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Aprovechando que el Pisuerga... [HH] JOAN B. CULLA I CLARÀ

El precandidato socialista a la presidencia de la Generalitat, Pasqual Maragall, consagró una parte de su último fin de semana a la labor misional. Esta vez no por la Cataluña profunda, sino por la España profunda y ante el PSOE profundo, bien representados ambos en las jornadas que tuvieron por escenario la localidad palentina de Magaz de Pisuerga. Por cierto, que fue ahí donde Maragall se permitió la broma de describir a la mayoría convergente que aspira a derribar con las palabras "viejo régimen que se tambalea", como si él hubiera sido, a lo largo de las últimas dos décadas, un resistente clandestino entregado a la pintada nocturna y al manejo de la vietnamita, y no el poderoso alcalde metropolitano y olímpico, gestor de presupuestos astronómicos, príncipe de un proyecto cultural propio y respaldado por un Gobierno central de su mismo color político. Pero dejemos los fuegos de artificio preelectorales y vayamos a lo fundamental. En su paso por Magaz de Pisuerga, Pasqual Maragall dejó caer sobre todo una idea, lanzó un mensaje, transmitió un aviso a la plana mayor del PSOE allí reunida: que "hace falta un gesto para con Cataluña y Euskadi. No un gesto hacia CiU y el PNV, sino hacia el pueblo de Cataluña y de Euskadi". Un gesto -se sobreentendía- de mayor desarrollo del autogobierno, de relectura expansiva de la Constitución. Dicho y hecho. Con ejemplar solicitud y diligencia admirable, el presidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra esperó apenas hasta el primer día laborable, el lunes, para cumplimentar el ruego de su correligionario Maragall. Y no tuvo un gesto, tuvo dos. El primero consistió en advertir, la víspera de la cumbre entre Aznar y Borrell, que el PP y el PSOE deben exigir a los nacionalistas "lealtad constitucional", y que si éstos no la exhiben con bastante presteza, "habría que empezar a plantearse una reforma de las reglas de juego de 1978 en lo relativo a la legislación electoral y la influencia parlamentaria de las fuerzas nacionalistas" (cito según Europa Press); Izquierda Unida, con el doble de votos que CiU, tiene los mismos diputados, ilustró Ibarra para precisar mejor el alcance de su sugerencia. El segundo gesto de quien encabeza la Junta de Extremadura fue todavía más rotundo. Si en el futuro -declaró- España debe resignarse a una rebaja de los fondos de cohesión que recibe de la Unión Europea, entonces habría que reconsiderar su redistribución territorial interna, y excluir de ella a las comunidades "tan poderosas como Cataluña", que alardean de ser motores de Europa y de tener "tanto poderío como el señor Pujol nos dice con frecuencia". De los antecedentes disponibles se infiere que el presidente extremeño dispara a la vez contra el nacionalismo catalán, contra el Gobierno de CiU y contra esa legendaria burguesía que, según tiene explicado, dedicó el periodo franquista a expoliar Extremadura; para él, todo debe ser uno y lo mismo. Sin embargo, incluso para la superior inteligencia del señor Rodríguez Ibarra resultará difícil hallar el modo de castigar política o económicamente a esos adversarios sin penalizar también al conjunto de los ciudadanos de Cataluña, cualesquiera que fueren su origen o su filiación. Por el lado de la hipotética reforma electoral, ¿sugiere acaso legislar que los votos a fuerzas nacionalistas valgan la mitad y los sufragios a partidos estatalistas el doble? No siendo así, cualquier cambio supondría restringir la representación parlamentaria de los electores catalanes, no de esta o de aquella sigla, y sería acogido como un agravio colectivo. En cuanto a los fondos de cohesión, ¿tiene idea el mandatario extremeño de qué parte de ellos va a parar a ayuntamientos gobernados por el PSC, qué sectores sociales son beneficiarios en mayor grado de las subvenciones y los programas europeos? ¿Cree que sus correligionarios catalanes estarían dispuestos a renunciar a ellos? ¿Se le ha ocurrido preguntárselo? Resulta plausible y legítimo que Pasqual Maragall prefiera, de cara al próximo otoño, una campaña electoral poco centrada en el debate nacionalista, en el binomio Cataluña-España, en el nosotros y ellos; todo el mundo tiene derecho a desear lo que le resulte más cómodo. Pero, mientras el ex alcalde cuente con aliados como Rodríguez Ibarra, rebajar la carga identitaria de los comicios catalanes le resultará difícil. Por su parte, Jordi Pujol debería haber encargado ya varias novenas a la intención del triunfo socialista en Cáceres y Badajoz, el 13 de junio. ¡Menudo desastre si los electores entronizaran al insulso y atildado José Ignacio Barrero! Porque, veamos: el mensaje "hay un barón del PSOE que propone recortarnos la representación electoral y quitarnos los fondos de cohesión", ¿a quién beneficia más, a Pujol o a Maragall?

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 11 de febrero de 1999.

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