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COLUMNA

Mi iglesia

Transcurrió mi infancia entre castos de ropa talar y teja en la cabeza. Yo era el recadero de la calle del Nuncio, nos alquilaban un cuarto en la Ronda de Segovia, y muchas veces me he acordado de las dimensiones de aquellas casas. Sobre todo las que se conocían como parroquias o basílicas, catedrales o iglesias. Había en esos centros unos roperos llamados sacristías donde aprendí a leer. Lo hice ayudado por las manos poderosas de los consagrados al sacerdocio, que nos regalaban por Nochebuena un paquete de alubias para fortalecer el espíritu. A esas manos poderosas de los ungidos confió mi educación mi madre porque acariciaban y pegaban al mostrar el camino del bien. Yo las sigo besando en mi barrio del Pilar, cerca de la tan comentada parroquia de las Fuentes. A mí los principios no se me olvidan porque me ha costado sangre la letra de la enseñanza.

Entre los muchos objetos que guardaban las sacristías había unas imágenes que paseaban por la calle los días de procesiones y el resto del año se daban a particulares. Mi madre recibía esa visita durante una semana, en que la imagen se quedaba con nosotros a cambio de una limosna y mil avemarías. La imagen no nos veía comer ni hacer de vientre porque mi madre la colocaba enfrente de mi cama, sin duda para que me bendijese. Pero yo por la noche no podía dormir. Tenía la imagen metida en los ojos y eso era indicio de mi devoción, según mis maestros de manos poderosas.

Recuperé este recuerdo de niño al morir mi madre, cuando la gente de sotana me echó de aquella habitación del barrio de los Austrias y me trajo a esta casa. Una casa tan chica que concluye al abrirse la puerta. En el espacio habitable, no dividido por biombos o tabiques, acumulé mi patrimonio: una cama, un armario, una cocinita y, junto a ella, el retrete, con un ventanuco para respiración y luz. Era minúscula pero suficiente, y no tan oscura que no pudiera acostumbrarme. La primera vez que me asomé por el ventanuco advertí que a la distancia de un palmo se levantaba una pared. Entonces ignoraba a quién correspondía, pero a los pocos días reconocí el aliento de mi vecino: emanaba voces rítmicas que me trasladaban al barrio de mi niñez: ¡aquella colegiata de San Isidro, aquellas calles de la Pasa y Sacramento, aquella cruz de Puerta Cerrada! Porque soy un sentimental de los villancicos y las saetas, de las torrijas y los cilicios, extendí la mano a través del ventanuco y toqué la pared emisora de himnos y rezos. Fue igual que si hubiera llamado a la puerta: a la velocidad de un milagro, se me presentaron unos sacristanes con la imagen bendita, lo mismo que en tiempos de mi madre. Procedían precisamente del sitio cuyo muro yo había golpeado, esa pared que rezumaba vida de piedad.

Al cabo de una semana me retiraron la imagen, conforme a la costumbre. Con la nostalgia de lo que se echa de menos, aludí a mis antecedentes religiosos y los que se habían llevado la imagen volvieron enseguida. Pero no con ella, sino con un clarete de misa y mucha caridad fraterna. Les senté en la cama a falta de otro sitio donde acomodarles y de traguito en traguito rezamos el triduo de la buena muerte y el rosario completo.

Estábamos tan entretenidos que les costaba marcharse. Por ello y en recompensa a mi hospitalidad, me proporcionaron imágenes sin cobrarme el alquiler. Suavemente, ellas ocuparon el hueco de mis huéspedes. Para alojarlas tuve que vaciar de ropa el armario, clausurar la cocina, sellar el retrete y hasta tenderlas en mi cama mientras yo me acostaba en el piso. Pero daba por bien empleadas estas mortificaciones porque si necesitaba socorro tocaba la pared y desde el otro lado me enviaban indulgencias.

Poco a poco caían las escamas de mis ojos y la pared se tornaba transparente para deslumbrarme con la visión del paraíso a mi alcance. Así que cuando la pared que me separaba de la dependencia diocesana se vino al suelo, igual que las murallas de Jericó, he pasado a formar parte del culto. Es cierto que he perdido la poca luz que tenía y que ya no me da el aire, sino el incienso, pero pertenezco al cuerpo místico, como decía mi madre.

Por voluntad divina, mi casita se ha convertido en una prolongación de la iglesia. Una pila bautismal es mi cocina, mi cama un reclinatorio y mi armario un altar. Me muevo entre imágenes y del techo cuelgan exvotos. No sabía cómo santificar el retrete, pero un consagrado me lo ha resuelto: se sienta en la taza a escuchar al pecador y al terminar la confesión tira de la cadena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de abril de 2002