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Crítica:CENTENARIO DE JOAQUÍN RODRIGO | MÚSICA

Entre el canto y las letras

En el día en que se cumplían los 100 años del nacimiento en Sagunto de Joaquín Rodrigo, el 22 de noviembre, culminaron los diversos y múltiples homenajes que el mundo musical viene rindiendo a su figura y a su obra, con un programa interpretado por la orquesta y coros nacionales, bajo la dirección de Rafael Frühbeck de Burgos, que estuvo presidido por los Reyes de España y el Príncipe de Asturias, en el Auditorio Nacional.

No hubo en este caso Concierto de Aranjuez, ni siquiera llegó a sonar la guitarra, pero en cambio volvimos a otro Rodrigo: el enaltecedor de la alta poesía española de los grandes Migueles (Cervantes y Unamuno), al canto místico de san Francisco o a los madrigales renacentistas que de los libros de Fuenllana y Valderrábano transmigran a la emoción, la ornamentación vocal y las disonancias directas de Rodrigo. El Concierto Serenata, para arpa y orquesta, escrito para Nicanor Zabaleta en 1952, representó la veta neocasticista y fue protagonizado con buena técnica y garbo sin pintoresquismo por Naoko Yoshino, mientras la soprano Elena de la Merced asumió otro de los grandes triunfos del compositor: Los madrigales amatorios, de origen tradicional, tratados por Rodrigo de diversa manera, desde la respetuosa y casi literalidad al más brillante desenfado.

Para el 700 aniversario de la Universidad de Salamanca creó Rodrigo en 1953 la preciosa Cantata para un códice salmantino, sobre la célebre oda de Unamuno; los versos y la aventura en Sierra Morena de don Quijote inspiró al compositor un poema-cantata titulado Ausencias de Dulcinea, de 1948, como Los madrigales, resuelto con simbolismo lírico y paisajismo espacial. Ambas obras encontraron en el notable barítono Enrique Baquerizo un defensor noble y grave, en la línea melódica estrechamente ligada al texto en su semántica y su prosodia. Voces e instrumentos en reducido cortejo, se hacen música sonora para el cántico Delle creature, de san Francisco, en el 800 aniversario del Poverello de Asis.

Frühber, la Orquesta Nacional y el coro hermano, los solistas y un cuarteto vocal femenino (Raquel Logendio, Laura Alonso, Encarna Santana y María José Suárez) pusieron en la interpretación de todas las obras no sólo sensibilidad y conocimiento, sino además fervor: el mismo con el que la audiencia recordó a un músico singular, triunfante en la vida y en la historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de noviembre de 2001