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La razón política y el alboroto

En política sucede, en ocasiones, como se cuenta del sacristán aldeano que no podía contener su alborozo al conocer la noticia del fallecimiento del Papa de Roma, pues en su fuero interno pensaba que por fin iba a moverse el escalafón. Los resultados electorales y la consecuente renuncia de Joaquín Almunia a la secretaría general del PSOE en la noche del 12 de marzo han conducido a una situación en la que se combina algo de psicodrama y más de algarabía. Unas cuantas voces cualificadas, algún candidato a analista y numerosos sacristanes descubrían de repente las carencias de una política hasta la víspera compartida. Parecía llegada la hora de tomar posiciones en el inminente relevo.Ante el desconcierto de la derrota es de agradecer cierta manifestación de carácter, preferible al poco edificante espectáculo del político ganado por la melancolía. No obstante, de quien conserva la representación de más de ocho millones de votos y alberga una razonable pretensión de gobernar algún día, debiera esperarse templanza en la adversidad, más frialdad analítica y voluntad de establecer lo antes posible un diálogo con la sociedad, con los electores perplejos y desencantados y con los nuevos sectores susceptibles de otorgarles su confianza en el futuro. Diez días después de las elecciones los socialistas han comenzado a rearmar ese instrumento de intervención en lo público que es un partido político. Con aciertos y errores, antiguos y modernos, el PSOE ofrece en sus 121 años de existencia una hoja de servicios en la que sobresale la defensa de valores esenciales: la libertad, la justicia, la solidaridad, la protección del trabajo y la promoción de la cultura y la educación. Sus propuestas, sin duda, andan necesitadas de reintrepretación en la medida en que la sociedad no cesa de cambiar, incluso cuando los socialistas se encierran con sus problemas de liderazgo y organización mientras su mensaje cabe en la cinta de un contestador automático.

En el PSPV-PSOE la crisis es más antigua y profunda. Desde la pérdida de la mayoría de las parcelas de poder institucional en 1995, el ruido interno ha ido elevándose, se ha extendido y ha terminado por acallar el discurso opositor y alternativo al predominio del PP. El resultado nada tiene de extraño. Casi cinco años de canibalismo partidario, que no es posible reducir a meras banderías personalistas sin incurrir en una gruesa simplificación, ha reducido el panorama del socialismo valenciano a la estampa del Beirut de los ochenta, cuyas asoladas ruinas son disputadas por aliados de la víspera y en donde los adversarios alcanzan acuerdos circunstanciales para eliminar a un rival que creen más fuerte o peligroso. Sin ningún líder en cinco años capacitado para ejercer una autoridad real interna y de proyectarla sobre la sociedad, sin una labor clara y coordinada en las Cortes y a menudo en la gris tarea de oposición en las instituciones locales, se han sucedido las derrotas en los comicios municipales, autonómicos y generales sin que se suscitara un debate de ideas ni de modelos, ni prácticamente de personas, excepto en el sordo -y bastante sórdido- rifirrafe por el control del partido.

Pero he aquí que sin detenerse a echar otras cuentas ni reclamar y reclamarse otras responsabilidades que nunca se rindieron por los resultados de 1995, 1996 o 1999, el cese de la ejecutiva federal ha servido para que una cohorte de diáconos y rapavelas, casi todos cargos orgánicos y electos, haya dado rienda suelta a su indignación por el modo en el que alguna individualidad parece haberles conducido a la tumultuosa situación interna en la que se encuentran. De dar crédito a esas voces, que entre tanta dedicación al estudio de problemas ciudadanos, labor de oposición al PP y reuniones de corriente o familia encuentran tiempo para realizar declaraciones a diario sobre la crisis del partido, el máximo causante de las desgracias del socialismo valenciano no sería otro que el hasta hace unos días secretario federal de Organización, Ciprià Ciscar.

La atribución a Ciscar de un poder de dimensiones sobrenaturales, que desplegaría de manera cautivadora con los ingenuos y ejercería maquiavélica y tenazmente frente a sus adversarios, es digna de merecer un estudio de ciencia política. Su supuesto don de ubicuidad conspirativa, capaz de hacerle jugar en cien tableros simultáneos del País Valenciano al mismo tiempo que en Madrid se ocupaba de la organización, las finanzas y la coordinación de las campañas electorales -de la dulce derrota al 12 de marzo-, reclama por derecho propio un ensayo digno de devaluar a cartilla de párvulo el clásico modelo florentino. El análisis de la propagación de ambas ideas sería materia adecuada para una tesis de comunicación: de Ciscar, sobre dichos escritos, se ha escrito como si fueran hechos y se han reproducido sin tomarse la molestía de comprobar apenas nada.

¿Estamos quizás ante la encarnación del moderno Moriarti, una mente prodigiosa al servicio del mal, como lo presenta la fronda de sus adversarios? Descrito como un improbable Mandrake en traje de calle pero con la chistera de prestidigitador dispuesta para un nuevo juego de ilusionismo, la saña de los ataques e imputaciones políticas no documentadas transmiten el inconfundible olor del suplicio con el que tantas veces en el pasado se creyó purgar culpas colectivas mediante víctimas propiciatorias. Y uno, que además de haber dedicado parte de su actividad de historiador a indagar en el pasado del socialismo valenciano algo ha leído sobre autos de fe y depuraciones, no puede apartar la impresión de hallarse ante la demonización interesada de un político, con el que no tiene otra deuda que reconocerle su contribución mientras fue consejero de Cultura y Educación a que nuestra sociedad fuera un poco menos provinciana, y en el que identifica sin ambages al valenciano que más peso ha tenido en el socialismo español desde los lejanos tiempos del exiliado Rodolfo Llopis.

Ahora asistimos a la calculada neutralización de quien es concebido como un rival por los suyos, por más que uno tiene la intuición de que en este juego también hay otros jugadores. Pero en lugar de recurrir al legítimo debate, a la disputa civilizada y estatutaria -si es que Ciscar manifiesta la intención legítima de aspirar a dirigir el PSPV, lo que todavía no ha hecho- se comienza por su descalificación, por la estigmatización de los que se identifican con sus propuestas o su trayectoria y hasta de quienes cuentan con su amistad personal.

Tan intolerantes como se muestran con uno de los suyos, tan dóciles o desorientados como aparecen frente a sus verdaderos adversarios políticos, los cruzados anti-Ciscar todavía no han informado a la ciudadanía, a sus electores y al público en general de izquierda qué parte de responsabilidad asumen en los sucesivos retrocesos electorales, si van a seguir los pasos de Almunia y piensan retirarse, qué nuevas propuestas harán para recobrar la credibilidad perdida, si la ética que reclaman para la regeneración de la vida pública es la misma que están poniendo en práctica en la operación de inmolación de alguno de sus compañeros, si, por ensordecidos que estén en medio de su griterío, han escuchado el mensaje del 12-M.

José A. Piqueras es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Jaume I.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 26 de marzo de 2000.

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