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Entrevista:Ramón Saizarbitoria | UN COSMOPOLITA DE LAS LETRAS VASCAS

'No estoy dispuesto a sufrir por ser vasco'

Tras haber abordado brillantemente los desgarros de su generación en Los pasos incontables, el escritor vasco salda sus cuentas con el legado nacionalista en la novela Guárdame bajo tierra, editada ahora en castellano. 'El olvido pertenece a la memoria', asegura.

Después de haber modernizado la literatura en euskera, Ramón Saizarbitoria (San Sebastián, 1944) permaneció casi dos décadas en silencio literario antes de volver a coger la pluma.

PREGUNTA. ¿Por qué esa ausencia tan prolongada y a qué ha obedecido su regreso?

RESPUESTA. Aquella primera etapa estuvo dominada por el propósito militante de impulsar la cultura y la literatura en euskera que vivía anclada en el ruralismo. No me sentía muy capaz de aportar algo a la literatura, pero a cambio tampoco me parecía tan difícil modernizarla, abrirla a las corrientes europeas. Fueron escarceos literarios, más que otra cosa. Yo no tenía mucha fe en mis aptitudes literarias. No me aceptaba como escritor porque para mí los escritores eran Joyce, Beckett y Proust. De todas formas, con Ene Jesús descubrí posteriormente que había recorrido, sin saberlo, el mismo camino que Samuel Beckett en Malone muere. Fue como si después de grandes esfuerzos descubres la teoría de la relatividad y luego te enteras de que Einstein ya la había descubierto mucho antes. Aquello me resultó frustrante: 'Todo está inventado, soy un ingenuo, yo no tengo nada que añadir a esto de la literatura', me dije. Pero al mismo tiempo, me quedó cierta sensación de orgullo porque, al fin y al cabo, me lo había trabajado yo solito, había superado un proceso arduo y doloroso y había llegado al lugar por el que había pasado un verdadero escritor.

'La versión de que los vascos perdimos todas las guerras es tan falsa como la de que ganamos batallas a los romanos'

'Hay que desacralizar la escritura. La pregunta no es por qué los escritores escribimos, sino por qué los lectores no escriben'

P. Razón de más para seguir escribiendo, ¿no?

R. Llegó la democracia, la efervescencia política. Fui concejal de Euskadiko Ezkerra (EE) en el Ayuntamiento de San Sebastián y, además, fueron años de despegue para la investigación en el campo del Bienestar Social, donde trabajo. De todas formas, no abandoné totalmente la escritura. Ya tenía en la cabeza el libro Hamaika pauso (Los pasos incontables) y, de vez en cuando, cogía un fin de semana y escribía unos folios. Después, igual me pasaba dos meses sin hacer nada o tiraba todo a la basura porque me encontraba muy perdido. Era un proyecto demasiado ambicioso para compaginarlo con mi trabajo y mi actividad política. No sabía dónde estaba y se me pasaron así un montón de años. Sufrí mucho.

P. ¿Por las dificultades técnicas de la novela o por los problemas derivados del intento de reflejar el desgarro político y personal de su generación?

R. Por las dos cosas. Fue un momento políticamente interesante. El caso es que hasta 1998 no conseguí sacar la novela. Me ayudó mucho leer una cosa de Natalia Ginzburg en la que dice que se sabe una ínfima escritora, cosa que no es verdad, en absoluto, dicho sea de paso, pero que tiene las mismas inquietudes y sufrimientos, los mismos gozos y emociones que un gran artista. Eso me llevó a asumir mi papel de pequeño artista y a comprender también que incurría en un acto estúpido de soberbia al no aceptar compararme más que con Joyce o Proust. Ahora no me da vergüenza decirlo: sí señor, soy escritor y además tengo muchas ganas de escribir. Estoy saldando mis cuentas con el pasado y recomponiendo mi historia. Cada vez me abro más al mundo de lo imaginario.

P. ¿Y cuál es su historia?

R. Digamos que abordo la realidad, aunque soy muy consciente de que lo mío es una simulación de la realidad. De hecho, algunas de mis novelas comienzan desvelando el final porque me interesa que el lector tenga bien presente que en este juego él va de mi mano. Pero esto no significa que yo renuncie a interpretar la realidad. En las cinco novelas que componen Gorde nazazu lurpean (Guárdame bajo tierra) es evidente, demasiado quizá, que trato de mostrar el tremendo peso que nos ponen sobre los hombros a los que nacemos en naciones pequeñas, en naciones que no se sabe seguro si existen, cuya existencia se discute, que cuentan con unas fronteras y límites confusos y que viven bajo la esquizofrenia lingüística y política. Se supone que todo esto nos hace ser de una manera determinada a quienes hemos nacido en el seno de una familia nacionalista. Es una carga muy pesada.

