Tribuna
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Vuelve el futbolín

La previsibilidad del Barça de Van Gaal llega a tal extremo que antes de iniciarse el curso se sabe incluso cuando entrará en crisis. Al llegar noviembre, el equipo se queda tieso. Los rivales le cogen el truco, encadena unas cuantas derrotas, los defensas se lesionan solos, se tira con bala contra los holandeses, se pone a Van Gaal a caer de un burro, y así hasta enero cuando la máquina aparece de nuevo comandando una Liga que a juicio de los rivales -puede que como consuelo-, cada año parece mucho peor.Por programada, y quizá por conocida y vivida, la situación se da también por superada. No hay indicios de que este año esté pasando algo nuevo en el Camp Nou, y, por tanto, no reparable. Ya sanará el equipo por bueno o por enfermedad de los demás.

A falta de argumentos futbolísticos para explicar lo que sucede, a Van Gaal le da por hablar de psicología, fatiga mental, temores, errores individuales, de la persona más que del jugador. El entrenador procura casi siempre quedar sospechosamente a cubierto, como diciendo que no hay sistema que sobreviva a un estado de baja forma del plantel.

Guardiola, Figo, Rivaldo y Luis Enrique, futbolistas decisivos para explicar la jerarquía azulgrana, no pasan por un buen momento, y ese es un asunto delicado, pues las individualidades han solventado muchas veces las disfunciones del equipo. Van Gaal lleva ya tres años en el club, y nunca ha dado con la tecla que le permita al Barça vivir de su libreta cuando los jugadores no están acertados. Vende y compra cada temporada lo que hace falta, y los males del equipo continúan siendo los mismos del primer día.

Aunque ha servido para superar la primera ronda de la Liga de Campeones, el enriquecimiento del plantel no ha evitado la crisis de cada noviembre, de lo que se desprende que Van Gaal no sabe detectar los males del equipo o no ficha bien. A la que el futbolista pierde confianza, no se siente fino, anda con problemas, se entrega al futbolín y el Barça pierde sentido de equipo.

Frente a la capacidad de los jugadores del Dream Team para desempeñar hasta tres funciones distintas en un mismo partido, intercambiarse los puestos sin que menguara el efecto del pase multiplicador, aparece ahora el sedentarismo del equipo de Van Gaal: cada jugador defiende unos metros cuadrados y el grupo aparece como muy parcelado, estático, como si uno no quisiera saber nada del otro: un día se las carga Sergi, otro Guardiola, o bien Bogarde o también Frank de Boer.

Más que estructura defensiva, al Barça le falta reecontrarse con la portería contraria. El gol se ha vuelto en su contra, y para recuperarlo le sobra previsibilidad. El equipo está falto de dinamismo, agresividad y, sobre todo, de ritmo de balón, porque la diferencia entre un buen equipo y un equipo normal no está en la rapidez o movilidad de sus jugadores sino en la velocidad del cuero. Y ese es el problema: se habla más de los futbolistas y sus cualidades que de la pelota, que al fin y al cabo es lo único que comparten.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0022, 22 de noviembre de 1999.

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