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Columna
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Románticas

'Como las aves lanzan al viento sus trinos hijos del dolor o la alegría, sin cuidarse de modular sus notas (...), he dejado correr mi pluma al impulso de mis emociones, juzgando que no merecía reprobarse tan justo desahogo del corazón', explicaba en 1853 la joven poetisa María Teresa Verdejo y Durán. Corrían románticos y relativos aires de libertad y las mujeres trataban de incorporarse al mundo del pensamiento y el arte. A duras penas, pues aún era social y moralmente reprobable que una mujer no se ajustara al modelo de hija, esposa y madre virtuosa y sumisa. La mayoría de las rebeldes escogió la expresión escrita como vehículo de liberación, a menudo a través de la discreta represión del recurso estilístico y, las más de las veces, escondidas bajo seudónimos masculinos: Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), Gonzalo de Bustamante (Clemencia Larra), Gonzalo del Río (María Benita Guijarro), Antonio María (Elisa F. Montoya), Rafael Luna (Matilde Cherner). A todas ellas recuerda Begoña Torres González, directora del Museo Romántico de Madrid, al comentar la exposición Amor y muerte en el romanticismo, un recorrido por los conceptos, en la época, del amor (convencional: familiar y conyugal; romántico: apasionado y erótico; popular: libertino) y de la muerte. Las mujeres representan estos ideales en las obras de los hombres, pero tenían que andarse con mucho cuidado cuando eran ellas las que hablaban, incluso aquéllas, como las poetisas Carolina Coronado, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Dolores Cabrera y Heredia o Rosalía de Castro, que se atrevieron a usar su propio nombre. Fueron pioneras en ser libres.

Pero las mujeres siguen sufriendo injusticias doblemente: aquéllas que también sufren los hombres (el paro o la pobreza), aunque en mayor número y medida que ellos, y otras que sólo sufren ellas (el descrédito intelectual, la discriminación social, la violencia). En España, también. Cuando se dice Campoamor, todo el mundo recuerda a Ramón María, que era un poeta mediocre, pero no a Clara, que era una gran política y logró el voto para las mujeres españolas; cuando se dice Maeztu, todo el mundo recuerda a Ramiro, pero no a su hermana María, que fundó en Madrid la Residencia de Señoritas, versión femenina de la tan laureada Residencia de Estudiantes masculina; cuando se dice De Madariaga, todo el mundo recuerda a Salvador, pero no a Pilar, importante científica de la primera mitad del siglo XX; cuando se dice Díaz-Plaja, todo el mundo recuerda a Guillermo, pero no a otra Pilar que fundó en 1968 la Asociación Española de Mujeres Empresarias.

El Consejo de la Mujer y la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid han organizado otra exposición, en la Casa del Reloj, que hace un recorrido por el siglo XX español a través del recuerdo de 100 mujeres que lucharon por sus derechos, que investigaron, que crearon, que desafiaron la convención en una sociedad en la que estaban solas y eran brutalmente discriminadas; es decir, agredidas. Como señala su comisaria, es 'un acto de política feminista', puesto que 'la mayoría de las mujeres que aparecen en esta exposición no está en los libros de historia, y no está porque lo que hacen las mujeres, no importa lo valioso o determinante que sea, no es valorado'. ¿Por qué sabemos tanto de Buenaventura Durruti y tan poco de Teresa Claramunt; tanto de Rafael Alberti y tan poco de María Teresa León; tanto de Ortega y Gasset y tan poco de María Zambrano; tanto de Menéndez Pidal y tan poco de María Goyri; tanto de Gómez de la Serna y tan poco de Colombine? Muy sencillo: porque las últimas eran mujeres.

La chocante modestia visual de esta exposición, que consiste en una serie de carteles ordenados cronológicamente, cada uno de los cuales se ocupa, de forma esquemática, de la biografía de una mujer, de Emilia Pardo Bazán a Icíar Bollaín, responde a la necesidad de un simple reconocimiento. En la gran mayoría de los casos, de un puro conocimiento. 'Fueron tratadas como locas y extremistas, marginadas y marcadas' porque rompían sus matrimonios, tenían amantes, eran lesbianas, políticas, científicas o artistas. Es decir, mujeres: desgraciadamente, todavía románticas.

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