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Reportaje:ARCO GLOBAL

Un arte con conciencia étnica

Ensanchar su mercado en Europa y que su arte sea conocido. Ésos son los dos grandes objetivos que se han marcado los artistas y las galerías australianas en Arco 2002, donde asisten como invitados de honor. El arte contemporáneo en Australia se mueve básicamente entre el modelo occidental y la tradición indígena, aunque en las dos últimas décadas Asia atrae muchas de las miradas de los creadores más jóvenes.

Las artes visuales contemporáneas en Australia son como un shiva hindú de múltiples brazos -tal es su variedad de estilos y lenguajes- que desde el continente mira hacia Oriente y Occidente. Ésta es la primera conclusión a que se llega cuando se intenta dibujar el perfil de las artes visuales de esta vasta isla. Y es que el diálogo permanente entre artistas con distintos backgrounds culturales ha convertido sus resultados creativos en una práctica muy diversa, comprometida socialmente y llena de frescura.

El número de creadores visuales es muy alto pese a que el mercado australiano es reducido. No puede ser de otra forma en una nación de 20 millones de habitantes. Por ello, galeristas, directores de museos y de bienales -la de Sydney, con Richard Grayson al frente, y la de Adelaida son las de mayor impacto público-, y responsables del Australia Council for the Arts acuden a Arco con un considerable despliegue de medios y entusiasmo: que Australia haya sido escogida como invitada de honor puede ser un primer paso para que su arte sea conocido y ensanchar así su mercado con Europa.

Ciento treinta y seis artistas australianos, 30 directores de salas de arte y 12 coleccionistas representan a su país en esta edición de Arco

En los ochenta, los artistas aborígenes se incorporaron desde las periferias creativas a los centros artísticos

La mayor parte de las galerías australianas han incorporado obras indígenas a su programación

Las contradicciones sociales, los marginados y los abusos cometidos son temas recurrentes

En este país, el término artes visuales contemporáneas incluye tanto el arte que sigue modelos occidentales como el que parte de la ensoñación y mantiene sus raíces en la tradición indígena. Fue en los ochenta cuando los artistas aborígenes se incorporaron con fuerza desde las periferias creativas a los centros artísticos no sin tensiones ni momentos amargos. A partir de entonces, en Australia existe un solo arte contemporáneo. Su carácter es por tanto dual porque uno y otro se basan en conceptos distintos, tal como señala el crítico Andrew Sayers.

La narrativa no figurativa y de código cerrado de los artistas indígenas cohabita con la de formas occidentales. Ya no viven separadamente. Es más, algunos creadores de procedencia aborigen como Gordon Bennet, Tracey Moffatt, Destiny Deacon y Michael Riley han desdibujado incluso esta línea de diferenciación al sustituir los soportes tradicionales como la pintura por otros nuevos como la fotografía, el vídeo y la instalación. Sin embargo, tal como afirma Wally Caruana, ex responsable del área de arte aborigen del Museo Nacional de Australia (Canberra), 'estos creadores que trabajan con lenguajes occidentales siguen manteniendo elementos conceptuales o formales indígenas en su obra y reflexionando a menudo para atraer la atención crítica de los espectadores hacia la realidad aborigen'.

El arte aborigen es considerado como parte del conjunto que constituye el arte contemporáneo australiano. Y con este carácter se presenta a esta edición de Arco 2002. Paul Greenaway, comisario del programa y a la vez el australiano más veterano en la feria (lleva 10 años asistiendo a ella con la galería que regenta en Adelaida), comentaba en Sydney: 'No podemos subestimarlo. Ha sido el acontecimiento de la vida artística australiana más significativo de los últimos 20 años. Y no es un material de interés etnográfico, como lo fue en el pasado, sino que forma parte intrínseca de la realidad de las artes visuales australianas'.

No dejaba de insistir en ello terminada la presentación del programa Australia with the Rest of the World ante algunos de los 136 artistas, 30 directores de salas de arte y 12 coleccionistas que se trasladarán a Madrid: 'Los miles de años de tradición artística de las comunidades aborígenes es el elemento que marca el carácter de cosa única que posee el arte de este continente. Ello junto a la apuesta de muchos artistas por las nuevas tecnologías (un fenómeno que se ha dado igualmente en la vida diaria y que ha roto de una vez el feroz aislacionismo que había caracterizado a este país) y de las intensas relaciones con países asiáticos plasmadas en múltiples influencias e intercambios'.

Gene Sherman, codirectora de las galerías que llevan su nombre en Sydney y que se cuentan entre las vanguardistas de más prestigio, se refería a las artes de los antípodas con estas palabras: 'El mundo es uno. Pero este continente es distinto de todos y aislado. Durante mucho tiempo ha vivido separado del resto del planeta. Y cuando ha tenido la oportunidad de crear lo ha hecho partiendo de cero y con total libertad, sin que asomaran el peso de la historia y de la tradición'.

Lo explicaba en su casa de Paddington, un barrio a la vez bohemio y residencial donde se concentran la mayoría de galerías de la ciudad. Rodeada de lienzos de John Olsen, el gran poeta de paisajes abstractos que mantuvo un idilio con la cultura española y que vivió en Mallorca entre 1957 y 1960, Sherman afirmaba: 'Los creadores australianos además son muy críticos, cosa que los distingue de los europeos en este momento. Las contradicciones de la sociedad australiana, los marginados, los abusos cometidos con los indígenas, son temas recurrentes en sus obras. En sus orígenes modernos este país fue colonia penitenciaria. La mayoría de sus habitantes (o como mínimo sus familiares) llegaron en condición de emigrantes y de personas desplazadas por guerras. Éstos son los antecedentes de los mismos artistas sin ir más lejos. Y ello explica su especial sensibilidad por los temas políticos y sociales. Imants Tillers, hijo de letones, es paradigma de ello y uno más entre muchos'.