P. ¿Siempre hay una gran reflexión previa en sus obras? Parecen estar muy prefiguradas, muy trabajadas de antemano.

R. Me siento heredero de la 'nueva novela francesa', de esos viejos escritores que como Claude Simon y Robb Grillet han aportado cierto rigor científico, entre comillas, claro. En su ensayo sobre Proust, Beckett dice que sólo quien no tiene memoria tiene necesidad de recordar, y concluye que Proust tiene mala memoria. A mí me pasa algo de eso.

P. ¿Qué es eso de saldar cuentas?

R. Por supuesto, el olvido es una forma de la memoria. Yo trato de saldar cuentas precisamente con mi historia, y como dice Claude Simon: 'La memoria es un plato roto que tú tratas de recomponer'. Reconstruir el plato es lo más divertido de la literatura, pero supone un esfuerzo analítico. Es un juego en el que colocar acertadamente las piezas requiere cierto rigor técnico. Por muy pedantes que puedan parecer los de la 'nueva novela francesa', yo estoy con Ricardou cuando afirma que más que contar aventuras lo que hay que hacer es contar la aventura de contar. Yo, que de joven me he divertido mucho más con Baroja que con Salgari, busco igualmente que el lector se reconozca en la aventura de contar, que vea el esfuerzo que estás haciendo. Marx Frisch decía que la realidad no le interesaba hasta verla convertida en literatura. Ahí es donde yo animo a la gente, no a leer, sino a escribir. Hay que desacralizar la escritura. La pregunta no es por qué los escritores escribimos, sino por qué los lectores no escriben.

P. Las narraciones que componen Guárdame bajo tierra tienen como elemento común visible las exhumaciones, de cuerpos en la mayoría de los casos. ¿A qué responde?

R. Al azar. La sinopsis de una película me hizo recordar una historia que yo había escrito mucho antes y ahí nació la primera historia que encuentra la salida en la exhumación. Después me propuse hacer una caricatura del escritor neurótico porque, bueno, que me perdonen mis colegas, pero yo creo que entre nosotros hay mucho neurótico ¿no? A partir de ahí, empecé a sentirme como un novelista por encargo y a divertirme buscando historias de entierros y exhumaciones. Me encontré con la fantástica historia del manuscrito que el pintor y poeta prerrafaelita Dante Gabriel Rosseti enterró junto al cadáver de su esposa para lavar su mala conciencia por el mal trato que le daba a la pobre. Y luego, claro está, caí en la cuenta de que aquí, en casa, tenemos el trasiego con el cadáver del fundador del PNV, Sabino Arana. Me di cuenta de que, al final, ésa era la historia que más me interesaba.

P. ¿Otra buena oportunidad para saldar cuentas?

R. Eso es. Escribirla ha sido una auténtica liberación y supongo que muchos vascos se identifican ahí conmigo. Esa carga que recibimos los hijos de los nacionalistas, ese encargo, ese mandato de defender la casa del padre y todo eso... El libro está dedicado a un antiguo gudari (soldado vasco) porque quiero subrayar que esos viejos nacionalistas no tienen mucho que ver, creo yo, con lo que está pasando, con lo que hace esa gente. Pero es verdad que nos han dejado una herencia muy pesada. Esto de que para ser buen vasco tengas que ser un héroe...

P. De ahí, la frase 'zu zera nere aberria' (tú eres mi patria) que el personaje principal le dice al final a la joven, hija de nacionalista como él.

R. Sí, lo hago sin por otra parte renegar, con afecto. Ahí está lo difícil, porque eso tampoco es fácil de entender para la gente que está sometida a la violencia de un sector nacionalista. No, no tiro los huesos de Sabino a la basura, quiero salvar lo salvable en esa herencia, lo positivo que pueda haber. Creo que con eso cumplo. Todo nacionalismo lleva en sí mismo algo muy peligroso. Lo que le digo a mi padre en la novela es que no estoy dispuesto a sufrir por ser vasco, que no renuncio a mis señas de identidad, pero que de ninguna manera estoy dispuesto a inmolarme y mucho menos a considerar enemigos a la mitad de los ciudadanos que viven conmigo en este país. No me he psicoanalizado, pero intuyo que después de escribir El huerto de mis antepasados he hecho algo de eso.

P. En Los pasos incontables hay una transmisión simbólica, una usurpación más bien de la titularidad de la patria. ¿Cabe deducir del libro que para acabar con ETA el nacionalismo tendría que inmolarse, morir matando, que el PNV y EA deberían depurar parte de su doctrina, renunciar a una serie de postulados?

