Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Crimen

Crímenes como el que confiesan haber cometido las dos jóvenes de San Fernando (Cádiz) acusadas de matar a una amiga y compañera de colegio se prestan a toda suerte de interpretaciones de urgencia. Precisamente por tratarse de hechos tan alejados de los patrones más habituales de la delincuencia, la sociedad necesita encontrar alguna explicación inmediata y, a poder ser, tranquilizadora que vuelva a encajar las fichas. Pero existe el riesgo de trivializar, o, peor todavía, de desvariar en un asunto especialmente delicado y de añadir más daño al ya producido.Por eso ha sido acertada -aunque a algunos les parezca chocante- la invitación que ha hecho el juez instructor a mostrarse precavidos a la hora de especular. Es la justicia, convenientemente asesorada por expertos, la que debe determinar el móvil del crimen y la patología de las jóvenes que han confesado su autoría, y no juicios paralelos realizados desde fuera. En estos casos, como nos demuestran otros relativamente cercanos (como el del Raval, en Barcelona), es mejor ir por detrás de la investigación judicial que por delante.

Esta precaución no debe impedir reflexionar sobre la frecuencia con la que se cometen crímenes que tienen como protagonistas a adolescentes considerados normales -es decir, no necesariamente pertenecientes a sectores violentos o marginales- y que aparentemente carecen de un móvil claro. El crimen de San Fernando ha sido un aldabonazo social, como lo fue el del adolescente de Murcia que mató a sus padres y a una hermana pequeña afectada por el síndrome de Down y por el que, al parecer, sentían admiración las dos menores que dieron muerte a su amiga Clara.

Esta admiración y su confesión al juez de que querían "ser famosas" han llevado a vincular su conducta criminal con pautas de comportamiento que sitúan la notoriedad en la cúspide de los valores de la sociedad mediática. Es posible que el estímulo exterior haya sido determinante en su forma de actuación, aunque por el momento sólo es una suposición más; lo cual no quita para que la sociedad entera -padres, educadores, legisladores, jueces, gobernantes- comience a prestar más atención a los jóvenes y a analizar con atención las causas de tan aberrantes conductas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de junio de 2000