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Crítica:25º FESTIVAL DE JAZZ DE VITORIA

Que niños y danzantes se acerquen a mí

Segunda jornada de festival y mismo protagonista. La denodada labor de Wynton Marsalis en pro de difundir su idea del jazz cubre tantos frentes que necesita horas extraordinarias para desarrollarse a plena satisfacción. Y a Vitoria viene para trabajar a fondo: visto el prolongado interés mutuo, no sería descabellado que el trompetista abriese una oficina en la ciudad y el Ayuntamiento le dedicase un busto en alguno de sus bonitos parques.

En el área pedagógica, Wynton dedicó el ya tradicional concierto para niños a descubrir quién era Louis Armstrong. En una línea similar a la de experiencias anteriores, resaltó verbalmente algunas virtudes de aquel gran señor nacido hace 100 años y las ilustró con inmaculados ejemplos musicales al frente de su precisa Lincoln Center Jazz Orchestra. Los infantes vitorianos, que a estas alturas ya deben de considerar a Marsalis su segundo padre, respondieron con entusiasmo variable: a algunos la confianza les animó a tomar los pasillos para mover con buen estilo sus tiernas caderas, mientras a los más pequeños les dio licencia para prolongar un poco más la siesta. No eran receptores pasivos, porque la música soñada también llega a la memoria.

Mucho más despiertos estuvieron los asistentes al seminario de la Lincoln Center cuando, desde las primeras filas de la pista, tuvieron ocasión de colaborar con los músicos del escenario. Finalizado el acto, se pidió al público que abandonara lo más rápidamente posible el polideportivo, porque había que retirar sillas y levantar moquetas para la sesión de noche. En un gesto de humildad que le honra, Marsalis ponía su lujosa orquesta al servicio exclusivo de los bailarines. La idea era recrear las antiguas dance sessions de la época dorada del swing, cuando hasta el más desvencijado granero rural podía convertirse en el palacio de los pies felices. Nada de música enlatada ni bandas pachangueras: la tentación era irresistible y hasta Vitoria llegaron varios autocares de Barcelona, Madrid y otras ciudades, repletos de locos por el baile que querían verlo para creerlo.

Venían tan mentalizados que no necesitaron precalentamiento; en cuanto sonaron a las primeras notas de King porter stomp se pusieron en marcha y no pararon hasta el final. Los más expertos, algunos con atuendos retro (gorras de golfista, tirantes y zapatos de claqué), demostraron de inmediato que llevan el baile en la sangre a costa de encoger un poco los ánimos de los que sólo lo tienen en la voluntad. Quienes no se atrevieron a saltar a la pista por inferioridad técnica manifiesta pudieron admirar las piruetas de las parejas solistas que hacían corro a su alrededor, o concentrarse en la estupenda música que surgía del escenario.

Wynton y los suyos tocaron con el mismo rigor que en un concierto normal y sirvieron swing en copa larga y en vaso corto, con y sin guinda, de todos los calibres, velocidades y colores; ritmos afrocubanos de cuando Machito hacía furor en el Nueva York de los últimos años cuarenta, cumbia, mambo, boogie woogie e incluso un insinuante blues lento particularmente apto para el strip-tease. La devoción de Marsalis por Duke Ellington se manifestó en Diminuendo and crescendo in blue, incluidos los 27 famosos y titánicos chorus de saxo tenor. Walter Blanding Jr., elegido por Wynton para emular la proeza, estuvo voluntarioso, aunque su solo no consiguió transportar a otro mundo a ninguna rubia, tal y como el de Paul Gonsalves había logrado en Newport en 1956. Se ve que el trance en Vitoria todavía no tiene tradición. Todo se andará. Cuando la orquesta iba a dar por concluido su compromiso con la danza, un grupo de bailarines le coreó Night train como última petición. Wynton, magnánimo, concedió no sin antes dar la salida a otro tren que si no era del todo nocturno parecía conducido por Ellington en persona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de julio de 2001