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FRANCIA 98

Gato blanco

Zidane acaba en la final con el mito de futbolista perdedor

En el afán por desbaratar lo que es perfectamente explicable, por destruir de una manera infame la reputación de un futbolista, la prensa italiana había comenzado a tirotear a Zinedine Zidane, un jugador maravilloso que no había ganado jamás una final. Un periódico deportivo le calificó ayer de gato negro, como si diera mal fario a sus equipos y no hubiera mejores explicaciones. Pero en el interés por distraer se había llegado a la conclusión más sencilla: culpable Zidane. ¿Por qué? No se sabe. El caso es que el centrocampista francés había perdido las dos últimas finales de la Copa de Europa con la Juve y eso le había dado categoría de perdedor. Una nueva derrota le habría colocado en una situación insostenible frente a unos juicios tan ligeros. Fue el mejor de su equipo frente al Madrid en Amsterdam, el único que estuvo a la altura de su reputación, pero ningún periódico se atrevió con Del Piero.Como juego que es, el fútbol tiene ganadores y perdedores. O mejor aún, nadie gana todo y casi nadie pierde todo. Zidane ha ganado esta vez. Lo ha hecho en el nuevo corazón del fútbol francés, en el lujosísimo estadio de Saint Denis, un recinto que debería cambiar su nombre. Estadio Zidane, en lugar de Estadio de Francia. En enero, en una noche terrible de frío, Zidane marcó el primer gol en lo que se espera larga vida del campo. Zubizarreta fue su primera víctima. En este mismo lugar, vivió uno de los momentos más dramáticos de su carrera: su expulsión tras agredir a un defensa de Arabia Saudí en el segundo encuentro de la primera ronda del Mundial. En Saint Denis reapareció de nuevo, esta vez frente a Italia. Y en el estadio del futuro inscribió su nombre para la historia, con dos goles frente a Brasil en la final de la Copa del Mundo. !Zizou, Zizou! La hinchada francesa no podía contener el entusiasmo hacia su héroe, un hombre taciturno, contenido, casi inexpresivo en estos tiempos de futbolistas sobreactuantes. La expresión natural de Zidane es la dignidad, en el juego, donde actúa de manera irreprochable, con categoría, finura y soluciones. Fuera del campo, también es un hombre digno. Lo ha sido desde sus difíciles comienzos en los secarrales de Marsella. Hijo de emigrantes de la Kabila argelina, de origen bereber, Zidane nació en el barrio de la Castellane de Marsella, refugio de inmigrantes norteafricanos.

Fanático del Olympique de Marsella, nunca pudo jugar en el equipo de su corazón, a pesar de su temprana fama. Fichó por el Cannes y después fue traspasado al Girondins de Burdeos, donde fue decisivo en la célebre temporada que llevó al equipo francés de la Intertoto a la final de la Copa de la UEFA. Había algo extraño en aquel jugador siempre sereno, aparentemente fuera de onda en el hiperactivo fútbol de hoy. Cruyff lo recomendó al Barca, pero finalmente firmó por el Juventus. Llegó a Italia en medio de cierta desconfianza, producto de la antipatía que tiene el calcio hacia el tipo de jugador que representa Zidane: un futbolista poco excesivo, aparentemente lento, con un aspecto indolente, sin demasiado gol. Pero su trayectoria en Italia ha sido intachable. Ha ganado dos Ligas con la Juve y se ha consagrado como un jugador fundamental de nuestro tiempo. En realidad es un futbolista engañoso: es más rápido de lo que parece, su laboriosidad es indiscutible y su evidente hermetismo es más gestual que otra cosa. En el campo se explica como nadie.

Marcello Lippi, su entrenador en la Juve, dice que Zidane escucha, atiende, aprende y no tiene delirios de grandeza. Su pasión es el fútbol. Su equipo, el Olímpico de Marsella. Su ídolo, el uruguayo Enzo Francescoli, ex jugador del club marsellés. En su honor llamó Enzo a su primer hijo. Poco más se sabe de un hombre tranquilo que ha estado cerca de sufrir un calvario. Gato negro, se atrevieron a llamarle. Ahora es el héroe francés, el futbolista que derrotó a Brasil en la final de la Copa del Mundo. Se acabó el mito: Zidane es gato blanco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de julio de 1998