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Reportaje:

La fuerza de la voluntad

Albert Llovera, parapléjico desde 1985 por un accidente de esquí, compite ahora en la segunda división del Mundial de 'rallies'

Hay momentos en la vida que dejan una huella imborrable y marcan a una persona para siempre. Así, Albert Llovera jamás podrá olvidar los que sufrió el 15 de marzo de 1985.

Aquel día estaba en Sarajevo, el mismo lugar en el que pocos meses antes se había convertido en el esquiador más joven en participar en unos Juegos Olímpicos de Invierno. Con solo 17 años, había hecho realidad un sueño. Pero poco después su paraíso se transformó en un infierno. Había vuelto a esa ciudad bosnia, entonces yugoslava, para participar en la prueba del eslalon supergigante de la Copa de Europa y la tragedia le esperaba, agazapada, a la vuelta de la esquina.

'Era aproximadamente la una de la tarde. Llovía, había niebla y algunos tramos estaban helados. En los últimos metros del descenso flexioné las piernas, me encorvé y agaché la cabeza para adoptar una postura aerodinámica y arañar unas décimas de segundo al reloj. Pero apuré demasiado, no vi a un juez de llegada que se cruzó en mi camino y me lo llevé por delante. Aquel instante cambió mi vida'.

'Gritaba para que me atendieran, pero las enfermeras ni se giraban. Pensé que había muerto'

'Gené se subió a mi coche, de copiloto. Se agarraba a lo que podía. Iba bastante asustado'

Llovera era un esquiador con mucho futuro y en Andorra, su país, le cuidaban como a un diamante que había que pulir para convertirlo en una estrella. Con 18 años, poco antes de su accidente, había sido el 16º en el eslalon del Campeonato del Mundo de Italia y los técnicos de su federación confiaban en verle, con cuatro o cinco años más de experiencia, entre los mejores, luchando por el podio, por las medallas. Pero todas esas ilusiones quedaron esparcidas por el suelo helado de una pista hace ya más de 16 años.

Cuando recobró el conocimiento, Llovera estaba en una silla de ruedas y en un hospital de Sarajevo. Nadie, ni sus compañeros, ni sus entrenadores, ni menos aún sus padres, sabían a dónde le habían llevado. Estaba solo, asustado y no podía moverse.

Los recuerdos que tiene de aquellos momentos son muy confusos, pero hay una escena grabada a fuego en su memoria. 'Estaba en la UCI, con seis personas más, y la que tenía a mi lado había muerto. Yo gritaba para que me atendieran, pero las enfermeras ni siquiera se giraban. Chillé en francés, en inglés y en español, pero nadie me miraba. Pensé que yo también había muerto y que, como ocurre en algunas películas, aún no me había dado cuenta de ello'.

Horas más tarde, un médico le dijo que estaba muy mal y que era urgente su traslado. Lo llevaron a Barcelona en un avión-ambulancia y con el tronco completamente enyesado. Ya en la capital catalana, le operaron y, al cabo de unos días, le informaron del diagnóstico: rotura de las vértebras dorsales 3, 4 y 5. Desde entonces supo que no podría volver a tener movilidad, ni siquiera sensibilidad, del pecho hacia abajo. Se había quedado parapléjico.

Tras el salvaje impacto inicial, Llovera optó por dejar a un lado el camino del hundimiento y emprendió el sendero de la lucha. Su calvario incluye nada más y nada menos que cuatro meses de recuperación en el hospital Vall d'Hebrón, de Barcelona; dos en Gran Bretaña y varios más en Estados Unidos, donde participó en un experimento de autoestimulación que estaba desarrollando la NASA. Precisamente, aprovechó su estancia allí para jugar al baloncesto en silla de ruedas y proclamarse subcampeón del mundo con su equipo.