R. Efectivamente, espero que del nacionalismo salga una corriente fuerte que, no sé si se llamará nacionalista o lo que sea, que diga que hay que ser solidarios con las víctimas y generosos, que proponga que la cuestión de la autodeterminación quede relegada al menos unos años, hasta que se aclare todo. Sé que es difícil porque hay muchos nacionalistas que creen que no está bien renunciar a sus postulados bajo la influencia de ETA. Pero deberían verlo también de otro modo, deberían pensar que, tal y como están las cosas, esa muestra de solidaridad pudiera ser beneficiosa para rescatar de todo este conflicto a la cultura vasca y el euskera, que es lo que a mí más me importa.

P. ¿Por qué plantea con tanta constancia el problema de la incomunicación y las dificultades de las relaciones interpersonales, particularmente entre el hombre y la mujer?

R. Porque en gran medida nos jugamos ahí nuestra felicidad. Estoy muy atento a ese fenómeno desde mi tercera novela y no dejo de preocuparme. Además, es un tema inagotable.

P. ¿Y por qué sus personajes masculinos son muchas veces tipos pusilánimes, gente que se inhibe, impotentes para amar, acaso cobardes para la acción. Tan humanos, podríamos decir?

R. Mis personajes masculinos son un poco miserables, sí. Hay una cierta caricaturización, pero me parece un buen ejercicio reconocer nuestra parte de esa miseria y tratarla con ironía y hasta con sarcasmo. Me divierte hacerlo, pero no niego que yo también llevo dentro de mí algo de ese personaje del vendedor de enciclopedias.

P. En una de sus narraciones, uno de los personajes le pregunta insistentemente al protagonista: '¿Pero, qué os pasa a los vascos?'. Eso, ¿qué les pasa?

R. Es una pregunta a la que nos vemos confrontados continuamente. La gente no entiende verdaderamente nuestra realidad, no se explica cómo hemos podido llegar a esto y la verdad es que es una historia bastante inexplicable. Lo peor que nos está pasando a los vascos es que nos estamos cansando, estamos aceptando que seguramente no veremos la salida y que puede que nuestros hijos tampoco.

P. Esa mujer, por cierto, lectora asidua de Babelia, le dice: 'Tú eres un melancólico, la mayoría de los vascos lo sois. Estáis en guerra porque añoráis la derrota'. ¿No es una visión demasiado romántica del asunto?

R. Sí, la versión de que los vascos hemos perdido todas las guerras es tan falsa como la historia de que ganamos batallas a los romanos. No es más que una manera de darle vueltas al calcetín. De tal manera que hay algún poeta joven que proclama orgulloso: 'Somos perdedores de batallas; aquí venimos tras mil derrotas'. En esta estupidez que se ha organizado, ellos pueden metabolizar cualquier cosa, por lo visto. Cualquier cosa puede darles pie a sentirse orgullosos.

P. ¿Cómo explica que trabajando en una lengua tan minoritaria como el euskera hayan surgido hasta media docena de buenos escritores? Hablo de usted, de Bernardo Atxaga, de Anjel Lertxundi, de Koldo Eizaguirre...

R. Cuando le preguntaron a Beckett por qué había tantos escritores en Irlanda respondió que cuando la mierda te llega hasta el cuello lo único que puedes hacer es cantar. Puede que en Euskadi esté pasando algo parecido y que por eso muchos nos hayamos refugiado en la imaginación. En 30 años, hemos pasado de ser un país ágrafo a doblar la tasa de publicación media española. El ambiente cultural animaba a escribir y cuando escribe mucha gente es más fácil que salga algo que merezca la pena. Al ser una literatura pequeña, no hemos tenido la presión que supone la lógica del mercado. Así, escribiendo sin angustia, más o menos lo que nos daba la gana, hemos ido creando el lenguaje literario en euskera. La lengua vasca ha dado un salto de gigante, pero lo que pasa es que cada etapa conlleva nuevos retos.

P. Todavía hay mucha gente que escribe en euskera para hacer patria, ¿no?

R. Los jóvenes se toman las cosas con mucha naturalidad, combinando el euskera y el castellano y con la firme aspiración de hacerlo sobre una base profesional. Sigue habiendo un sector que funciona en las claves patrióticas y es verdad que el nacionalismo utiliza la lengua para justificar sus reivindicaciones. Es un círculo que hay que romper porque el euskera debe dejar de ser patrimonio nacionalista. También creo que los no nacionalistas deberían asumir un mayor compromiso con la cultura y la lengua vascas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de marzo de 2002