Los espacios públicos para los artistas abundan. El Australia Council for the Arts mantiene un interés prioritario hacia ello. RMIT Gallery (Melbourne) y CAOS son muy activos. Esta última es una asociación que se extiende por todo el territorio. Artspace y el Centro de Fotografía de NSW, en Sydney, son dos de sus miembros. Sobre CAOS pivota el desarrollo de las prácticas y de la reflexión crítica más innovadoras de las artes visuales.

Nicholas Tsoutas está al frente de Artspace desde 1981. Es contundente respecto al carácter del arte austral: 'Estas dos últimas décadas, los trabajos de los creadores visuales son muy potentes y seductores. Europa y América continúan siendo puntos de referencia, pero Asia atrae muchas miradas por su proximidad geográfica'.

Lo cierto es que la atención de los creadores hacia Japón, China y Corea es un hecho incontestable. Gia Nhi Phuna, directora de la Gallery4A de Sydney -un espacio dedicado a artistas asiático-australianos sin ánimo de lucro-, destacaba que el interés por Asia ha trascendido el estadio de curiosidad para convertirse en un elemento de la identidad cultural australiana. 'Y Jan Minchin, de Tolarno Galleries (Melbourne), apostillaba: 'Aquí uno nunca se aburre. La gente llega con distintos backgrounds y ofrece nuevas perspectivas cada día. Por ejemplo, Occidente converge con Oriente en una pintura del artista Tim Johnson que se podrá ver en Arco. El autor invitó al artista tibetano Karma Phuntsok para que pintara la imagen de buda en el centro. Otras obras de Johnson incluyen imágenes de Vietnam y de China y referencias al arte aborigen'.

Sin embargo, esta calidad de ideas lo mismo que el espíritu innovador, cuestionador y multicultural de las artes visuales australianas es un fenómeno reciente. En los cuarenta, cuando la sociedad australiana era radicalmente eurocéntrica, autores que siguieron postulados de modernidad como James Gleeson y James Kant no pasaron de copiar a los surrealistas europeos. Y otro tanto con la obra de los abstractos Grace Crowley, Ralph Balson y Frank Hinder en los cincuenta y sesenta: sus obras son pura mímesis de los expresionistas americanos. Estos resultados no significan que no preocupara encontrar un estilo personal, pero la fuerza del paisaje australiano y la falta de una tradición de modernidad daba al traste con ello. Las excepciones fueron contadas: Margaret Preston, Sydney Nolan, Ian Fairweather, Arthur Boyd y John Olsen. Pese a ello, el espíritu vanguardista tuvo un elemento positivo: preparó el terreno para las generaciones posteriores.

En Australia se empezó a generar un arte personal y con conciencia ética y social, a finales de los setenta. Los autores clave desde entonces han sido: el conceptual Ian Burn (murió en 1993), el posmoderno Imant Tillers, el fotógrafo Bill Henson y Mike Parr, maestro de instalaciones. A partir de los ochenta, destacan sobretodo otros pintores y performers como Fiona Hall, que con seductora delicadeza indaga el impacto de la colonización en la naturaleza; Peter Callas, el más avanzado y atrevido en el uso de nuevas tecnologías, y Linda Lee, de origen asiático que rastrea el racismo en Australia con una estética mezcla de abstracción, zen y mitología. Desde finales de los ochenta, cabe citar a Gordon Bennet -el primer artista aborigen urbano- y a Tracey Moffatt-muy conocida en España-. Y ya en los noventa entran en escena con fuerza Destiny Deacon y Constanze Zikos, seguidos de la generación más joven que sigue incorporando un amplio repertorio de estilos y géneros (escultura, pintura, nuevas tecnologías, instalaciones, fotografía y performances), sin dejar de lado su preocupación por lo marginal y por los puntos flojos de la sociedad australiana: Patricia Piccinini, que indaga en los desesos consumistas; Mari Velonaki, con sus sensuales instalaciones, y Carmen Soraya Moreno Hernández, catalana de origen (Girona, 1967), que con sus geometrías de ordenador ha sido la gran revelación de la última Primavera del Museo de Arte Contemporáneo de Sydney.

Vivienne Webb, comisaria del citado museo, resume de forma gráfica lo que distingue a estas generaciones: 'Los artistas australianos trabajan con un gran abanico de formas y en un contexto global. Sin embargo, existe una corriente que se distingue por la fuerza de sus planteamientos al tomar historias reales como puntos de mira. Son muchos los que han optado por la identidad como tema. Y es que en este país se juntan una historia ancestral de pueblos aborígenes, un pasado colonial reciente y las realidades de los emigrantes'.

Caruana considera 'que la introducción de pinturas sobre cortezas de árbol y de esculturas aborígenes en el Museo de Nueva Gales del Sur a finales de los años cincuenta de la mano del curador Tony Tuckson y asimismo en el de Canberra (inaugurado en 1982) significó el reconocimiento definitivo de este arte'. Y añade que 'otro de los signos que lo corroboran es que las principales galerías de arte han incorporado obras indígenas a su programación estable'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de febrero de 2002