El tiempo cura muchas heridas, pero Llovera tuvo que aprender a convivir con las suyas para siempre. Después de su peregrinaje por clínicas de varios continentes, volvió a instalarse en su casa andorrana. Allí se propuso tratar de disfrutar de su nueva vida a pesar de los obstáculos que la desgracia había puesto en su trayecto.

Una de sus pasiones, desde que era pequeño, había sido el motor. En Andorra hay mucho nivel en este ámbito y sus amigos solían hacer salidas para correr un poco por tramos controlados. Un buen día, se animó y se fue con ellos. Condujo un coche preparado especialmente para él, con el acelerador, el freno y el embrague en el volante.

Repitió la experiencia durante varias semanas y se le daba tan bien que decidió saltar como espontáneo al ruedo de la competición. Muchos le animaron, pero lo que nadie esperaba es que dejara boquiabiertos a todos los que le veían pilotar. En 1987, con 20 años, ganó el Campeonato de Andorra de quads (motos de cuatro ruedas): 'Era peligroso, pero yo estaba como una regadera y, por suerte, nunca me caí'. En 1989 debutó con los coches y ganó la Copa Peugeot de Rallies, también en Andorra.

Sus piernas ya no le permitían volar sobre una pista de esquí, pero su ambición, sus entrenamientos exhaustivos y su calidad de pilotaje pusieron alas a los vehículos que manejaba. En 1991 cambió los rallies por los circuitos de velocidad y deslumbró aún más: tres años, subcampeón de Cataluña de velocidad, y uno, campeón.

Su pericia al volante asombraba incluso a los mejores pilotos. 'En cierta ocasión, Marc Gené se subió a mi coche, de copiloto, y no paraba de agarrarse a lo que podía. Al llegar a cada curva, me gritaba con fuerza que frenase. La verdad es que iba bastante asustado'. Ocurrió en el circuito madrileño del Jarama y Gené no pudo ocultar su admiración por él. 'Nunca habría pensado que podías conducir así', le dijo.

En 2001 llegó el gran salto. Fiat le cedió un coche para participar en algunas pruebas del Mundial en la categoría Super 1600, una especie de segunda división de los rallies auspiciada por David Richards, el patrón de Subaru y propietario de los derechos de televisión del Mundial. Los vehículos no pueden superar los 1600cc aunque tienen una potencia de 220 caballos.

Llovera volvió a triunfar. Ganó un nuevo asalto a su tragedia y este año correrá el Mundial completo: 'Alguna vez he soñado con ser campeón del mundo, pero sé que es imposible porque no se puede pilotar igual con dos extremidades que con cuatro. De todas formas, me gustaría probar en un equipo oficial de WRC [la élite absoluta] para saber dónde está mi límite'. En la primera cita, en Montecarlo, una avería le obligó a abandonar cuando iba el octavo entre 29 participantes. La próxima, en marzo, será en España.

Han pasado casi 17 años desde aquella fría mañana de Sarajevo y Llovera ha recuperado la felicidad, la sonrisa y la ilusión. Ahora vive con su esposa, Claudia Rosell, ex campeona española de esquí, y su hija Cristina, de cinco años. A pesar de su paraplejia, practica el tenis, la natación y, cómo no, el esquí. Presume de su amistad con Gené y Carlos Sainz y se vanagloria del éxito del establecimiento de ortopedia que regenta en Andorra.

Ha superado cientos de trabas, ha dejado atrás muchas vallas y ahora está obteniendo la recompensa. La gente se vuelca con él en todos los países y despierta admiración allá donde va. Pero él recuerda que para alcanzar esta meta ha tenido que atravesar un camino lleno de espinas: 'Lo más fácil, en la situación en la que yo estaba, habría sido hundirme y dejarlo todo. Pero hay que luchar para salir adelante. Todo es sacrificio, esfuerzo, voluntad y afán de superación'.

Es inútil, sí, esperar milagros porque no llegarán. Todo hay que ganarlo a pulso y a base de sudor. Porque, como a Llovera le gusta decir, 'Superman no existe'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2002