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PERSONAJES

Diego Galán

Probablemente por los siglos de los siglos, permanecerá sin resolver el debate sobre la función del crítico, palabra que traduce en su significado el espíritu de Arquímedes: reúne tantas virtudes como diatribas desaloja en su respuesta social. De momento Diego Galán (Tánger, 1946) ha estabilizado una situación particular con el Festival de Cine de San Sebastián, convirtiéndose en director "permanente" (no confundir con vitalicio) de un acontecimiento que le ha reclamado con insistencia en un juego de amores y desamores demasiado habituales. Seguramente no es sociológicamente correcto hablar de la "generación de Triunfo", ni para los que la promovieron ni para los que la asumieron durante largos años a través de un vehículo de comunicación en la estrecha calle por la que transitaba el pensamiento, la cultura y las relaciones sociales en la España gélida del franquismo. Pero existió, y Diego Galán fue uno de sus protagonistas. Durante años, sus críticas de cine (junto a Fernando Lara), abrieron ventanas y pantallas, al igual que José Monleón o Eduardo Haro Tecglen las abrían al teatro y la tarima. La generación de Triunfo era algo más que una generación política al uso, era una generación cultural en un sentido tan generoso en el esfuerzo como precario en las circunstancias, aunque fértil en cualquier caso. Diego Galán es un crítico acerado que debió asumir con entereza (y la pérdida de amistad subsiguiente, después recuperada) el cubo de agua que un iracundo y juvenil Fernando Trueba le lanzó desde uno de las balconadas del Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, en desacuerdo por una crítica negativa. Un hecho chirene entre dos personajes después ratificados por la experiencia personal en sus respectivos ámbitos: uno, director acreditado y radiante del cine español (Oscar de por medio); el otro, fundamento básico del principal festival español de cine. Quizá ambos tenían razón en la acuosa anécdota. Diego Galán ha sido crítico cinemátográfico de Triunfo, de EL PAÍS y, sobre todo, ha sido desde 1893 el recurso y el impulso permanente en el Festival donostiarra, donde ha ejercido como crítico cinematografico singular, miembro del jurado de Nuevos Realizadores, asesor en varias ocasiones (incluidas experiencias fatídicas de la supuesta dirección múltiple), consejero áulico y director en dos ocasiones, entre 1986 y 1989, y desde 1995 hasta el presente. Ha sido una historia de pasión y de discusión que ha motivado también dimisiones y discrepancias sonoras. La experiencia bajo el mandato municipal de Xabier Albistur resultó demoledora en cuanto a su actividad en el Festival, tanto como gratificante para él la experiencia con Ramón Labaien, quien desde siempre le confió la potestad de articular sus ideas para impulsar y ratificar la experiencia internacional de un festival que combina necesariamente el glamour del espectáculo con la esencia del cine de autor, algo que Diego Galán combina con tanta habilidad como magnetismo. La foto de Bette Davis Guarda en su despacho Diego Galán la fotografía de la cena con Bette Davis en el homenaje que el festival donostiarra le rindió poco tiempo antes de su muerte. Se reúne en esa instantánea la devoción que el cinéfilo profesaba a la gran actriz y la emoción que vivió el director del Festival por la entereza y el carácter de la anciana hasta el último instante de su vida. No en vano Diego Galán cultiva su devoción cinematográfica en dos vertientes: el cine clásico de la época dorada de Hollywood y el cine de autor. No es extraño, pues, que su tarea prioritaria como director del festival haya sido combinar ambas funciones y que se sienta especialmente agradecido por la doble dimensión de dicho empeño, reconocida finalmente en la valoración internacional del primer certamen español de cine. Galán se siente, por ejemplo, feliz de haber impulsado desde el festival (¿sería exagerado decir que lo descubrió?) la figura de Kieslowsky, luego recompensado por público y crítica con su trilogía colorista (Azul, Blanco y Rojo). Pero, seguramente, en el acervo histórico de este madrileño de Tánger, perfectamente integrado en la vida donostiarra (donde se ha convertido en un referente social de su paisaje urbano y cultural) prevalece el placer de haber conseguido un festival cinematográfico de masas por encima del éxito internacional del certamen.

Diego Galán ha conseguido reunir el espectáculo cinematográfico y el cine de autor en el mismo guión

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de noviembre de 1998

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