Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
FÚTBOL 24ª JORNADA DE LIGA

El Valladolid pincha el globo en Mestalla

El Valencia sucumbe al contragolpe del equipo de Kresic

Se había hinchado mucho el globo del Valencia después de sus victorias en el Camp Nou y el Bernabéu. Era lógico. Pero ayer el colectivo de Ranieri volvió a toparse con la otra versión de sí mismo: la de un equipo amordazado, impotente y estéril. El Valencia es un grupo de fuertes contrastes: de pronto gana con autoridad al líder de la categoría en su estadio; de pronto de arrastra sin remedio ante el penúltimo. Bastó que el Valladolid replicara al Valencia con las mejores armas de éste: la velocidad, el contragolpe y la contundencia defensiva. Esa fue la idea de Sergio Kresic, que juntó a un puñado de futbolistas menudos y habilidosos (Víctor, Chema y Peternac) con otro de aspecto demoledor (Benjamín) para destrozar la sala de máquinas del Valencia, muy afectada por las ausencias de Milla y Farinós. Ahí, en el centro del campo, nació la superioridad del Valladolid, que se impuso por juego en el primer periodo y por experiencia y especulación en el segundo.La primera mitad perteneció en su totalidad a los bajitos del Valladolid, que volvieron a demostrar que, en cuestión de contragolpe, la poca altura siempre es un avance. Así lo entendió Kresic, que dio las órdenes pertinentes: tres guardianes fornidos (García Calvo, Santamaría y Peña) para detener al Piojo y a Ilie, y una serie de contragolpeadores dirigidos por la astucia de Víctor, que es delantero de gran talla futbolística. Se sabía en Mestalla de las virtudes de Víctor, pero se desconocían las de Chema, que parece una réplica del primero. En caso de dudas, surgía la contundencia de Benjamín, capaz de descubrirles las cosquillas a Zubizarreta en un disparo por la escuadra.

Bien es cierto que el Valladolid sacó gran partido de la apatía valencianista en el centro del campo, donde las bajas de Milla y Farinós sentaron como un tiro. No es que sus dos sustitutos -Gerard y Fernando- sean mejores ni peores jugadores (probablemente mejores individualmente), pero no cuadraron en el dinamismo requerido por Ranieri. Jugaron demasiado alejados uno del otro, permitiendo que el Valladolid saliera con comodidad al contragolpe. Gerard, incluso, pagó sus pocos minutos de juego y sus pocos años y quiso que se le tragara la tierra cuando falló un par de pases seguidos. El Valencia sucumbía en el centro del campo, pero también lo hizo en el ataque: ni llie ni Piojo López salvaron en ningún instante la guardia valisoletana. De tal modo que el grupo de Ranieri fió la responsabilidad atacante a la banda de Juanfran, que, obviamente, no es la persona más indicada. Tan sólo Djukic mantuvo un poco de su serenidad natural entre la confusión, y maquilló el resultado a un suspiro del descanso.

Tras la reanudación, el choque amaneció esperanzador para el Valencia, que ganaba a Ortega para intentar desequilibrar a base de su amplia gama de regates. Lo hizo durante unos instantes. Hasta que Juanfran fue expulsado, el Valencia se quedó en desventaja y Ortega le dio por enfrentarse por su cuenta a un número interminable de defensores. Lógicamente, sin éxito. El Burrito acabó desesperado, enfadado con el mundo y propiciando su espulsión ante un árbitro sin personalidad.

Para entonces, el Valladolid había renunciado a todo, salvo al resultado. De tal manera que el partido pasó a mejor vida mientras los aficionados huían a escape de Mestalla. Habían visto la cara más desagradable de su equipo. Y no les gustó nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de febrero de 1998