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Tribuna:

Pablo

Hoy justifican su luto perpetuo los sombríos burócratas de La oficina siniestra y la envarada doña Úrsula encuentra por fin un motivo legítimo para su eterna mueca de desaprobación. Ha muerto Pablo, su creador, Pablo Sanjosé, más conocido como Pablo el de La Codorniz, ave rampante en el imposible escudo heráldico de un humorista gráfico que retrató en las páginas de la revista más audaz para el lector más inteligente la España negra de la mitad de siglo, humor negro con alma blanca, humor blanco en un Madrid de luto, telón de fondo, escenario de las correrías de sus colegialas ingenuas y pícaras y de los torpes cortejos de pánfilos reclutas y rollizas criadas.Aguafuertes suavizados por la bonhomía de su orondo creador, por una ternura que se imponía incluso en el trato de los infames pelotas numerados que brujuleaban en torno a sus tiránicos jefes, en el bosquejo escuálido de los oficinistas forzados, pálidos insectos con manguitos y viseras, galeotes encadenados a sus puestos de trabajo bajo la sombra del patíbulo y la mazmorra, nunca del despido, pues entonces los contratos eran de cadena perpetua.

Luego, a las oficinas siniestras les nacieron ordenadores, yuppies, muebles de diseño, plantas de interior y contratos temporales, y Pablo, jubilado de las tareas oficinescas, abandonó las claustrofóbicas zahúrdas para seguir retratando a su aire, libre, nuevos personajes enfrentados a los nuevos tiempos, sacándole punta a los ecos sociales, pero sin herir a nadie con el aguijón de su ironía, con un talante casi franciscano. El protagonista de una de sus últimas tiras cómicas, Delirium Tremens, por ejemplo, predicaba a los bichos nacidos de su pesadilla alcohólica y entablaba con ellos animadas conversaciones. Los delirios se publicaban en El País Imaginario, vicesuplemento humorístico del suplemento dominical de este periódico; quizás fue su primera y única tira cómica en color, un experimento realizado con libertad y creatividad, una obra original que desmintió a los que le criticaban por estar demasiado aferrado a sus viejos arquetipos codornicescos. En el mismo periódico, Pablo publicaría más tarde otra tira, en blanco y negro, Los Adánez, primates, crónica cotidiana de una familia de Atapuerca, que podía pasar por contemporánea si no fuera por su exceso de vello y su vestimenta.

Los reclutas y las criadas son especies en vías de extinción, términos políticamente incorrectos que hoy, además, visten de paisano, pero aún se ven por las calles colegialas uniformadas y úrsulas que sustituyeron el luto y las canas por trajes sastre y tintes de peluquería, y en las oficinas y despachos de la urbe, entre ficus, minifaldas, mobiliario ergonómico y ordenadores de última generación, siguen medrando los pelotas y sufriendo los galeotes, que ven en peligro su hueco en el duro banco laboral.

En enero de 1996, y para una revista satírica de fugaz trayectoria, Pablo realizó una nueva y única versión de su oficina siniestra para el año 2000, que tituló La ofimática siniestra. Sentado sobre un sillón de diseño vanguardista y rodeado por pelotas cibernéticos con la etiqueta made in Japan, presidía la viñeta un clónico del mismo director general que imponía el terror en las páginas de La Codorniz, fumando el mismo puro, con las mismas volutas de humo, que dibujaban en el aire los símbolos del dólar. El jefe máximo contemplaba en la pantalla de un enorme ordenador imágenes de uno de sus antecesores en el cargo y exclamaba: "No me extraña que tuvieran tantas dificultades las multinacionales de entonces. ¡Si sus trabajadores eran de carne y hueso!". Uno de los robots-pelota subrayaba: "¡Lo querían todos!". Al fondo de la sala podían verse aún cadenas y grilletes en la pared y el sórdido ventanuco de una mazmorra.

Pablo el de La Codorniz era, además, pintor de pájaros imposibles que anidaban en su cabeza y a los que exponía de vez en cuando enjaulados en una galería, músico de jazz frustrado que siempre quiso tener un saxo alto para compensar su baja estatura y erudito y conferenciante gráfico, creador de la conferencia dibujada, con la que ilustraba al público sobre la historia ilustre y sufrida del humor nacional, que era un poco la suya y un algo de todos nosotros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de octubre de 1998