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Reportaje:

Multiétnicos locutorios

Los locutorios tienen un precio tentador para cada etnia, nacionalidad o grupo

Es un espacio asombrosamente nuevo y como un prodigio llegado de la inmigración masiva a nuestras ciudades, se reproduce como hongos. Los locutorios internacionales con una multiplicidad de servicios logísticos que van desde el envío rapido de dinero fresco a los países de los clientes, la charla inmediata con aldeas a miles de millas y hasta las vídeoconferencias. Es el imperio de la Western Union y otras empresas multinacionales que al pairo de la liberalización de las telefonías intercontinentales ofrecen lo que más necesita el trabajador extranjero cuando cobra su magro sueldo: el envío sin demora del pecunio a sus deudos y familiares, famélicos y oprimidos en las tierras andinas o los desiertos bereberes. Pero como el asunto de la integración de la nueva reconquista de foráneos es lento y aún no asumido plenamente por los indígenas ibéricos, la cosa llevará su debido tiempo. Llegar a una situación como la de Berlín, Londres o Manchester, codearnos con los nuevos vecinos como hermanos, está aún lejos de nuestras entendederas aunque la vorágine de integración europea lo convertirá en un hecho a pocos lustros. De manera que los locutorios, que son como las viejas telefónicas con cabinas asépticas, ristras de butacas como de sala de espera de dispensario y un taxímetro cruel, no sólo cumplen un papel de comunicación barata y rápida con Iquitos, Quito, Guayaquil o Medellín, sino que cada uno posee su particular personalidad y genuina idiosincracia.

Me quedaré corto si recuento en dos docenas los salones públicos de esta guisa que salpican barrios de ocupación inmigrante como Russafa. La competencia es feroz pero no tan fuerte como podría parecer. Pues, según me informa Mohamed, camarero y factotum de una cafetería de la calle Carlos Cervera, cada locutorio tiene un precio tentador para cada etnia, nacionalidad o grupo. De forma y manera que el de la calle Cuba se especializa en llamadas baratas a Argel o Trípoli, el de la calle Tomasssos es el preferido de ecuatorianos y colombianos, el de la otra esquina es dominio de negros, eufemísticamente llamados subsaharianos. No hay precios estándar. hay sana competencia. Las 135 pesetas minuto que puede costar una comunicación con Ghana, en África central, se convierten en la mitad en otro lugar. Llamar a Marruecos sale por 45 pesetas el minuto y hay que ver el menudeo que existe en torno a estos servicios indispensables para nuestros bienvenidos inmigrantes. No olvide, amado lector, que usted compra aguacates baratos en el súper gracias a que estas gentes trabajan de sol a sol sin seguridad social. Pero abandonando los temas tristes habrá que dejar bien claro que los locutorios para inmigrantes son tambien un gigantesco tablón de anuncios escritos, desde el ruso al checheno pasando, como no, por el árabe. 'Se necesitan mujeres para almacén de frutas en Lérida, 135.000 salario neto, vivienda a cargo de la empresa' ¿Será cierto? o también, 'Se vende queso cuajada colombiano', 'Se ofrece pareja como caseros'. 'Necesito cortadora de naranja', 'Se necesitan ecuatorianos con papeles para recolección de la naranja'. Y a las puertas de estos negocios que parecen tiendas de móviles o de juguetes cibernéticos frenan muchos Mercedes y BMW de los propietarios de tierras que, sabedores que es lugar de concentración de mano de obra barata, ilegal y extranjera, contratan mediante capataces quechuas o magrebíes el sudor injusto de sus cosecha de cítricos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de agosto de 2001