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Tribuna:

Estrecho

En algún acomodado despacho del Ministerio del Interior, con una perspectiva de mapas logísticos y fronteras calientes presidiendo el escenario, alguien ha tomado la decisión de invertir 25.000 millones de pesetas en blindar la marca norteafricana del hambre. Es mucho más razonable corregir la miseria que vigilarla. Pero corren malos tiempos para la cordura y, con el propósito de acabar con el derecho del hombre a mejorar su existencia, van a ponerle rejas de alta tecnología a los vientos africanos que empujan a las pateras hasta nuestras costas. Esta democracia nuestra tiene esa doble cara de la falsa moneda: la política que hace política con sus baños de solidaridad internacional y la real que es capaz de escanear las fronteras para ver si hay moros en la costa. En verano ponga un saharaui en su casa; el resto del año copemos de picoletos y perros la frontera. Alta tecnología para tan baja catadura social. Ésa es la política de solidaridad con los desheredados que firma este ministerio. Europa nos ordena y Madrid se cuadra. Y ojo con rechistar que Bruselas puede jugar con el lino, pero con la emigración sólo entiende de estopa. Así volveremos a ver en las costas de Cádiz, Almería y Málaga multiplicarse los muertos que no quisieron morir de hambre en sus tierras yermas. Nos han convertido en los guardias de la porra de la frontera sur del bienestar. Por ahí abajo que no pase un moro, un senegalés o un argelino. El Estrecho para los estrechos de Interior y para los imperativos de Bruselas. No se extrañen si nuevamente descubrimos, en las fotografías de nuestros periódicos, los trágicos sudarios de arena de una oleada de emigrantes varados en nuestras playas. Están obligando a que paguen con sus vidas el derecho a vivirla más dignamente. Así de bestial es la cosa. Vienen para vivir aún sabiendo que el Estrecho no es su amigo y que en los plásticos de Almería o en las cortijadas de Córdoba y Jaén tampoco se van a encontrar con un patrón que bien les pague. Huyen de la miseria del otro lado para enriquecer a los de este otro. Aún así van a enterrar en la frontera 25.000 millones en radares, rayos infrarrojos y visores de alta tecnología. ¿Para protegernos de los emigrantes? Que se lo pregunten a la brasileña que en una comisaría de Bilbao le han enseñado la versión hispana y brutal del Pan de Azúcar.J. FÉLIX MACHUCA

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de mayo de 1999