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Crónica:

Björk seduce al público del Liceo con un concierto que fue un paseo por sus sueños

Como un cuento de hadas comenzado en la lejana tierra de los hielos y concluido aquí, donde el sol calienta las palmeras. Lo que un día pensó la protagonista se hizo ayer realidad en un solemne teatro lírico repujado con dorados y vestido con tapicerías acolchadas.

Allí fue donde Björk logró hacer realidad su sueño de llevar el pop, una música no ilustrada, al lugar donde dicen que el arte se escribe con mayúsculas. El cuento hizo que Björk triunfara en un Liceo entregado que conoció otros lenguajes y modos de comportamiento.

Y eso que los muchos que ayer visitaron el Liceo por vez primera en su vida decidieron acudir a la cita sin mostrar dudas que pudiesen denotar su bisoñez. Sólo en el descanso una pregunta que descubría orígenes se repetía por doquier: ¿dónde se puede fumar aquí? Por lo demás, solventada la duda, el público se limitó a demostrar cuán feliz estaba allí, entre los escogidos, viendo cómo la artista les obligaba a bailar en la estrechez del cuarto piso, un lugar nada familiarizado con el baile ni con el cabeceo rítmico del público que sigue lo que acontece en escena.

Pero anoche la escena estaba ocupada por Björk, una estrella que con la sola elección de los lugares en los que está presentado Vespertine ya ha conseguido que sus conciertos sean un acontecimiento social. Ése era el ambiente que se vivía ayer en el Liceo, un espacio que lastimosamente no estuvo siempre a la altura de las circunstancias. Por ejemplo, no se sabe bien por qué, sólo se abrió uno de los accesos, por lo que las colas, escasas cuando toca lírica, se alargaron por la Rambla poniendo a prueba la paciencia del público. Una vez superado el primer control ya en la puerto se tenía entonces la sensación de ser pasajero de aeroplano y la seguridad, escáner incluido, recordaba que vivimos tiempo de sospecha. Fue lo único que en la noche de ayer no tuvo regusto de cuento con final feliz.

Incluso de cuento pareció la actuación de Matmos, el dúo de San Francisco que en escena recordaba a dos afanosos sabios trasteando en sus máquinas a fin de extraer de ellas los sonidos de un mundo de pesadilla. Ellos, responsables parciales de la producción de Vespertine, abrieron la noche proponiendo la cara menos amable (y también más consabida) de la electrónica, que luego con Björk giraría hacia su fisonomía amable, tierna y onírica.

Porque así planteó Björk su concierto, como un paseo del mundo de sus sueños. Comenzó a caminar por él con la preciosa All is full of love, casi una declaración de principios. Vestida como una cenicienta que no quiere olvidar su realidad, con una especie de tutú irregular que tenía un no sé qué de dulce harapo, la islandesa comenzó a desgranar piezas como Unravel o Undo, esta última primera pieza en sonar de su último disco. Pese a que Matmos ponían el toque de distancia necesario para que lo dulce no empalagara, Björk parecía estar contando cuentos de hadas que tocan el violín, de duendecillos que tañen el arpa, de geniecillos locos y traviesos como ella, que se movía descalza y despreocupada en escena. Parecía así una niña humilde que dentro de un palacio muy hermoso demuestra lo impresionada que está dando saltitos de un lado a otro.

Y así fueron sonando Unison, I've seen it all o It's not up to you, piezas que formaron la primera parte del concierto. Tras el correspondiente descanso, se ve que el arte con mayúsculas pide recesos para favorecer así la digestión, de nuevo a la carga. El vestido de Björk ya no era perla, sino de un rojo intenso que se desparramaba por las plumas de la falda. Rojo también era el escenario y rojas las palmas del respetable al ovacionar piezas como Pagan poetry, Isobel, Hyperballad o Bachelorette, clásicos en el repertorio de la artista. Parecía raro estar allí, escuchando el runrun maquinal de canciones como Army of me, pero sí, el pop solemne de Björk estaba vistiéndose de largo en el Liceo.

Si lo necesitaba o no es cosa de un debate que ya queda servido, pues más de uno sostiene que el pop demuestra un complejo de inferioridad más bien ingenuo que sólo se sacude de encima cuando llega a los teatros. Y si encima lo hace en plan casi travesura, como lo hizo con Björk, miel sobre hojuelas.

Sea como fuere, el de Björk no fue un concierto que musicalmente requiriese de forma perentoria el Liceo. Los arreglos de las piezas como las que pasaron por escena también podrían sonar de manera adecuada en cualquier lugar pensado para ofrecer música en directo. De todas las maneras, eso sí, el plus simbólico que supone el Liceo explica el porqué de la proyección pública de este recital. En su parte final, y con Björk habiendo demostrado sobradamente toda su versatilidad como vocalista, composiciones como In our hand certificaron la entrega de un público encantado con ese cuento de hadas que Björk contó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de noviembre de 2001