Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Por un club mundial de Estados democráticos

Casi un centenar de Estados -viejas y nuevas democracias, además de naciones en transición- toman parte en la Conferencia de Varsovia reunida bajo el lema Hacia una Comunidad de Democracias. El hecho de que los ministros de Asuntos Exteriores hayan decidido participar en un debate sobre la democracia, propuesto de forma conjunta por Polonia, la República Checa, Chile, India, Malí, Corea del Sur y Estados Unidos, indica que el mundo posterior a la guerra fría necesita y busca nuevas ideas que puedan impulsar el establecimiento de un nuevo orden internacional.Si ministros procedentes de diferentes culturas y religiones en un mundo polarizado entre la riqueza y la pobreza han optado por dedicar dos días a discutir en Varsovia sobre la situación y el futuro de la democracia, entonces la democracia es una cuestión que ha dejado de ser del dominio exclusivo del mundo acaudalado.

A finales del siglo XX, la democracia ya se había convertido en un valor universal que las naciones ya no podían ignorar por más tiempo o tratar como un tema "ilegítimo" de las relaciones internacionales. En un grado cada vez mayor, se está convirtiendo en un imperativo, en un elemento central y en condición previa para solucionar otras cuestiones cruciales, sobre todo los conflictos económicos y sociales.

Dos viejas frases hechas chocan hoy entre sí, no dentro de los estrechos confines de las naciones-Estado, sino a una escala mundial, y cada una de ellas está cargada con su partícula de miseria y esperanza humanas. Una es un grito de desesperación, "la libertad sin pan es una farsa", que, con demasiada frecuencia, arroja a los oprimidos a los brazos de los dictadores. La otra, "no hay pan sin libertad", es una señal de esperanza.

En el mundo de hoy, la anticuada creencia de que la estabilidad y el crecimiento pueden conciliarse con una ausencia de libertades democráticas tiene peligrosas implicaciones prácticas. Aquellos Estados que son incubadoras autoritarias de progreso económico suponen un paso atrás.

Puede que los países que están aislados de la corriente principal de la vida internacional sigan albergando esas ilusiones. Pero, cada vez que se abre la puerta a los grandes flujos de la vida económica, cada intento serio de abordar el crecimiento y crea el bienestar como un imperativo nacional, está destinado a fomentar las expectativas de democracia.

El premio Nobel Amaratya Sen ha argumentado de forma convincente que el desarrollo proviene de la libertad. En efecto, siguen sonando oportunas las palabras de Alexis de Tocqueville quien, al reflexionar sobre los años que precedieron a la fiebre revolucionaria de finales del siglo XVIII, escribió: "A la larga, la libertad siempre proporciona a aquellos que saben cómo preservarla el bienestar y la comodidad y, a menudo, una gran prosperidad".

En la reunión de Varsovia hay dos cuestiones urgentes. La primera es cómo minimizar los costes humanos de la transición del autoritarismo a la democracia. Para esta pregunta no hay, ni puede haber, una única respuesta. Pero lo importante es ver que los modelos polacos, chilenos, surafricanos, ibéricos y similares prevalecen sobre el trágico y todavía imprevisible modelo de la división de la ex Yugoslavia.

Esto se vuelve aún más vital por la presencia en el horizonte de los retos relacionados con la inevitable evolución, no sólo de Cuba, sino también de la quinta parte de la humanidad que vive en China y experimenta un traumático proceso de modernización acelerada.

En segundo lugar, si creemos en el futuro de la democracia, se deduce que no podemos tratarla como un instrumento de la política o reducirla a su dimensión económica, dejando que la cuestión de la libertad languidezca para no trastornar el crecimiento económico.

Una vez más, de Tocqueville tiene un mensaje extraordinariamente oportuno: "Aquellos que aprecian la libertad sólo por los beneficios materiales que ofrece nunca la han conservado por mucho tiempo".

La instrumentalización política de la democracia también es peligrosa. En ocasiones podemos estar desamparados ante los graves abusos cometidos contra los derechos humanos, esa piedra angular del orden democrático. Los autócratas no destacan por tener escrúpulos y la ventaja táctica que esto les proporciona puede alimentar ocasionalmente la desmoralización dentro de la comunidad democrática en general.

Comprendo y comparto la indignación de la gente que acusa a los gobiernos democráticos de fracasar a la hora de responder con firmeza a cada violación de las reglas básicas de la democracia y de los derechos humanos, de ser selectivos. No siento admiración por las empresas internacionales que coquetean con los autócratas. Pero también sé que cada pedazo de tierra y cada persona arrebatada de las garras de los dictadores nos acerca a nuestro objetivo.

Por supuesto, "todo o nada" no es la receta para una acción eficaz. Sin embargo, podemos hacer algo más que limitarnos a predicar las virtudes del gradualismo y la "responsabilidad" a la hora de plantar cara a los dictadores poderosos o sin escrúpulos. Podemos negarnos a hacer la vista gorda ante sus fechorías. Dado que los déspotas son aficionados a mirarse ante el espejo, podemos hacer que sus vidas en el seno de la comunidad internacional sean menos cómodas.

Cada paso hacia la universalización de los valores democráticos reduce las posibilidades de que sean utilizados para propósitos instrumentales. Para lograr que esto ocurra, debemos volver a reflexionar seriamente sobre los verdaderos fundamentos de un sistema mundial que todavía está arraigado en el orden de Westfalia basado en la soberanía nacional.

Puede que la Guerra Fría acabase hace una década, pero seguimos en una encrucijada. Volver a las reglas de Westfalia sería un desastre político que sembraría las semillas de nuevos conflictos. Pero la idea de que pueden ser descartadas de la noche a la mañana es una utopía.

Lo que resulta esencial es dar un primer paso en una nueva dirección, aunque todavía no se vislumbre claramente, sin desencadenar la anarquía, despertar el recelo entre los débiles o alentar una sensación de triunfo entre los poderosos.

La democracia cumple los requisitos, pero sólo si está acompañada por un sentido compartido de responsabilidad, cooperación y solidaridad a escala internacional. Por consiguiente, uno de los principales propósitos de la conferencia de Varsovia es estudiar vías -incluso dentro del marco de las instituciones existentes y, a menudo, infrautilizadas- para reforzar la cooperación entre las naciones democráticas y aquellos Estados inmersos en un proceso de transición hacia la democracia.

Necesitamos un "club democrático" de Estados que haga algo más que rendir culto a los principios de soberanía nacional e igualdad entre Estados, principios que, con frecuencia, sirven para ocultar el desprecio por las normas internacionales y justificar la violencia en la política nacional.

Si queremos preservar estos principios en su sentido positivo y fortalecedor y transmitirlos para los siglos venideros, establecer un club en favor de la democracia será el primer paso en la buena dirección. Su tarea básica es clara: construir un puente entre la soberanía nacional y la solidaridad global con aquellos cuyos derechos humanos son pisoteados y consolidar la creencia de que, al final, el derecho está del lado de quienes acuden a nosotros en busca de ayuda y apoyo y que no dejan de repetir: "No hay pan sin libertad".

Bronislav Geremek, ex consejero del movimiento Solidaridad, es ministro de Asuntos Exteriores de Polonia. © 2000. European Viewpoint. Distribuido por Los Angeles Time Syndicate.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de junio de 2000