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Reportaje:

Sin ganas de volver a Amsterdam

El matrimonio formado por los holandeses Robert Voogd y Caroline Hetterschijt llegó a Elche (Baix Vinalopó) en 1994. A él lo mandaba su empresa especializada en equipos informáticos para la horticultura. Querían abrir mercado en la zona comprendida entre Valencia y Málaga. Ella acababa de licenciarse en Pedagogía y buscaba un sitio cercano a una Universidad para hacer su doctorado y el trabajo de él exigía un aeropuerto al alcance de la mano. Cinco años más tarde se han establecido en Santa Pola, en la misma comarca, Robert ha fundado su propia empresa con dos socios españoles y Caroline trabaja en la Oficina Europea de Marcas mientras araña tiempo para redactar su tesis. Admiten sin dudar un instante que no tienen intención de volver a Amsterdam. "Esto es un paraíso para los niños", afirman bajo el porche de su chalé en un conjunto residencial. En las tranquilas calles de su urbanización privada, sus hijos pueden jugar hasta tarde. Algo impensable en Amsterdam, donde los niños se acuestan a las siete. "Queríamos irnos al campo, pero yo viajo mucho y me daba miedo dejar a Caroline sola con los niños. Esto es como estar en el campo, pero con más seguridad", reflexiona Robert. Además, el horario español -al que reconocen que les costó acostumbrarse- les permite disfrutar de la compañía de los pequeños hasta después de la cena. Están tan a gusto que ni siquiera echan en falta a la familia y amigos, porque vienen a visitarlos con regularidad. En realidad, lo único que amaban en su país y que España no puede ofrecerles es la comida indonesa. "Los valencianos son muy parecidos a los holandeses", afirman, ya que los consideran igual de liberales. "No es verdad que os parezcáis a los italianos, ellos sólo se ocupan del aspecto exterior", aseguran. Los valencianos les han tratado bien, aunque reconocen que en Alicante juegan con ventaja porque hay costumbre de convivir con extranjeros. "En Elche era diferente", recuerda Caroline. "Iba a comprar al mercado y todas las señoras me miraban como si fuera una extraterrestre, y cuando me iba le preguntaban a la tendera que cómo me había entendido". Lo que más les gusta. Robert se despidió de su antigua empresa porque le exigían que volviera a Amsterdam. A ellos les sonaba a condena: "volver a llegar a casa de trabajar sin tiempo para estar con nuestros hijos... aquí estamos todo el día juntos y con los niños. Era imposible volver. No hay nada mejor que la libertad que tenemos aquí", relata Caroline. La Comunidad Valenciana les ofreció calidad de vida, en definitiva. Lo que menos. Algo a lo que no llegarán a acostumbrarse es a los petardos. "Tengo amigas que dicen que les encanta el olor de la pólvora y yo pienso que cómo es posible", cuenta Caroline. Lo que más les chocó al llegar. Vivir en Alicante ha hecho a Robert partidario del café o el almuerzo a media mañana, algo que nunca se hace en Holanda. Sin embargo, todavía se declara sorprendido cuando entra a un bar a la hora del desayuno y se encuentra con alguien bebiendo una copa de anís. "En Holanda jamás te servirían alcohol por la mañana", dice. Cómo nos ven. Además de considerarnos liberales, fundar su propio negocio con socios españoles le ha servido a Robert para desmontar un mito extendido por toda Europa. "No es cierto que los españoles sean perezosos. De hecho, mis socios trabajan duro y nuestros empleados también". Un claro ejemplo de españolización plena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de agosto de 1999