tristán llegó a Palma el año que Valerón se marchaba y tuvo menos suerte con Cúper. "Este chico aún tiene que llevarse 200 patadas en Segunda", certificó el técnico argentino. Y le mandó al purgatorio del filial. Se hinchó a marcar goles de una belleza inverosímil, que cautivaron a otro entrenador con ojo para los jóvenes y atento a la Segunda, Fernando Vázquez. En cuanto llegó al Mallorca al año siguiente, Vázquez llamó a Tristán. "Le encontré muy bajo porque no veía nada claro su futuro", recuerda ahora. Su debú en la Primera División volvió a ser mágico y borrascoso a la vez. Acabó como el máximo goleador y como el tipo más odiado por una parte de la afición. "Nunca lo entendí", afirma Vázquez.

Diego recaló en A Coruña de rebote. Le había fichado el presidente del Madrid, Lorenzo Sanz, pero éste perdió las elecciones y el ganador, Florentino Pérez, no lo quiso tras divulgarse un informe de la secretaría técnica que le atribuía un exceso de salidas nocturnas. El Deportivo estaba al quite y se lo llevó por 2.500 millones, 700 más de los pagados por Valerón.

La conexión no fue inmediata. Antes tuvieron que curar sus heridas, abrirse paso en el equipo y encontrarse en el campo. Cuando el club de los enclenques estuvo listo para ser fundado, una apoteosis estalló en Riazor. Ahora, cada uno con sus cosas, son socios y amigos: Tristán, con su barroquismo, sus aires de megaestrella y su permanente cuota de detractores; Valerón, con la simplicidad de su fútbol, su desconcertante falta de ambición y su fervor religioso, que se apoderó de su familia después de que un hermano muriese en un accidente de moto. Aunque se relaciona con círculos evangelistas, Valerón insiste en que se trata de un culto privado en el ámbito familiar. En Gran Canaria han construido una granja de caballos y vacas en la que también se reúnen para rezar y que han bautizado Abrisajac, acróstico de Abraham, Isaac y Jacob. La empresa tiene su vertiente humanitaria y patrocina un equipo de fútbol en Ghana.

A veces, hablando con Tristán, a Valerón se le escapa una alusión religiosa. Su socio, que ya ha salido en la prensa del corazón por algún idilio que le atribuyen, se chotea: "¡Pero no ves que esas cosas ya están muy pasadas!". Y se echan unas risas radiantes como goles. Eso es lo que España espera de ellos en Corea del Sur y Japón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de mayo de 2002